31.3.21
El verdadero revolucionario
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28.3.21
América es una palabra que viene del futuro
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26.3.21
Three monkeys

Son los que aparecieron en una pared de Lavapiés; ¿serán quizá el aviso de que ha comenzado ya el fin del mundo? Otra opción es que se trate de los tres monos sabios de que habla la tradición japonesa, esa que tanto se cita hoy día, la del no oigo, no digo, no veo. O quizá sea una mezcla de varias tradiciones. Yo, por si acaso, miro bien por ahí, no vayan a estar merodeando Brad Pitt o el siempre endurecido Bruce Willis.
Porque ya se sabe, se comienza pintando monos en las paredes y se termina soltando un virus mortal en cualquier aeropuerto, por más que los científicos del futuro insistan en parar al loco que se empeña en acabar con la Humanidad. Que no sé para qué ese genocida de los tres monos se aplica tanto en la labor, si la Humanidad no necesita ayuda para aniquilarse: se mata solita. Y si no, tiempo al tiempo.
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24.3.21
La diferencia entre la desobediencia civil y el delito ciudadano

21.3.21
La Biblioteca, la luz del mundo

19.3.21
El blog de Baudelaire

17.3.21
Mi Einstein

14.3.21
El pupitre y el culto a la mediocridad
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12.3.21
Por qué no creo en las revoluciones
Ciertamente, Miranda, O'Higgins, Bolívar, Franklin, Hamilton y un largo etcétera fueron miembros de organizaciones masónicas cuya conformación secreta y tendencia a la universalidad están fuera de cualquier duda. Pero al margen de toda esta historia que conjuga las ambiciones de los banqueros con el devenir histórico y los flujos de espiritualidad de las catedrales medievales, el libro me ha dado que pensar en torno al asunto de la utilidad de las revoluciones y por qué yo las rechazo con tanto encono.
Siempre me ha parecido que revoluciones como la francesa, la rusa, la estadounidense o la venezolana no fueron más que insalubres abscesos en la línea de la historia que siempre exige un desaguadero que, siquiera un poco, alivie las tensiones entre los actores de los acontecimientos. Se llega a un momento de tanta presión que la misma sociedad da forma a una salida violenta para apaciguar los ánimos y rendir culto a los dioses de la venganza y la retaliación. A las revoluciones las mueve un sustrato ahíto de pasiones del tipo ojo por ojo y diente por diente, y no veo yo que eso lleve ni por casualidad a progreso alguno.
Se nos ha enseñado que gracias a las revoluciones (francesa, gringa, venezolana, etc.) hemos conquistado derechos tan importantes como la libertad, la igualdad, la fraternidad, el aborrecimiento de la esclavitud y toda una ristra de características que adornan lo que ahora consideramos democracia. Yo, en cambio, pienso que todas esas virtudes las hemos consolidado a pesar de esas revoluciones que, en el fondo, o eran conservadoras, como la de Estados Unidos, y su finalidad no era otra que mantener las cosas como estaban, o fueron verdaderos desastres nacionales como la francesa, la rusa y la venezolana, que dejaron postrados en la posguerra a los países donde ocurrieron.
Muy noble y muy grande debe de ser la Humanidad que es capaz de recobrar la cordura tras estos festivales de sangre y venganza. Las revoluciones no traen progreso; son una advertencia de que las cosas no van como debieran. Al menos, el progreso no lo traen este tipo de escaramuzas donde hacen su agosto resentidos de toda clase y oportunistas astutos que saben usar la flama de la palabra.
Quizá las únicas revoluciones en las que yo confío son aquellas silenciosas que cambian el mundo y lo echan pa'lante sin que nadie pueda hacer nada, sin producir ningún trauma pero que moldean nuestra percepción para siempre y sin vuelta de hoja: el día en que Arquímedes descubrió el método para calcular el volumen de los objetos (¡eureka!); la noche en que Copérnico supo que la Tierra no era el centro del Universo y concibió su De revolutionibus; la tarde en que Andrés Bello entendió la función de los verbos en las oraciones y se propuso construir el edificio de su hermosa Gramática; el momento en que Descartes dio con la existencia casi tautológica del yo (si estoy pensando quiere decir, como mínimo, que existo): Esas son, para mí, las verdaderas revoluciones, y no aquellas acumulaciones de pus en las que los mediocres y los charlatanes hacen vendimia.
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10.3.21
El oficio de escritor
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7.3.21
Amo a las hormigas
Ya grande (ya viejo), el libro que me sirvió de revelación en este camino a Damasco de tercera clase fue Viaje a las hormigas, de Bert Hölldobler y Edward Wilson, dos que sí habían podido cumplir su sueño de pasar la vida agachados jurungando a estos diminutos, feroces y eficientes seres. Según sus propias palabras, las hormigas son tan peleonas y territoriales que si tuvieran bombas atómicas, el mundo duraría una semana. En todo caso, las pequeñas hormigas que, sumadas todas -son como un trillón-, pesan lo mismo que todos los mamíferos, han sido, junto con los gatos, uno de mis animales preferidos. Sólo que ellas están mucho más distribuidas por el mundo, y casi no hay lugar de la tierra donde uno no se tropiece con sus mandíbulas levantadas y dispuestas a hacer trizas la cabeza del que revire.
Otra mirmecóloga célebre, Charlotte Sleigh, difiere y refuta la fama de peleonas que sus colegas les han endilgado, y en Ant rompe una lanza a su favor: las hormigas no andan buscando matarse con las vecinas, su finalidad más importante es la de buscar comida, porque son trabajadoras y grupales. Solo que se atraviesan otras y luego pasa lo que pasa. Es interesantísimo leer esta teoría feminista de la mirmecología que, combinada con las propuestas de sus colegas, quizá se acerque más a la verdad. Lo que no he descubierto todavía es cuál es el papel que juegan los bachacos, esos culones de grandes mandíbulas cuya mordida no duele pero que son capaces de levantar una hoja del tamaño -para ellos- de un edificio.
A veces la vocación es un llamado que se puede ignorar -y seguir tan campantes. Las hormigas lo perdonan todo. Por algo Buñuel las metió en el cásting.
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5.3.21
Teoría de las utopías
Cuando Tomás Moro levantó el edificio de su lugar en ninguna parte, su Utopía, le puso nombre a algo que ha estado en la imaginación del ser humano desde que el mundo es mundo: over the rainbow hay un lugar en el que nadie sufre, en el que todos somos felices; pero suele suceder que ese lugar ideal queda lejos, es de viaje difícil y casi siempre aparece el aguafiestas de turno, como Edwards, a decir que todo es mentira y que algo huele a podrido en Dinamarca. La fuerza de la utopía es tan grande que puede quebrantar nuestro libre albedrío y anular los movimientos de la voluntad. Eso lo sabían los demagogos como Castro y Chávez: aceptamos más rápidamente las promesas de una vida fácil y sin complicaciones (el edén siempre es una posibilidad jugosa) antes que la evidencia de la cruda realidad en la que hay que ganarse con constancia lo que se desea. ¿Dije demagogos? Yo prefiero usar la palabra homérica que le gustaba a Miranda: demovoros, devoradores de pueblo. Esos oscuros seres capaces de jugar a su antojo con la ilusión de la gente, capaces hasta de doblegar la voluntad de aquél que creó a esos obstinados seres llamados cronopios, hermanos de los voluntariosos y ordenados famas. La verdad, amigos, yo agradezco a la señora Muerte que se haya llevado temprano a Cortázar, padre de la Maga y el bebé Rocamadour, pues puso a salvo la lectura fascinante que nos espera en sus libros, alejada del desengaño: visto lo visto, el escritor argentino parece que fue tan libre en la escritura de sus extraordinarios textos como dogmático, torpe y tozudo en sus convicciones políticas: ni siquiera la realidad del totalitarismo castrista le hizo ver que él y su generación de escritores habían colocado las esperanzas en el castrismo, esa equivocación de la Historia que parece no alcanzar la absolución definitiva del cáncer terminal.
Qué peligro. Qué peligro son las utopías. Sobre todo en manos ociosas.
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3.3.21
Erasmo, Moro y la muerte de los amigos
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