|juan carlos chirinos|
06/03/2012
Por qué no hablo de la revolución
Hace un par de días, un amable amigo me invitó a hablar sobre la situación actual de mi país. "Declino la invitación", le respondí agradecido, "porque no estoy preparado anímica ni intelectualmente para escribir sobre ello. No soy sociólogo, ni politólogo, ni siquiera periodista de la fuente, como se suele decir." Mi amigo, comprensivo con mis razones, me disculpó de inmediato, ofreciéndome con generosidad el espacio para lo que mejor se me diera -o sea, la literatura.
Pero he estado dándole vueltas al asunto en estos dos días, preguntándome por qué, si he estudiado tanto la historia de Venezuela, si he escrito libros enteros contando su accidentada historia, no quiero hablar de la revolución que se ha enquistado -con perdón- como un cáncer en el país donde nací, crecí, estudié y amé; el país que amo y que me emociona aunque su equipo de fútbol pierda por cinco goles a cero en un partido amistoso, aunque tantos aunque se pongan de por medio; el país cuya bandera de siete -sí, siete- estrellas cuelga en mi estudio y que me emociona cuando pienso que su himno es en realidad una canción de cuna -doñana-. Y creo que he hallado una respuesta provisional.
Se trata de respeto. Yo, que no soy político, ni tecnócrata, aún no puedo convertir en teoría, en materia objetiva y seca algo que ocurre todos los días en Valera, en Caracas, en Maracaibo, en Barquisimeto. No puedo analizar con la lupa de Monsieur Dupin el disparo en la cabeza a OneShot, ni el derrame de petróleo en el río Guarapiche, ni la gandola mal estacionada que en Valera aplastó a dos niños, ni el 24% de aumento del gasto público, ni la quiebra técnica del país. Para los observadores internacionales de una y otra ideología son sucesos, números, estadísticas; pero para mí son arepas, calles, gente. ¿Cómo voy a olvidar que la gandola bajó por la avenida Bolívar, que pasó frente a Cobrapsa, que se estrelló en la panadería La Vencedora? ¿Cómo, si ese es el escenario de mi infancia y mi adolescencia? ¿Cómo voy a decir "el tiro en la cabeza a un cantante de rap que denuncia la violencia en las calles de Caracas" si se trata del hijo de Alfredo Chacón y Luna Benítez? La desgracia de mi país tiene nombres, apellidos y toponímicos; yo -todavía- no puedo hacer literatura con eso, y mucho menos comentarios ingeniosos, agudos, dignos de un "intelectual", signifique eso lo que signifique.
Alguno me podrá argumentar que, como escritor, es mi deber (¿en serio?) ponerle palabras a lo que está pasando. Yo contraargumentaría diciendo que ya se dicen demasiadas palabras en Venezuela todo el tiempo -ya sabemos cómo se las gasta el gran burundún burundá de Barinas- y que en todo caso el papel de voz de los sin voz me parece espurio, oportunista y logrero. Me parece que ser la voz de los sin voz es, en cierto sentido, una sutil y muy clasista forma de desprecio a esos mismos que se dice representar. Y los fragmentos de mi espíritu thoreauniano no me dejan hacer eso. No. Yo exclusivamente hablo por mí, por lo venezolano que soy, no por el escritor que intento ser.
Creo que la desgracia de mi país merece compasión, en el sentido literal del término (padecer juntos), y mucha acción, guiada por el sentido común y la razón, por el diálogo y la noción de justicia, por la solidaridad; por el amor, desde luego: los análisis ingeniosos y las novelas apasionantes ya los harán los antropólogos, los creaodres, los historiadores, los comentaristas del futuro.
O yo mismo, con otro ánimo.
05/03/2012
Libros en depósito
Reviso un antiguo cuaderno que se vino conmigo de Venezuela. Me gusta de vez en cuando volver a los cuadernos que siempre compro pero que casi nunca lleno; los dejo con páginas en blanco, porque me aburro o porque no me gusta escribir a mano, o porque hace muchos años ya que escribo con computadora, y no me gusta transcribir. Pero los guardo; los conservo porque siempre hay algo allí anotado que me podrá interesar dentro de varios años.
Me encuentro en este cuaderno en particular, con la portada de un toro alado y comprado en Caracas en 1997, una lista de libros en depósito que hicimos mi amigo querido Diego Casasnovas y yo, seguramente mientras recogía mis cosas del apartamento donde vivía, en la esquina de Colimodio, antes de viajar a España. Ya que no me los iba a poder llevar, alguien debía disfrutarlos, y cuidarlos. Diego hizo una selección de quince títulos y yo anoté, con la seguridad de que nos veríamos siempre, a lo largo de nuestras vidas. Nos volvimos a ver, cómo no, cuando cuatro años después regresé a Caracas, y cuando volví un par de veces más, y creo que nunca hablamos de los libros que me guardaba en depósito, pues había tantas cosas que contarnos que eso podía esperar. En todo caso, ya habría tiempo, cuando regresara definitivamente a Caracas, para recuperarlos.
Ninguna de las dos cosas ocurrieron. Ni yo he vuelto a Caracas -¿viviré de nuevo allí, otra vez, algún día?-, y los libros estarán, ahora para siempre, en depósito. Diego se fue ahora hace casi nueve años, y seguro que me estará esperando allí donde estaremos definitivamente con los quince libros que se llevó prestados; Cioran, Forster, Murphy, Sófocles, Kerouac, Plath, Epicuro... autores que dan ganas de leer de inmediato. Mi tranquilidad es que Diego los cuida, los lee, los subraya para comentar esos pasajes conmigo, cuando volvamos a vernos, para reírnos de tantas tonterías. Es bueno hacer listas de libros. Son como la fotografía de nuestras pensamientos, de los pensamientos de una época en particular que también se define por la manera como mirábamos el mundo.
Que solo puede verse, como todo el mundo sabe, a través de las palabras.
Me encuentro en este cuaderno en particular, con la portada de un toro alado y comprado en Caracas en 1997, una lista de libros en depósito que hicimos mi amigo querido Diego Casasnovas y yo, seguramente mientras recogía mis cosas del apartamento donde vivía, en la esquina de Colimodio, antes de viajar a España. Ya que no me los iba a poder llevar, alguien debía disfrutarlos, y cuidarlos. Diego hizo una selección de quince títulos y yo anoté, con la seguridad de que nos veríamos siempre, a lo largo de nuestras vidas. Nos volvimos a ver, cómo no, cuando cuatro años después regresé a Caracas, y cuando volví un par de veces más, y creo que nunca hablamos de los libros que me guardaba en depósito, pues había tantas cosas que contarnos que eso podía esperar. En todo caso, ya habría tiempo, cuando regresara definitivamente a Caracas, para recuperarlos.
Ninguna de las dos cosas ocurrieron. Ni yo he vuelto a Caracas -¿viviré de nuevo allí, otra vez, algún día?-, y los libros estarán, ahora para siempre, en depósito. Diego se fue ahora hace casi nueve años, y seguro que me estará esperando allí donde estaremos definitivamente con los quince libros que se llevó prestados; Cioran, Forster, Murphy, Sófocles, Kerouac, Plath, Epicuro... autores que dan ganas de leer de inmediato. Mi tranquilidad es que Diego los cuida, los lee, los subraya para comentar esos pasajes conmigo, cuando volvamos a vernos, para reírnos de tantas tonterías. Es bueno hacer listas de libros. Son como la fotografía de nuestras pensamientos, de los pensamientos de una época en particular que también se define por la manera como mirábamos el mundo.
Que solo puede verse, como todo el mundo sabe, a través de las palabras.
03/03/2012
Arte o entretenimiento
Es una supuesta antinomia que anda por ahí generando discusiones, bizantinas o no. Pero concediendo que estos dos términos sean contradictorios, pasemos a las preguntas: ¿Es 'lícito' para el arte ser entretenido?; ¿debe tener el entretenimiento pretensiones artísticas? (Seguro que estas no fueron preguntas que acuciaron las noches de Cervantes, Shakespeare o Molière, pero en estos tiempos, ay, caducos, no tenemos nada mejor que hacer que ponernos a contar angelitos en la cabeza de un alfiler.)
Sin embargo, puede ser una pregunta de interesante solaz para los lectores, aun cuando a los escritores estas disquisiciones les traigan sin cuidado. El profesor Steven Moore ha escrito un libro completo con una historia alterna de los orígenes de la novela, The Novel: An Alternative History: Beginnings to 1600, y José Luis Amores, un piadoso y atento lector, ha traducido la introducción y la ofrece gratis en su blog, Bolmangani (con permiso del autor, desde luego, señor Wert). Decidió hacerlo porque
Y porque ha traído de nuevo a la palestra el eterno conflicto que atormenta más a lectores que a escritores, me parece a mí: si gozo un puyero con un libro, ¿debo considerarlo una bagatela? Si me aburro y me quedo dormido leyendo frases y frase y frases sin aparente sentido, ¿estoy ante una obra de culto? Preguntas dignas de un programa de misterio, fantasmas y aparecidos.
Pero el profesor Moore da una respuesta/opinión que puede servir de punto de partida:
Sin embargo, puede ser una pregunta de interesante solaz para los lectores, aun cuando a los escritores estas disquisiciones les traigan sin cuidado. El profesor Steven Moore ha escrito un libro completo con una historia alterna de los orígenes de la novela, The Novel: An Alternative History: Beginnings to 1600, y José Luis Amores, un piadoso y atento lector, ha traducido la introducción y la ofrece gratis en su blog, Bolmangani (con permiso del autor, desde luego, señor Wert). Decidió hacerlo porque
La idea de que el lector español —me refiero al lector serio— no pudiera disponer con facilidad de aquel material me parecía un pecado literario enorme. Estamos hasta la coronilla de ensayos basura que tratan parcialmente el tema, dando por sentado hasta la propia punta del iceberg, y escritos además bajo tales condiciones de arrogancia y pretenciosidad que dan ganas de utilizarlos como combustible en estos días de frío desacostumbrado. El de Steven Moore no. Ese libro es otra cosa y además está escrito de tal forma que uno se lo pasa como un cochino en una charca leyendo la historia de la novela india en el Renacimiento europeo o revisitando La Celestina en palabras de un yanqui en la corte de un rey tan chulo que ni lee. Por lo que decidí hacer algo cuyo resultado se puede apreciar más abajo: escribí a Moore pidiéndole permiso para traducir al castellano la introducción de su obra y ofrecerla gratis a quien leyere. Y —contra todo pronóstico ajeno— me dio su autorización.Hay que estarle agradecidos por eso.
Y porque ha traído de nuevo a la palestra el eterno conflicto que atormenta más a lectores que a escritores, me parece a mí: si gozo un puyero con un libro, ¿debo considerarlo una bagatela? Si me aburro y me quedo dormido leyendo frases y frase y frases sin aparente sentido, ¿estoy ante una obra de culto? Preguntas dignas de un programa de misterio, fantasmas y aparecidos.
Pero el profesor Moore da una respuesta/opinión que puede servir de punto de partida:
El gran entretenimiento es mejor que el mal arte, y uno no debería condenar las obras de arte por no ser más entretenidas, ni al entretenimiento por no ser más artístico. Esto es más que obvio.
14/02/2012
HHhH
Hay novelas que leo cuando las saco de la Biblioteca. Corrijo. Hay novelas que leo cuando me las topo en la Biblioteca. Porque son demasiado caras para mi presupuesto, o porque no me da la gana de comprarlas a causa de la publicidad agobiante y ditirámbica que las editoriales no tienen el pudor de lanzar. Pero cuando saco estas novelas que me llaman la atención meses después de que se han apagado los fuegos artificiales, pueden traerme gratas sorpresas. Y entonces, albricias.
De hecho, saqué prestada HHhH, de Laurent Binet, con la mala intención de que no me gustara y alegrarme de no haber gastado ni medio céntimo. Y cuando comencé su lectura me quedé pegado, salvo por una o diez páginas donde el autor trata de ser más importante que su texto, y me sacaba del libro. Pero no; es una gran novela.
Cuenta el asesinato, en 1942, de Heydrich, ese inocente miembro de la comparsa de Hitler. Eso ocurrió en Praga, y en el fondo quienes acabaron con él pudieron hacerlo gracias a la soberbia del virrey de Checoeslovaquia, que pensaba que podía andar por allí sin escolta. Pero lo interesante de la novela es que es también el proceso de creación de una novela, como me cuentan que hace Vargas Llosa en Historia de Mayta, que ya tengo en la mira. A mí, ignorante vargallosiano, me recordó a The ghost, de Robert Harris; el metalenguaje, la metaficción, el libro que reflexiona sobre sí mismo pero no aburre al lector con culterías y aspavientos de aquel que descubrió -asombrado- que habla en prosa.
Y además, me enteré en este libro que el barrio de Lídice, en Caracas, debe su nombre a la masacre del pueblo de Lídice, en Checoeslovaquia, luego del asesinato del nazi, como represalia de los alemanes por el nazidio. Fue tan feroz la venganza, que hasta echaron sal en el pueblo para que no creciera nada. Bichos.
Binet es un buen escritor, no cabe duda; y, al parecer, esta es su primera novela. Goao.
Habrá que seguir leyendo sus cosas, entonces.
24/01/2012
Escritor, apártate que no me dejas leer
He estado leyendo una novela en estos días. Empezó interesándome, pero ahora, en la página cincuenta casi que voy ya, ha dejado de llamarme la atención. No por el tema, que prometía ser gozoso, ni por la prosa, correcta y eficaz; sino por el autor. El autor, que no se quita de en medio, chico.
Hay escritores más interesados en que los conozcamos a ellos, no a sus obras.
Hay autores que, como algunos futbolistas mediáticos, hacen virguerías en los anuncios de refrescos y de carros, y -quizá- en el centro del campo, pero nunca meten un gol.
Hay autores que deberían estar en Gran Hermano: allí los verían más.
Pero, por favor, que no estorben cuando uno lee un libro suyo.
Estoy leyendo, también, a otro autor: este, quizá por su carácter, se aparta de inmediato y nos deja pasar a su imaginación. Y deja que nos instalemos, como Alicia, entre sus personajes, en su espacio y en su prosa; qué delicia, aunque no te sientas cerca de la novela, aunque la novela no sea del todo buena, cuando la novela te abre sus puertas y te deja entrar. Cuando el anfitrión tiene la suficiente delicadeza como para no echársenos encima y dejar que seamos nosotros los que elijamos los trozos más apetitosos.
Y leo el prólogo de Miguel Salabert a La educación sentimental: cuando los traductores sabían tanto que eran capaces de escribir un prólogo a sus traducciones, que eran ensayos tan sabrosos como el texto que nos facilitaban. Y, de paso, habla de eso que hace que una novela sea una joya, que lo mediocre no sea el texto sino el universo del que habla; sin embargo, algunos de sus contemporáneos no lo creyeron así, cosa que sorprende al traductor:
Joyce y Flaubert: dos que se apartaban para que el lector hurgara a gusto en sus universos complejos y fractales.
Eso es todo lo que un lector pide. Espacio.
Hay escritores más interesados en que los conozcamos a ellos, no a sus obras.
Hay autores que, como algunos futbolistas mediáticos, hacen virguerías en los anuncios de refrescos y de carros, y -quizá- en el centro del campo, pero nunca meten un gol.
Hay autores que deberían estar en Gran Hermano: allí los verían más.
Pero, por favor, que no estorben cuando uno lee un libro suyo.
Estoy leyendo, también, a otro autor: este, quizá por su carácter, se aparta de inmediato y nos deja pasar a su imaginación. Y deja que nos instalemos, como Alicia, entre sus personajes, en su espacio y en su prosa; qué delicia, aunque no te sientas cerca de la novela, aunque la novela no sea del todo buena, cuando la novela te abre sus puertas y te deja entrar. Cuando el anfitrión tiene la suficiente delicadeza como para no echársenos encima y dejar que seamos nosotros los que elijamos los trozos más apetitosos.
Y leo el prólogo de Miguel Salabert a La educación sentimental: cuando los traductores sabían tanto que eran capaces de escribir un prólogo a sus traducciones, que eran ensayos tan sabrosos como el texto que nos facilitaban. Y, de paso, habla de eso que hace que una novela sea una joya, que lo mediocre no sea el texto sino el universo del que habla; sin embargo, algunos de sus contemporáneos no lo creyeron así, cosa que sorprende al traductor:
La obra era forzosamente mediocre, puesto que sus personajes lo eran. Negaban, al hablar así, la posibilidad de escribir una novela genial con personajes mediocres, que era precisamente lo que tenían en sus manos.Y eso que todavía Joyce no había "inventado" la novela del antihéroe.
Joyce y Flaubert: dos que se apartaban para que el lector hurgara a gusto en sus universos complejos y fractales.
Eso es todo lo que un lector pide. Espacio.
19/01/2012
Bolívar vs. Miranda: otro asalto
A propósito de la nueva novela de Juancho Armas Marcelo, La noche que Bolívar traicionó a Miranda, estaremos este 31 de enero a las 19,30 hrs. el autor, Pepe Esteban y yo hablando en el Ateneo de Madrid. Miranda y Bolívar serán los contendientes; nosotros nos limitaremos a mirar y hacer barra: y a contarnos algunas cosas que sabemos.
Quedan todos invitados y los datos del lugar, por si alguien no lo conoce, están en la imagen que coloco al final, y que pueden pinchar para ver más grande.
Y les dejo esta entrevista y reseña que le hicieron al autor en el ABC el fin de semana pasado, por si se quieren enterar más de qué va el libro, y qué piensa el autor de él, antes de que le hinquen el diente. (La edición, me cuentan, empieza a agotarse ya: ojalá llegue a Venezuela pronto, amigos). Ya saben: siempre pinchen sobre las imágenes, que los llevarán al destino que andan buscando.
Quedan todos invitados y los datos del lugar, por si alguien no lo conoce, están en la imagen que coloco al final, y que pueden pinchar para ver más grande.
Y les dejo esta entrevista y reseña que le hicieron al autor en el ABC el fin de semana pasado, por si se quieren enterar más de qué va el libro, y qué piensa el autor de él, antes de que le hinquen el diente. (La edición, me cuentan, empieza a agotarse ya: ojalá llegue a Venezuela pronto, amigos). Ya saben: siempre pinchen sobre las imágenes, que los llevarán al destino que andan buscando.
17/01/2012
El general Escritura
La noche que Bolívar traicionó a Miranda
J.J. Armas Marcelo
Madrid, Edhasa, 2011
|317 p.|20 euros|ISBN:9788435062459|
J.J. Armas Marcelo
Madrid, Edhasa, 2011
|317 p.|20 euros|ISBN:9788435062459|
Cuando estábamos en la universidad, nuestra apreciada profesora de literatura romántica y de historia de la cultura, Arleny León, nos enseñó que a veces el conocimiento de una época se hace más expedito leyendo novelas que libros de historia. De hecho, los aficionados a los ensayos históricos habrán constatado incontables veces lo aburrida que puede ser la prosa de los especialistas, y rara es la vez, pero agradecida, en que un historiador es, además, escritor. Escritor en el sentido que recomienda Ortega y Gasset: "Un libro de historia tiene que ser un libro de historia; pero también tiene que ser un libro", más o menos dice el filósofo español en su prólogo a la Filosofía de la Historia, de Hegel. Quizá por eso Balzac, Victor Hugo y Dumas son más populares que Edgar Quinet, Philippe Buchez e Hippolyte Taine; pero también porque sus novelas históricas siempre son, además y sobre todo, libros.
Cuando comencé la lectura de La noche que Bolívar traicionó a Miranda, de J.J. Armas Marcelo el año pasado, en su manuscrito final, sabía que me iba a sumergir en la vida de un hombre que he estudiado durante varios años, pero también que entraba en un espacio de ficción, que ahora espero que llegue a Venezuela y sea leído por muchos de mis compatriotas en estos tiempos aciagos de historia, más que inventada -que no sería grave-, tergiversada. Pero como sé que la vida del Precursor es tan azarosa y ficcionable, sabía que me iba a resultar difícil diferenciar aquello que fuera invención y aquello que fuera dato histórico. En definitiva, una novela que centra su atención, no en uno, sino en dos personajes de tanta fuerza -Miranda y Bolívar-, necesariamente ha de quedar en deuda con lo histórico, al punto de modificar la ruta de la ficción. Este es el escollo más peligroso que una novela histórica debe salvar. Y en el caso de Miranda, solo hay una manera de evitar un naufragio: dejando que sea él mismo quien relate sus peripecias. Su Archivo ha sido y es la guía para todo el que quiera acercarse a su vida, pero también la tentadora manzana que puede desviar las intenciones. Armas Marcelo se ha sumergido en el Archivo, lo ha "saqueado" a gusto, y ha salido de allí con una novela que vibra entre la ilustración libertaria de Miranda y el romanticismo cargado de poder de Bolívar.
Claro que aquí el lector encontrará las "leyendas" famosas del Precursor -la colección de vellos púbicos, los amores con Catalina, las lúdicas aventuras amorosas y sí, el famoso "bochinche" que a estas alturas dudo que tuviera realmente lugar-, pero es que estas leyendas también forman parte de la biografía del personaje y sin ellas se habría contado la mitad. Cuando se miente sobre un personaje es cuando mejor se habla de él, porque se trazan características que de otra forma serían imposibles de plasmar. Por ejemplo, aunque la anécdota de que Miranda coleccionaba vellos púbicos de sus amantes no es cierta, no me parecería extraño que las cientos de amantes que tuvo, algunas verdaderamente enamoradas hasta la locura de él, hubieran donado encantadas uno -o dos- pelos de su más recóndita intimidad. Entonces, ¿cómo prescindir de la leyenda si esta explica con más fuerza lo que una montaña de papeles no sabe decir? El "Himalaya de papeles" (Salcedo Bastardo) que es el Archivo es un tesoro que aún sigue, y seguirá durante años, sin saquear completamente, dejando toda clase de resquicios para la imaginación de los novelistas como Armas Marcelo.
La relación con Bolívar vertebra la novela; la difícil, hermosa, adictiva, telúrica relación entre dos hombres que eran iguales y tan diferentes:
Sabía además que su admiración hacia Miranda no incluía el cariño: no quería al generalísimo. Al fin y al cabo no eran de la misma clase, no tenían paralelos ni en sus antecedentes ni en sus consanguinidades, y sólo había entre ellos la coincidencia del tiempo, la revolución, la libertad de Venezuela y América. Sabía desde siempre que el proyecto de secesión, el gran proyecto de la independencia de América, era de Francisco de Miranda, el hijo del canario de Tenerife Sebastián Miranda, que durante años luchó contra su familia y los suyos para obtener derechos que no le correspondían, pero que el rey Carlos III terminó por concederle para vergüenza de su clase. (p.20)Nunca lograremos saber cuál era el feeling entre ellos cuando estaban juntos; nunca podremos hacernos una imagen completa del momento en que Bolívar por fin conoce a su admirado compatriota en Londres y de momento en que Miranda lo reprende con dureza por su torpe e imprudente actuación ante las autoridades británicas; y hemos perdido para siempre la mirada de Miranda cuando vio entrar a Bolívar, el conspirador, dispuesto a prenderlo y entregarlo como animal para el sacrificio de las exigencias de los militares españoles.
¿Cómo es la cara del que traiciona, cómo la del traicionado?
De eso no hallaremos respuesta clara nunca, qué bueno, porque estas dudas son las que generan novelas como esta. Y sobre todo esta, que trata de la vida de un hombre que, tengo para mí, era mejor escritor que estadista, mejor intelectual que soldado, mejor observador que gobernante. Sí, Miranda era un hombre de acción; pero lo podía la necesaria inmovilidad del que reflexiona. Miranda era como el motor de turbina de un avión, que permanece estático en su lugar mientras hace que toda una mole de hierro se alce del suelo con él. Si Bolívar hubiera entendido esto -si Miranda también lo hubiera entendido- quizá su relación habría sido menos traumática. Por eso creo que en la novela de Armas Marcelo el Archivo se erige como un personaje más:
Eran leyenda que corría por toda Venezuela los archivos del generalísimo, pues, los papeles del general Escritura, su vida entera, sus amores, sus amoríos, las mujeres todas que habían dejado impregnado con su perfume intemporal la piel de su alma; los viajes de un lado para otro del mundo, sus conversaciones con personalidades del siglo pasado, sus guerras perdidas y ganadas, sus conspiraciones con los ingleses, con los franceses, con los rusos, con los norteamericanos; sus lecturas, sus libros preferidos, detallados uno a uno en sus papeles y con su propia letra como si se creyera el escritor del siglo, caraj, qué petulancia la del generalísimo (...). (p.116)Ese Archivo es un personaje, porque un documento tan enorme no puede pasar desapercibido, como los propios pensamientos del Precursor que podrían ser, sin duda, reflexiones del autor que se cuelan y atraviesan dos siglos: Fíjate, Pedro -le dijo una tarde melancólica a su sirviente-, en que la verdad es casi siempre la suma de muchas mentiras. (p.227). Y también los que pone en boca de Bolívar, que el lector no tiene por qué dudar de su veracidad histórica pero que también son parte de la arquitectura reflexiva de la novela: La peor enfermedad de todas -se dijo mientras estaba agonizando- es la enfermedad del poder (p. 301).
Debo confesar que tengo una relación bonita con esta novela. Gracias a ella, y a nuestro común interés mirandista, he pasado sabrosas horas con el autor en la logia en la que celebramos la sabiduría del Precursor, y aprendemos -porque Miranda siempre está enseñando- que las cosas no son de una única manera, que en cualquier recoveco de la historia el ácido de la ingratitud puede salpicar nuestras vidas. Y hay que estar preparado para ello. Por eso leemos y escribimos sobre personajes como estos, porque para algo han de servirnos los sabios que en el mundo han sido, ¿no?
La noche que Bolívar traicionó a Miranda es una novela vorágine. Una deliciosa novela que relata con ansiedad los momentos más críticos en la vida de Miranda, y de Bolívar: la ansiedad de quien espera el final, pues la sayona, la muerte, acompaña al narrador -¿que es Miranda, que es Bolívar, que son los dos?- desde la primera página y no descansará hasta no acabar con los héroes que una vez fueron amigos, a pesar de que estaban destinados a anularse mutuamente.
Como ocurre siempre con los titanes.
12/01/2012
La Logia Mirandista, en el Gijón
Pues eso, conspirando en la Logia Mirandista, mientras comemos las sabrosas lentejas del Café Gijón, un lunes cualquiera. Tardes impagables de libros, poemas recitados de memoria y mis amigos, Juancho Armas Marcelo, Carlos Boix, Raúl Rivero y Pepe Esteban echando humo con sus "señoritas"...
De izquierda a derecha: Juancho Armas Marcelo, Carlos Boix, Raúl Rivero, Juan Carlos Chirinos y Pepe Esteban
04/01/2012
Lo Bitle
Pues eso, la pesadilla de Guille hecha realidad...
[He visto por primera vez esta imagen en Facebook, pero no he logrado dar con el autor, ¿alguien sabe quién la hizo? Los que amamos a Los Beatles y a Mafalda estamos altamente agradecidos
-menos Guille, ese reaccionario, por supuesto]
[He visto por primera vez esta imagen en Facebook, pero no he logrado dar con el autor, ¿alguien sabe quién la hizo? Los que amamos a Los Beatles y a Mafalda estamos altamente agradecidos
-menos Guille, ese reaccionario, por supuesto]
Suscribirse a:
Entradas (Atom)















