16 jun. 2013

La fuerza del lector

Leo una entrevista a Javier Marías y de repente me topo con una explicación luminosa: «Lo que pasa es que cuando un libro tiene importancia —sea filosófico, científico o literario—, acaba trascendiendo y permeando incluso a la gente que no lee. A través de la gente que lo lee llega a la gente que no lee.» Qué enorme responsabilidad, qué gran privilegio, pienso, el que tienen los lectores: se alimentan sabrosamente con lo que leen, sí, pero también son los mensajeros de buenas nuevas para aquellos que viven ciegos en el mundo, para aquellos que no han comido: para aquellos que no leen. Cuando leemos un libro, nos leemos a nosotros mismos en ese libro, anunciaba Proust, pero ahora comprendo que además nos convertimos en ese libro porque nos transformamos en el cofre que él ha sido hasta el momento en que llegamos a él: y todo cofre debe abrirse para regar sus tesoros. Cada libro nuevo llena más el cofre; y cada vez que le contamos a alguien lo que hemos leído, duplicamos, «clonamos», el tesoro en la mente del que oye y lo convertimos, a su vez, en un nuevo cofre: allá él lo que haga con su tesoro.

Esta es la fuerza del lector: contamina, cuando lee, su mente y adquiere la capacidad de contagiar el mundo con las palabras que ha leído. Esto ya lo sabía Sócrates, hace más de dos mil cuatrocientos años, y san Agustín, y los dos migueles, Montaigne y Cervantes; y Simón Rodríguez: lector, destruye con tus palabras la oscuridad del que no lee; ilumínalo con tus historias y haz que el mundo sea un poco más hermoso: porque la imaginación, solo la imaginación puede transformarlo en ese lugar perfecto que nunca será. Esa es tu fuerza, lector; úsala sin piedad para tu beneficio y habrás cumplido con el ciclo, como hace la abeja cuando dispersa el polen de sus patas.