3 oct. 2013

Ramuz en el precipicio


Este es el pequeño texto que leí en la presentación de Voces de la montaña, editado por la editorial chilena Chancacazo Publicaciones y traducidos por Iván Salinas. Unos cuentos muy recomendables, sobre todo en esta época de tanta morralla.

Ramuz en el precipicio

 La primera imagen que se me viene a la cabeza mientras leo es doble: Sherwood Anderson y Wenceslao Fernández Flórez. Como el lector cuando lee se lee a sí mismo y también el acto de leer es el acto de sumar lecturas, es inevitable buscar comparaciones en nuestra memoria cuando se lee a un nuevo autor. Sólo de esta manera podremos destilar las diferencias, las particularidades que hacen único a ese autor. Y Ramuz es uno de esos autores únicos y, por eso mismo, comparte similitudes con los grandes. Los quince relatos que componen Voces de la montaña muestran a un lector primerizo como yo, la fuerza de una voz que sabe lo que busca. Los dos libros de donde han sido traducidos, según afirma el pie de imprenta, Nouvelles y Les Servants et autres Nouvelles, fueron publicados pocos años antes de su muerte, en 1944 y 1946, respectivamente, así que se trata de los cuentos de un autor que ha demostrado con creces el dominio de su oficio.
Y digo Sherwood Anderson y digo Wenceslao Fernández Flórez porque, aparte de ser prácticamente contemporáneos, esto es, de haber percibido de alguna manera el mismo espíritu de los tiempos (el final de la Belle Époque con la Gran Guerra y el ascenso del fascismo en Europa), sus respectivas obras tienen varios puntos en común que resuenan unas en otras. El aire rural, los toques fantásticos, los personajes que perduran de un relato a otro, la voluntad de unidad entre los textos que, aunque son relatos independientes buen pueden leerse como una sola «historia», la historia de un pueblo en particular. Así, no tiene nada de raro que, mientras leía los cuentos de Voces en la montaña, percutieran en mi memoria los relatos de Winesburg, Ohio y de El bosque animado, esta última publicada casi al mismo tiempo que los relatos de Ramuz.
¿Y cómo no pensar en estas relaciones cuando se lee un relato como Los sirvientes, esa especie de duendes mágicos que hacen favores pero que también castigan con travesuras a veces peligrosas; o cuando el narrador presenta a un imprudente enamorado a punto de morir por buscar un sencillo —pero difícil de hallar— ramito de edelweiss para su amada en Llamada de auxilio? También cuando la naturaleza es una amenaza, como ocurre en el relato que le da título al volumen, Voces de la montaña, y en Escena del bosque, en el que un leñador sucumbe bajo el peso de un árbol derribado. En cambio, en La caída del niño, los sentimientos más feroces salen a flote por culpa de una madre descuidada —¿y con un amante?— que abandona a su hijo de cinco años a su inevitable suerte. Ciertos sentimientos distorsionados por las acciones y por el discreto laconismo del autor —estrategia narrativa que Ramuz maneja con maestría— crean situaciones que parecen paisajes de enorme extensión salpicados por seres incapaces de canalizar sus pasiones, tal como ocurre en El lago de las señoritas. Porque detrás del hermoso escenario que son las montañas suizas, se esconden las pasiones que han acuciado a los seres humanos desde siempre, envidia, pereza, mezquindad... y la miseria, la resignada miseria que acompaña a cada uno de estos personajes que los convierte en víctimas de las circunstancias que quizá ellos mismos haya propiciado, y así podemos leerlo en relatos como Sequía y, sobre todo, La feria, donde una pareja de ancianos hace un dificultoso viaje a la ciudad para vender una cabra que finalmente compra un vecino de ellos, con lo cual ese arduo viaje pierde todo sentido.

Leo a Ramuz y recuerdo a Sherwood, a Wenceslao, sí; pero también, y a causa de la ferocidad con que la naturaleza cincela el carácter de los personajes, viene a mi cabeza La madre naturaleza, de Emilia Pardo Bazán: porque allí donde la naturaleza impone su ley, la belleza artificial tiene los días contados. Y en Voces de la montaña Ramuz camina por el filo de un precipicio que no es el de una de las montañas de su Lausana natal, sino por el precipicio del lenguaje mesurado que pone en escena las pasiones de seres indefensos, constreñidos por siglos de sometimiento a la ley implacable de la naturaleza: y la caída desde esa altura suele ser más dolorosa.

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