24/01/2012

Escritor, apártate que no me dejas leer

He estado leyendo una novela en estos días. Empezó interesándome, pero ahora, en la página cincuenta casi que voy ya, ha dejado de llamarme la atención. No por el tema, que prometía ser gozoso, ni por la prosa, correcta y eficaz; sino por el autor. El autor, que no se quita de en medio, chico.
Hay escritores más interesados en que los conozcamos a ellos, no a sus obras.
Hay autores que, como algunos futbolistas mediáticos, hacen virguerías en los anuncios de refrescos y de carros, y -quizá- en el centro del campo, pero nunca meten un gol.
Hay autores que deberían estar en Gran Hermano: allí los verían más.
Pero, por favor, que no estorben cuando uno lee un libro suyo.

Estoy leyendo, también, a otro autor: este, quizá por su carácter, se aparta de inmediato y nos deja pasar a su imaginación. Y deja que nos instalemos, como Alicia, entre sus personajes, en su espacio y en su prosa; qué delicia, aunque no te sientas cerca de la novela, aunque la novela no sea del todo buena, cuando la novela te abre sus puertas y te deja entrar. Cuando el anfitrión tiene la suficiente delicadeza como para no echársenos encima y dejar que seamos nosotros los que elijamos los trozos más apetitosos.

Y leo el prólogo de Miguel Salabert a La educación sentimental: cuando los traductores sabían tanto que eran capaces de escribir un prólogo a sus traducciones, que eran ensayos tan sabrosos como el texto que nos facilitaban. Y, de paso, habla de eso que hace que una novela sea una joya, que lo mediocre no sea el texto sino el universo del que habla; sin embargo, algunos de sus contemporáneos no lo creyeron así, cosa que sorprende al traductor:
La obra era forzosamente mediocre, puesto que sus personajes lo eran. Negaban, al hablar así, la posibilidad de escribir una novela genial con personajes mediocres, que era precisamente lo que tenían en sus manos.
Y eso que todavía Joyce no había "inventado" la novela del antihéroe.

Joyce y Flaubert: dos que se apartaban para que el lector hurgara a gusto en sus universos complejos y fractales.

Eso es todo lo que un lector pide. Espacio.

19/01/2012

Bolívar vs. Miranda: otro asalto

A propósito de la nueva novela de Juancho Armas Marcelo, La noche que Bolívar traicionó a Miranda, estaremos este 31 de enero a las 19,30 hrs. el autor, Pepe Esteban y yo hablando en el Ateneo de Madrid. Miranda y Bolívar serán los contendientes; nosotros nos limitaremos a mirar y hacer barra: y a contarnos algunas cosas que sabemos.

Quedan todos invitados y los datos del lugar, por si alguien no lo conoce, están en la imagen que coloco al final, y que pueden pinchar para ver más grande.

Y les dejo esta entrevista y reseña que le hicieron al autor en el ABC el fin de semana pasado, por si se quieren enterar más de qué va el libro, y qué piensa el autor de él, antes de que le hinquen el diente. (La edición, me cuentan, empieza a agotarse ya: ojalá llegue a Venezuela pronto, amigos). Ya saben: siempre pinchen sobre las imágenes, que los llevarán al destino que andan buscando.


17/01/2012

El general Escritura

La noche que Bolívar traicionó a Miranda
J.J. Armas Marcelo
Madrid, Edhasa, 2011
|317 p.|20 euros|ISBN:9788435062459|

Cuando estábamos en la universidad, nuestra apreciada profesora de literatura romántica y de historia de la cultura, Arleny León, nos enseñó que a veces el conocimiento de una época se hace más expedito leyendo novelas que libros de historia. De hecho, los aficionados a los ensayos históricos habrán constatado incontables veces lo aburrida que puede ser la prosa de los especialistas, y rara es la vez, pero agradecida, en que un historiador es, además, escritor. Escritor en el sentido que recomienda Ortega y Gasset: "Un libro de historia tiene que ser un libro de historia; pero también tiene que ser un libro", más o menos dice el filósofo español en su prólogo a la Filosofía de la Historia, de Hegel. Quizá por eso Balzac, Victor Hugo y Dumas son más populares que Edgar Quinet, Philippe Buchez e Hippolyte Taine; pero también porque sus novelas históricas siempre son, además y sobre todo, libros.

Cuando comencé la lectura de La noche que Bolívar traicionó a Miranda, de J.J. Armas Marcelo el año pasado, en su manuscrito final, sabía que me iba a sumergir en la vida de un hombre que he estudiado durante varios años, pero también que entraba en un espacio de ficción, que ahora espero que llegue a Venezuela y sea leído por muchos de mis compatriotas en estos tiempos aciagos de historia, más que inventada -que no sería grave-, tergiversada. Pero como sé que la vida del Precursor es tan azarosa y ficcionable, sabía que me iba a resultar difícil diferenciar aquello que fuera invención y aquello que fuera dato histórico. En definitiva, una novela que centra su atención, no en uno, sino en dos personajes de tanta fuerza -Miranda y Bolívar-, necesariamente ha de quedar en deuda con lo histórico, al punto de modificar la ruta de la ficción. Este es el escollo más peligroso que una novela histórica debe salvar. Y en el caso de Miranda, solo hay una manera de evitar un naufragio: dejando que sea él mismo quien relate sus peripecias. Su Archivo ha sido y es la guía para todo el que quiera acercarse a su vida, pero también la tentadora manzana que puede desviar las intenciones. Armas Marcelo se ha sumergido en el Archivo, lo ha "saqueado" a gusto, y ha salido de allí con una novela que vibra entre la ilustración libertaria de Miranda y el romanticismo cargado de poder de Bolívar.

Claro que aquí el lector encontrará las "leyendas" famosas del Precursor -la colección de vellos púbicos, los amores con Catalina, las lúdicas aventuras amorosas y sí, el famoso "bochinche" que a estas alturas dudo que tuviera realmente lugar-, pero es que estas leyendas también forman parte de la biografía del personaje y sin ellas se habría contado la mitad. Cuando se miente sobre un personaje es cuando mejor se habla de él, porque se trazan características que de otra forma serían imposibles de plasmar. Por ejemplo, aunque la anécdota de que Miranda coleccionaba vellos púbicos de sus amantes no es cierta, no me parecería extraño que las cientos de amantes que tuvo, algunas verdaderamente enamoradas hasta la locura de él, hubieran donado encantadas uno -o dos- pelos de su más recóndita intimidad. Entonces, ¿cómo prescindir de la leyenda si esta explica con más fuerza lo que una montaña de papeles no sabe decir? El "Himalaya de papeles" (Salcedo Bastardo) que es el Archivo es un tesoro que aún sigue, y seguirá durante años, sin saquear completamente, dejando toda clase de resquicios para la imaginación de los novelistas como Armas Marcelo.

La relación con Bolívar vertebra la novela; la difícil, hermosa, adictiva, telúrica relación entre dos hombres que eran iguales y tan diferentes:
Sabía además que su admiración hacia Miranda no incluía el cariño: no quería al generalísimo. Al fin y al cabo no eran de la misma clase, no tenían paralelos ni en sus antecedentes ni en sus consanguinidades, y sólo había entre ellos la coincidencia del tiempo, la revolución, la libertad de Venezuela y América. Sabía desde siempre que el proyecto de secesión, el gran proyecto de la independencia de América, era de Francisco de Miranda, el hijo del canario de Tenerife Sebastián Miranda, que durante años luchó contra su familia y los suyos para obtener derechos que no le correspondían, pero que el rey Carlos III terminó por concederle para vergüenza de su clase. (p.20)
Nunca lograremos saber cuál era el feeling entre ellos cuando estaban juntos; nunca podremos hacernos una imagen completa del momento en que Bolívar por fin conoce a su admirado compatriota en Londres y de momento en que Miranda lo reprende con dureza por su torpe e imprudente actuación ante las autoridades británicas; y hemos perdido para siempre la mirada de Miranda cuando vio entrar a Bolívar, el conspirador, dispuesto a prenderlo y entregarlo como animal para el sacrificio de las exigencias de los militares españoles.

¿Cómo es la cara del que traiciona, cómo la del traicionado?

De eso no hallaremos respuesta clara nunca, qué bueno, porque estas dudas son las que generan novelas como esta. Y sobre todo esta, que trata de la vida de un hombre que, tengo para mí, era mejor escritor que estadista, mejor intelectual que soldado, mejor observador que gobernante. Sí, Miranda era un hombre de acción; pero lo podía la necesaria inmovilidad del que reflexiona. Miranda era como el motor de turbina de un avión, que permanece estático en su lugar mientras hace que toda una mole de hierro se alce del suelo con él. Si Bolívar hubiera entendido esto -si Miranda también lo hubiera entendido- quizá su relación habría sido menos traumática. Por eso creo que en la novela de Armas Marcelo el Archivo se erige como un personaje más:
Eran leyenda que corría por toda Venezuela los archivos del generalísimo, pues, los papeles del general Escritura, su vida entera, sus amores, sus amoríos, las mujeres todas que habían dejado impregnado con su perfume intemporal la piel de su alma; los viajes de un lado para otro del mundo, sus conversaciones con personalidades del siglo pasado, sus guerras perdidas y ganadas, sus conspiraciones con los ingleses, con los franceses, con los rusos, con los norteamericanos; sus lecturas, sus libros preferidos, detallados uno a uno en sus papeles y con su propia letra como si se creyera el escritor del siglo, caraj, qué petulancia la del generalísimo (...). (p.116)
Ese Archivo es un personaje, porque un documento tan enorme no puede pasar desapercibido, como los propios pensamientos del Precursor que podrían ser, sin duda, reflexiones del autor que se cuelan y atraviesan dos siglos: Fíjate, Pedro -le dijo una tarde melancólica a su sirviente-, en que la verdad es casi siempre la suma de muchas mentiras. (p.227). Y también los que pone en boca de Bolívar, que el lector no tiene por qué dudar de su veracidad histórica pero que también son parte de la arquitectura reflexiva de la novela: La peor enfermedad de todas -se dijo mientras estaba agonizando- es la enfermedad del poder (p. 301).

Debo confesar que tengo una relación bonita con esta novela. Gracias a ella, y a nuestro común interés mirandista, he pasado sabrosas horas con el autor en la logia en la que celebramos la sabiduría del Precursor, y aprendemos -porque Miranda siempre está enseñando- que las cosas no son de una única manera, que en cualquier recoveco de la historia el ácido de la ingratitud puede salpicar nuestras vidas. Y hay que estar preparado para ello. Por eso leemos y escribimos sobre personajes como estos, porque para algo han de servirnos los sabios que en el mundo han sido, ¿no?

La noche que Bolívar traicionó a Miranda es una novela vorágine. Una deliciosa novela que relata con ansiedad los momentos más críticos en la vida de Miranda, y de Bolívar: la ansiedad de quien espera el final, pues la sayona, la muerte, acompaña al narrador -¿que es Miranda, que es Bolívar, que son los dos?- desde la primera página y no descansará hasta no acabar con los héroes que una vez fueron amigos, a pesar de que estaban destinados a anularse mutuamente.

Como ocurre siempre con los titanes.

12/01/2012

La Logia Mirandista, en el Gijón

Pues eso, conspirando en la Logia Mirandista, mientras comemos las sabrosas lentejas del Café Gijón, un lunes cualquiera. Tardes impagables de libros, poemas recitados de memoria y mis amigos, Juancho Armas Marcelo, Carlos Boix, Raúl Rivero y Pepe Esteban echando humo con sus "señoritas"...

De izquierda a derecha: Juancho Armas Marcelo, Carlos Boix, Raúl Rivero, Juan Carlos Chirinos y Pepe Esteban

04/01/2012

Lo Bitle

Pues eso, la pesadilla de Guille hecha realidad...


[He visto por primera vez esta imagen en Facebook, pero no he logrado dar con el autor, ¿alguien sabe quién la hizo? Los que amamos a Los Beatles y a Mafalda estamos altamente agradecidos
-menos Guille, ese reaccionario, por supuesto]

16/12/2011

Hablando de Nochebosque en Hora América

Esta es la entrevista que Teresa Montoro me hizo en su programa Hora América en Radio Exterior de España. Nos la pasamos muy bien conversando. Disfrútenla...


23/11/2011

Pensado en Facebook

Hoy le preguntaba a un querido amigo -al que admiro por su perspicaz y apasionada inteligencia- sobre un tema que me interesa mucho: ¿debe un escritor de ficción "latinoamericano" (con todo lo que yo rechazo este conceptico falaz y marrullero) escribir desde el compromiso político? ¿No se nos pide, o más, se nos exige, como una de nuestras "habilidades circenses" propias de nuestra condición "latinoamericana" (¡puaj!), la ficcionalización de la realidad tal como la "inteligentsia" la supone del tercer mundo en el que vivimos? Me hago estas preguntas, pero sé que al final escribiré lo que me dé la gana. Inlcuso novelas de dictador...

16/11/2011

Leyendo en el Festival Eñe

Leyendo el inicio de Nochebosque en el Círculo de Bellas Artes
(foto de mi amigo Teodoro)

Como he prometido, aquí van los textos leídos el sábado pasado en el Festival Eñe, del que disfruté mucho en el tiempo corto que pude asistir. Es bueno que haya eventos así en Madrid.
El fuego previo de la locura, el primero de ellos, además, fue publicado en la edición en línea de El Mundo, que le dedicó un espacio al festival. Espero que les resulten entretenidos.

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EL FUEGO PREVIO DE LA LOCURA

a mis alumnos de creación literaria

—Vamos a hacer un experimento —dijo el profesor.

Sacamos nuestros cuadernos y nos preparamos para anotar las instrucciones; estos eran los mejores momentos de la clase, cuando el profesor ponía a volar su imaginación y nos obligaba a pensar más allá de los límites que creíamos haber alcanzado, que nunca eran suficientes para él. Los lápices estaban ya preparados para pasar la siguiente hora escribiendo.

—No, pero no vamos a usar palabras; tal vez no tengamos que escribir nada hoy.

—¿Y entonces? —pregunté, intrigado.

El profesor se levantó de su asiento y avanzó hacia nosotros. Nos miró sonriente, cogió el rotulador rojo y dibujó un círculo en la pizarra. Un círculo que daba apariencia de encerrar dentro todo el espacio que un ser humano hubiera podido imaginar. Se giró hacia nosotros y, sentado sobre el escritorio, continuó:

—¿Recuerdan que el año pasado les hablé de Poul Anderson? He estado pensando en él todo este tiempo y he descubierto cosas interesantes que me gustaría compartir con ustedes hoy. ¿Se acuerdan del cuento?

—¿Cuál cuento? —preguntó Luis; y Manuel le explicó que el último día del curso pasado el profesor había hablado de la historia de la manzana escrita por Poul Anderson. Al parecer, pues ese día tampoco yo había ido a clase, se trataba de una historia que el profesor había leído hacía años. Casi ninguno de nosotros sabía nada de esto, porque los últimos días de clases no solía haber mucho público en el aula, incluso cuando la estrella del día era el profesor, cuyas clases gozaban de cierta fama. Él no tuvo más remedio que contar el relato otra vez:

—Hace mucho, chicos, leí dos historias con las que he estado intrigado desde entonces. Es una lástima que no recuerde en qué libro las leí, ni cómo se llama uno de sus autores.

—¿Quién es el otro? —preguntó Esther.

—Isaac Asimov, y su relato se llama 'La bola de billar', pero no quiero hablar de él hoy —contestó el profesor. Y continuó—: El cuento del que les quiero hablar es sobre una manzana (siempre he pensado que se llama 'La manzana', pero no estoy seguro); no recuerdo quién es el autor, aunque cada vez que pienso en él me viene a la cabeza el nombre de Poul Anderson, por eso se lo atribuyo. Como ven, se trata de dos escritores de ciencia ficción, lo cual ya es una pista. He encontrado el cuento de Asimov en varias antologías, y también he hallado cuentos y novelas de Anderson, pero jamás he vuelto a dar con 'La manzana'. Buscar en los índices una historia sin conocer sus señales externas, el autor, el título, es frustrante —hizo una pausa y se giró a mirar el círculo trazado en la pizarra, como si temiera que ya no estuviera allí—. Aceptemos por comodidad que el cuento se llama 'La manzana' y que su autor es Poul Anderson; de todas formas eso no cambia nada la historia.

»Trata de una clase como esta, con pocos pero interesados alumnos. Una mañana, el maestro llega con la intención de hablar del tiempo y, en vez de dictarles a los alumnos aburridas parrafadas que hubieran pensado los filósofos a lo largo de la Historia, coloca una manzana sobre el escritorio. "¿Alguien puede definir el tiempo?", pregunta a sus alumnos, pero nadie se atreve a hablar porque se dan cuenta, mientras buscan una definición, de que poner en palabras el concepto no es tan fácil como en principio parecería. El maestro, que sabe esto, se adelanta y retoma la vieja idea de san Agustín que, como todos sabemos, define el tiempo con nocturna picardía, "si no me preguntan qué es el tiempo, lo sé; si me lo preguntan, dejo de saberlo", les recita y los alumnos sonríen con la sonrisa del que no sabe si ha entendido lo que le dicen.

—Serían muy jóvenes, ¿no? —apunta Walda.

—Como nosotros, joder —digo yo, y reímos todos.

—Si son tan jóvenes como tú, Paco, serán unas fieras —me murmura Federico por lo bajito y compartimos algo de complicidad lúbrica.

—En realidad da igual si son universitarios o niños —contesta el profesor—. Creo recordar que el cuento no lo dice, pero me figuro que se trata de un grupo de universitarios en los niveles más bajos. Si no, no me explico cómo pueden ignorar la cita de Agustín, aunque en estos tiempos eso no tendría nada de raro. Hace una pausa y su rostro nos contagia la desesperanza que destila. Yo pienso en que las universitarias siempre están muy buenas y ahuyento la tristeza recordando las tetas duras como mármol de las compañeras de mis hijos. El profesor retoma su tema:

—"Yo sé que el tiempo se puede doblar", les dice el maestro a sus alumnos, que lo miran intrigado. "El pasado, el presente y el futuro no son inmutables, se pueden cambiar de lugar, podemos jugar con el tiempo, ir hacia delante y hacia atrás, lo que sea. El tiempo es como un riel que se puede doblar sobre sí mismo. Siguiendo la línea del tiempo podemos regresar al punto de partida", afirma. Los alumnos preguntan cómo puede ser eso posible y si él tiene pruebas de lo que dice. "Sí", les contesta, "aquí mismo la tengo". El autor (Poul Anderson, supongo) hace una pausa en este punto para describir las miradas de los muchachos y alguna otra cosa que no recuerdo; también habla de que se acercaba el atardecer. Eso sí lo recuerdo porque dice textualmente del sol que va deslizándose poco a poco por la ventana. Me pareció curiosa la manera de explicar el fenómeno del atardecer, que el sol baje como una gota por la ventana. Si lo piensan un momento, es una frase difícil de imaginar. Claro que lo que quiere decir el autor es que se ve a través de la ventana que el sol va declinando. Pero la manera como lo dice evoca el amarillo con que se colorean las cosas antes de caer la noche. Estos detalles los conservo muy vivos, y quizá a alguno de ustedes le sea útil para su propio trabajo, pero también si alguna vez se topan con este cuento, para que me avisen.

»Luego de esa pausa descriptiva, el cuento continúa: "Esta tarde he traído la prueba", dice triunfante el maestro y saca de su bolsillo un pequeño artefacto esférico. Titilan unas luces azules por dentro y los alumnos lo observan fascinados. "Aunque les parezca increíble, esta es una máquina del tiempo", explica, "acaba de ser adquirida por el Consejo de Escuela para estas clases, y es la primera vez que un maestro la utiliza. Ustedes tendrán la suerte de ser testigos de los primeros experimentos temporales de la Humanidad. Y esta manzana nos servirá de conejillo de Indias". Pone en marcha el artefacto y coloca la fruta bajo la influencia del aparato. "Voy a mandar la manzana tres minutos al pasado a esa esquina del escritorio, a ver qué pasa". Ajusta los controles de la máquina del tiempo y, cuando activa el mecanismo, la manzana del pasado aparece en el extremo del escritorio mientras que la manzana del presente se mantiene en su lugar, aunque un poco desenfocada, como si la mirara un miope. Una vez que han transcurrido los tres minutos, la manzana del pasado desaparece y la del presente vuelve a adquirir sus propiedades. "Ahora la voy a enviar tres minutos al futuro, pero en ese otro extremo del escritorio", anuncia el maestro y repite los pasos, mientras sus alumnos contemplan el espectáculo estupefactos. Y de nuevo la manzana del presente pierde su nitidez para compartirla con su doble del futuro. Al finalizar los tres minutos, el maestro agarra la manzana del presente y la coloca en el mismo lugar donde está la manzana del futuro, y funden sus contornos recuperando la nitidez natural. "¿Por qué has hecho eso?", pregunta uno de los alumnos, y el maestro contesta que el pasado se disuelve a medida que se acerca el presente, y de la misma forma este debe disolverse en el futuro, pues así lo han establecido los teóricos. Por eso hay que colocarse en el lugar del futuro donde estemos predestinados a aparecer. "¿Y si no lo hacemos?", aventura uno de los chicos y el maestro lo mira con sorpresa.

El profesor se aproximó al círculo que había dibujado en la pizarra.

—Ahora es cuando entra en acción este dibujito. Pero no sé cómo. Lo mirábamos atentamente mientras refinaba el perfil rojo del círculo. Era una circunferencia perfecta. Se giró hacia nosotros, quizá a punto de gemir; me pareció distinguir en sus ojos el fuego previo de la locura, y sentí compasión por él. No sé si mis compañeros percibieron lo mismo que yo; me figuro que sí, que la experiencia no había pasado en vano, que sabemos cuándo alguien ha caído en el territorio insondable de la demencia. Un país hermoso, pero desolado. Pensé que el profesor había dedicado demasiados años a estudiar y, como todo lector de Cervantes sabe, a los que leen en exceso se les seca el cerebro. No pude evitar sentir una proximidad paternal; si hubiera estado a mi cargo, el profesor no estaría allí rogando con esos ojos perdidos, yo lo habría llevado donde unas putas riquísimas que le habrían quitado las preocupaciones con sus habilidades de la boca. Para romper el silencio pregunté:

—¿Y cómo termina el relato, maestro?

—Eso es lo malo, que no lo recuerdo. Ustedes pensarán que me he inventado todo esto para no dar clase hoy, pero juro que leí ese cuento cuando era casi un niño. Juro que su autor es Poul Anderson, que lo leí con diecisiete años en la Biblioteca Nacional de Caracas, pero por más que he buscado en esa y en otras bibliotecas del mundo, no he vuelto a encontrarlo. Pero, muchachos, créanme, yo lo he leído y no recuerdo el final, ¡no lo recuerdo!

—¡Tranquilo, te creemos, te creemos, no pasa nada! —dijo Esther riéndose, y creo que no se había dado cuenta de que el profesor hablaba con otro tono, con la voz más ronca quizá. Las llamas de sus ojos generaron en mí una gran compasión y con amor le aconsejé:

—Trata de recordar, maestro, tú tienes una gran memoria.

—¡No puedo, Paco! ¡Hace años que lo intento! ¡Y no puedo!

—¿Hay algo que podamos hacer por ti, entonces?

—Sí. Vamos a repetir ese experimento. Hoy voy a demostrar que el relato existe, por eso he traído la prueba —dijo y colocó sobre el escritorio un pequeño artefacto esférico, dentro del cual titilaban unas luces azules—. ¿Alguien tiene una manzana? —preguntó con la sonrisa trastornada y activó la máquina del tiempo.

El sol iba deslizándose poco a poco por la ventana, y su luz amarilla untaba el círculo rojo de la pizarra adulterando su nitidez, como si se duplicara con la turbulencia propia de los miopes; y yo pensé que iba siendo hora de que el oftalmólogo me revisara los ojos. La vista cansada. El tiempo perdido. La vida que no vuelve. El maestro sudaba, concentrado, tratando de enviarnos tres minutos al pasado mientras nosotros lo observábamos llenos de piedad y gran admiración: No cabe duda de que un buen maestro tiene siempre algo que enseñar a sus alumnos.

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NO PROSTITUYAS LA DIGNIDÁ INTELECTUAL

—Sí, eso mismo fue lo que me dijo la supervisora; cuando me tocó el turno y me puse delante de la ventanilla, ella me ha dicho eso. Que yo no venía a pedir consejo, le contesté, que yo venía a pagar este impuesto que me ha llegado por la mañana, porque yo era un buen ciudadano, pero la chica ha seguido como si no me hubiera escuchado; me miró con una sonrisa, pero detrás de esa sonrisa reposaba el ácido del reproche, eso, porque era un reproche, como si yo hubiera cometido una falta: no prostituyas la dignidá intelectual, repitió de manera horrible, y esta vez hizo una pausa más larga en la palabra «dignidad», sólo que ella la decía con un acento duro en la «a»; pero cuando le iba a responder, cuando iba a corregir lo que me pareció una incongruencia imperdonable por su parte, la supervisora, siempre con su sonrisa, colocó frente a mí el cartel que dice «cerrado, vaya a otra ventanilla», y me dejó con la palabra en la boca, con ganas de responderle que yo no, que era ella, que yo no, que era ella, que yo no... pero en el fondo tiene razón, hoy no es fácil mantenerse virgen, por menos que nada nos dejamos violar, nos olvidamos de todas nuestras promesas y dejamos que hagan con nosotros lo que les venga en gana. ¿Para qué seguir luchando si no vamos a poder ganarles? Duendes, magos, banqueros y corporaciones harán con nosotros lo que mejor les parezca, y esto será así tanto si lo consentimos como si no. Ya pasó el tiempo de Fantomas y los vampiros internacionales; así que, si quieres, puedes hacer el esfuerzo de mantenerte puro o, como hacen los demás, pide tu parte de la torta y disfrútala en este momento. Pero, por favor, después no simules que proteges tu dignidá intelectual. Porque eso no existe. Como las hadas.

Y diciendo esto, el usurero Horacio terminó de escribir sus Beatus Ille, y se fue a cobrar el dinero que había prestado por calendas a los bancos.

08/11/2011

En el Festival Eñe


El viernes 11 y el sábado 12 de noviembre tendrá lugar una nueva edición del Festival Eñe, ya saben, dos días de libros, lecturas y ¡hasta escritores! Allí me verán el sábado a las doce, leyendo fragmentos de mi nueva novela y dos textos inéditos que colocaré aquí después de que los lea allá: El fuego previo de la locura, dedicado, por cierto a mis alumnos de taller, y No prostituyas la dignidá intelectual, un texto breve y -digo yo- que simpático...
Así que ya saben, aquí les dejo la programación: pinchen aquí (también), y espero que alguno se anime a pasarse por alguna de las decenas de actvidades que hay hasta la medianoche del sábado. ¡Será divertido! Es decir:

Que no se lo pierdan, ¡eñe!

23/10/2011

Noche de Nochebosque en el Café Comercial

Con José Luis y Ernesto

¿Qué puedo decir? Que la noche del jueves fue otra vez hermosa, como en La Fugitiva, porque los amigos nos devuelven, y nos justifican, las ganas de escribir cuando se portan con uno como se portaron los míos el jueves conmigo: calidez, sonrisas, apoyo. Allí estaban todos, hasta los que no pudieron ir, poniendo el hombro en esta larguísima carrera que es la escritura, un acto esencialmente solitario, pero que a veces tiene estas recompensas: José Luis Torres Vitolas, como buen y discreto editor, creó el escenario apropiado para que Ernesto Pérez Zúñiga demostrara una vez más su enorme generosidad convertida en palabras cálidas y brillantes. Y, como digo, los amigos me arroparon con su cariño.

¡Así, sí dan ganas de escribir!

(A continuación, una pequeña galería del evento:)

Con Ernesto

Vista general de la presentación

Con Ernesto mientras habla José Luis

Con Ernesto

Firmando el ejemplar de Conchita Blázquez

Con José Luis mientras habla

Firmando un ejemplar de "Nochebosque"