6 mar. 2012

Por qué no hablo de la revolución


Hace un par de días, un amable amigo me invitó a hablar sobre la situación actual de mi país. "Declino la invitación", le respondí agradecido, "porque no estoy preparado anímica ni intelectualmente para escribir sobre ello. No soy sociólogo, ni politólogo, ni siquiera periodista de la fuente, como se suele decir." Mi amigo, comprensivo con mis razones, me disculpó de inmediato, ofreciéndome con generosidad el espacio para lo que mejor se me diera -o sea, la literatura.

Pero he estado dándole vueltas al asunto en estos dos días, preguntándome por qué, si he estudiado tanto la historia de Venezuela, si he escrito libros enteros contando su accidentada historia, no quiero hablar de la revolución que se ha enquistado -con perdón- como un cáncer en el país donde nací, crecí, estudié y amé; el país que amo y que me emociona aunque su equipo de fútbol pierda por cinco goles a cero en un partido amistoso, aunque tantos aunque se pongan de por medio; el país cuya bandera de siete -sí, siete- estrellas cuelga en mi estudio y que me emociona cuando pienso que su himno es en realidad una canción de cuna -doñana-. Y creo que he hallado una respuesta provisional.

Se trata de respeto. Yo, que no soy político, ni tecnócrata, aún no puedo convertir en teoría, en materia objetiva y seca algo que ocurre todos los días en Valera, en Caracas, en Maracaibo, en Barquisimeto. No puedo analizar con la lupa de Monsieur Dupin el disparo en la cabeza a OneShot, ni el derrame de petróleo en el río Guarapiche, ni la gandola mal estacionada que en Valera aplastó a dos niños, ni el 24% de aumento del gasto público, ni la quiebra técnica del país. Para los observadores internacionales de una y otra ideología son sucesos, números, estadísticas; pero para mí son arepas, calles, gente. ¿Cómo voy a olvidar que la gandola bajó por la avenida Bolívar, que pasó frente a Cobrapsa, que se estrelló en la panadería La Vencedora? ¿Cómo, si ese es el escenario de mi infancia y mi adolescencia? ¿Cómo voy a decir "el tiro en la cabeza a un cantante de rap que denuncia la violencia en las calles de Caracas" si se trata del hijo de Alfredo Chacón y Luna Benítez? La desgracia de mi país tiene nombres, apellidos y toponímicos; yo -todavía- no puedo hacer literatura con eso, y mucho menos comentarios ingeniosos, agudos, dignos de un "intelectual", signifique eso lo que signifique.

Alguno me podrá argumentar que, como escritor, es mi deber (¿en serio?) ponerle palabras a lo que está pasando. Yo contraargumentaría diciendo que ya se dicen demasiadas palabras en Venezuela todo el tiempo -ya sabemos cómo se las gasta el gran burundún burundá de Barinas- y que en todo caso el papel de voz de los sin voz me parece espurio, oportunista y logrero. Me parece que ser la voz de los sin voz es, en cierto sentido, una sutil y muy clasista forma de desprecio a esos mismos que se dice representar. Y los fragmentos de mi espíritu thoreauniano no me dejan hacer eso. No. Yo exclusivamente hablo por mí, por lo venezolano que soy, no por el escritor que intento ser.

Creo que la desgracia de mi país merece compasión, en el sentido literal del término (padecer juntos), y mucha acción, guiada por el sentido común y la razón, por el diálogo y la noción de justicia, por la solidaridad; por el amor, desde luego: los análisis ingeniosos y las novelas apasionantes ya los harán los antropólogos, los creaodres, los historiadores, los comentaristas del futuro.

O yo mismo, con otro ánimo.

How to shit in the woods


Pues eso. Y en segunda edición. [visto en 10 libros que no podemos creer que existan de verdad]

5 mar. 2012

Libros en depósito

Reviso un antiguo cuaderno que se vino conmigo de Venezuela. Me gusta de vez en cuando volver a los cuadernos que siempre compro pero que casi nunca lleno; los dejo con páginas en blanco, porque me aburro o porque no me gusta escribir a mano, o porque hace muchos años ya que escribo con computadora, y no me gusta transcribir. Pero los guardo; los conservo porque siempre hay algo allí anotado que me podrá interesar dentro de varios años.

Me encuentro en este cuaderno en particular, con la portada de un toro alado y comprado en Caracas en 1997, una lista de libros en depósito que hicimos mi amigo querido Diego Casasnovas y yo, seguramente mientras recogía mis cosas del apartamento donde vivía, en la esquina de Colimodio, antes de viajar a España. Ya que no me los iba a poder llevar, alguien debía disfrutarlos, y cuidarlos. Diego hizo una selección de quince títulos y yo anoté, con la seguridad de que nos veríamos siempre, a lo largo de nuestras vidas. Nos volvimos a ver, cómo no, cuando cuatro años después regresé a Caracas, y cuando volví un par de veces más, y creo que nunca hablamos de los libros que me guardaba en depósito, pues había tantas cosas que contarnos que eso podía esperar. En todo caso, ya habría tiempo, cuando regresara definitivamente a Caracas, para recuperarlos.

Ninguna de las dos cosas ocurrieron. Ni yo he vuelto a Caracas -¿viviré de nuevo allí, otra vez, algún día?-, y los libros estarán, ahora para siempre, en depósito. Diego se fue ahora hace casi nueve años, y seguro que me estará esperando allí donde estaremos definitivamente con los quince libros que se llevó prestados; Cioran, Forster, Murphy, Sófocles, Kerouac, Plath, Epicuro... autores que dan ganas de leer de inmediato. Mi tranquilidad es que Diego los cuida, los lee, los subraya para comentar esos pasajes conmigo, cuando volvamos a vernos, para reírnos de tantas tonterías. Es bueno hacer listas de libros. Son como la fotografía de nuestras pensamientos, de los pensamientos de una época en particular que también se define por la manera como mirábamos el mundo.

Que solo puede verse, como todo el mundo sabe, a través de las palabras.

3 mar. 2012

Arte o entretenimiento

Es una supuesta antinomia que anda por ahí generando discusiones, bizantinas o no. Pero concediendo que estos dos términos sean contradictorios, pasemos a las preguntas: ¿Es 'lícito' para el arte ser entretenido?; ¿debe tener el entretenimiento pretensiones artísticas? (Seguro que estas no fueron preguntas que acuciaron las noches de Cervantes, Shakespeare o Molière, pero en estos tiempos, ay, caducos, no tenemos nada mejor que hacer que ponernos a contar angelitos en la cabeza de un alfiler.)

Sin embargo, puede ser una pregunta de interesante solaz para los lectores, aun cuando a los escritores estas disquisiciones les traigan sin cuidado. El profesor Steven Moore ha escrito un libro completo con una historia alterna de los orígenes de la novela, The Novel: An Alternative History: Beginnings to 1600, y José Luis Amores, un piadoso y atento lector, ha traducido la introducción y la ofrece gratis en su blog, Bolmangani (con permiso del autor, desde luego, señor Wert). Decidió hacerlo porque
La idea de que el lector español —me refiero al lector serio— no pudiera disponer con facilidad de aquel material me parecía un pecado literario enorme. Estamos hasta la coronilla de ensayos basura que tratan parcialmente el tema, dando por sentado hasta la propia punta del iceberg, y escritos además bajo tales condiciones de arrogancia y pretenciosidad que dan ganas de utilizarlos como combustible en estos días de frío desacostumbrado. El de Steven Moore no. Ese libro es otra cosa y además está escrito de tal forma que uno se lo pasa como un cochino en una charca leyendo la historia de la novela india en el Renacimiento europeo o revisitando La Celestina en palabras de un yanqui en la corte de un rey tan chulo que ni lee. Por lo que decidí hacer algo cuyo resultado se puede apreciar más abajo: escribí a Moore pidiéndole permiso para traducir al castellano la introducción de su obra y ofrecerla gratis a quien leyere. Y —contra todo pronóstico ajeno— me dio su autorización.
Hay que estarle agradecidos por eso.

Y porque ha traído de nuevo a la palestra el eterno conflicto que atormenta más a lectores que a escritores, me parece a mí: si gozo un puyero con un libro, ¿debo considerarlo una bagatela? Si me aburro y me quedo dormido leyendo frases y frase y frases sin aparente sentido, ¿estoy ante una obra de culto? Preguntas dignas de un programa de misterio, fantasmas y aparecidos.

Pero el profesor Moore da una respuesta/opinión que puede servir de punto de partida:

El gran entretenimiento es mejor que el mal arte, y uno no debería condenar las obras de arte por no ser más entretenidas, ni al entretenimiento por no ser más artístico. Esto es más que obvio.