16 oct. 2012

Un animal metafísico


(Este es el texto que leí hoy sobre El misterio de Macongo, de Samuel Serrano, en la Casa de América, para los que tengan curiosidad por el libro y no hayan podido ir)
El último relato de este libro quizá sea el más biográfico, aunque en todos se percibe —sin que haya una razón explícita para ello— la presencia de experiencias vitales. El único argumento que un lector desprevenido encontraría para calificar «Boca de lobo» como un relato autobiográfico es el hecho de que el protagonista es invidente, como el autor, lo cual sería una obviedad más bien elemental con la que podríamos gozosamente recurrir a sus ancestros famosos, de Homero a Borges pasando por John Milton y Paul Groussac, que por cierto el autor de Ficciones menciona en su famoso ensayo «La ceguera», uno de los textos de ese libro indispensable que es Siete noches.
Pero si se detiene con atención en el texto, el lector encontrará un detalle que abre el texto hacia novedosas interpretaciones y que contamina todo el libro. Dice el narrador, mientras reflexiona acerca de las numerosas frases que en español existen referidas a la vista y referidas, con alguna displicencia, a la ceguera:
La vista, me decía entonces tratando de desentrañar estos prejuicios, es de todos nuestros sentidos el más activo, el que más conocimientos proporciona y el que mejor nos permite explorar el mundo, es natural por tanto que lo usemos como metonimia de todo el sistema perceptivo e incluso como analogía del alma (p. 180)
Desde luego, a todo lector atento esta frase le despertará una sospecha, porque se le hará familiar, y con pensarlo un poco descubrirá que el autor también es ese personaje que tiende sutiles trampas a los lectores:
Todos los hombres desean por naturaleza conocer. Así lo indica el amor a los sentidos; pues, al margen de su utilidad, son amados a causa de sí mismos, y el que más de todos, el de la vista. En efecto, no sólo para obrar, sino también cuando no pensamos hacer nada, preferimos la vista, por decirlo así, a todos los otros. Y la causa en que, de los sentidos, éste es el que nos hace conocer más, y nos muestra muchas diferencias. (Aristóteles, Metafísica, 980a)

Como se ve, ya Aristóteles, en su Metafísica, había encumbrado a la vista como el rey de los sentidos, algo que Serrano se empeña, con éxito en desmontar, pues el personaje del relato, al carecer de este sentido, tiene la posibilidad de abrir los cuatro restantes a la experiencia d ela percepción, como si la vista fuera —y quizá sea así— ese ruidoso sentido que acalla la finura de los demás. Así lo demuestra Condillac con gracia, según lo refiere Borges en un breve relato de El libro de los seres imaginarios, titulado «Dos animales metafísicos»:
El problema del origen de las ideas agrega dos curiosas criaturas a la zoología fantástica. Una fue imaginada al promediar el siglo XVIII; la otra, un siglo después. La primera es la «estatua sensible» de Condillac. Descartes profesó la doctrina de las ideas innatas; Étienne Bonnot de Condillac, para refutarlo, imaginó una estatua de mármol, organizada y conformada como el cuerpo de un hombre, y habitación de un alma que nunca hubiera percibido o pensado. Condillac empieza por conferir un solo sentido a la estatua: el olfativo, quizá el menos complejo de todos. Un olor a jazmín es el principio de la biografía de la estatua; por un instante, no habrá sino ese olor en el universo, mejor dicho, ese olor será el universo, que, un instante después, será olor a rosa, y después a clavel. Que en la conciencia de la estatua haya un olor único, y ya tendremos la atención; que perdure un olor cuando haya cesado el estímulo, y tendremos la memoria; que una impresión actual y una del pasado ocupen la atención de la estatua, y tendremos la comparación; que la estatua perciba analogías y diferencias, y tendremos el juicio; que la comparación y el juicio ocurran de nuevo, y tendremos la reflexión; que un recuerdo agradable sea más vívido que una impresión desagradable, y tendremos la imaginación. Engendradas las facultades del entendimiento, las facultades de la voluntad surgirán después: amor y odio (atracción y aversión), esperanza y miedo. La conciencia de haber atravesado muchos estados dará a la estatua la noción abstracta de número; la de ser olor a clavel y haber sido olor a jazmín, la noción del yo. El autor conferirá después a su hombre hipotético la audición, la gustación, la visión y por fin el tacto. Este último sentido le revelará que existe el espacio y que en el espacio, él está en un cuerpo; los sonidos, los olores y los colores le habían parecido, antes de esa etapa, simples variaciones o modificaciones de su conciencia.

Un animal metafísico; en eso se convierte el narrador al final de El misterio de Macongo, pues la peripecia cognoscitiva del narrador del último relato contagia, de manera retroactiva, el resto de los relatos del libro en una pirueta de técnica literaria que destaca la capacidad del autor para construir pequeños universos entrelazados. Cada relato es una nueva experiencia de conocimiento y va formando la esfera que es el mundo —el de la literatura, también.
Me atrevo a decir que el libro es plenamente tropical, a pesar de que un par de sus ocho relatos transcurren en Madrid; me atrevo a decir que el libro nada en las aguas del tan omnipresente realismo mágico, sin sucumbir a él, pero también participa de un feroz realismo documental y crítico, sobre todo en relatos como «Una visita a Cajón del muerto», vívido retrato de la situación con la violencia guerrillera y narcotraficante de Colombia que no tiene piedad con el lector a la hora de describirle la durísima situación, nada exótica, sino más bien cruel; y «Moñoño», sin duda uno de mis preferidos, y con el personaje mejor construido a mi modo de ver, un pájaro de una sola ala que se esfuerza por volver a ser lo que ya ni puede ser. Aprecié también, con mucho placer, «Borletti», el primero y más breve del conjunto (hay que decir que al menos dos de los textos podrían considerarse cercanos al territorio de la nouvelle); y lo aprecié por dos razones: La primera, porque resulta una excelente locomotora para el libro, pues introduce al lector en él con la muy efectiva prosa de Serrano, y con humor, elemento importantísimo; y de inmediato quieres seguir leyendo, sabes que estás preparado para recorrer el resto del libro; y segundo, porque es la antesala perfecta al cuento que le da título al libro, el que va a causar mayor curiosidad y morbo a los sedientos de mimesis e intertextualidades: «El misterio de Macongo». Serrano hace en este relato una hábil mezcla de materia real con la ficción, y tiene el tino de seguir la opinión, quién sabe si inconscientemente, de Brahms cuando lo acusaron de copiar a Beethoven en una de sus sinfonías: El que no se dé cuenta de que lo he hecho a propósito como un homenaje a mi maestro, dijo el gran compositor alemán en su momento, es que es un tonto.
«El misterio de Macongo» es un homenaje a la literatura del novelista mayor de Colombia, Gabriel García Márquez, pero también es la puesta en escena de su némesis, el escritor que se siente estafado, ultrajado, robado cuando ve que las historias que él no ha podido, o no ha sabido, o no ha tenido la suerte de contar fueron tan brillantemente desarrolladas por el Nobel colombiano. No lo veo como un largo quejido del autor desconocido, sino como una reivindicación del anonimato, pues por cada García Márquez del mundo hay cientos de escritores anónimos que ya habían escrito Cien años de soledad, o el Ulises, o Muerte en Venecia. Es la mala suerte del que llega en segundo lugar, la mala suerte del que solo es repetición. Y eso ocurre en América, y ocurre en Europa y ocurre y ha ocurrido en cualquier lugar del mundo: Cuando llegué a España tuve el penoso y sorprendente privilegio de escuchar decir en televisión a un escritor español algo famoso que a él de joven, muchos años antes y no frente a un pelotón de fusilamiento, ya se le había ocurrido y había escrito una historia idéntica a la famosa novela de los Buendía, sólo que García Márquez ya se le había adelantado y, tuve la sensación de que estuvo a punto de decir que el de Aracataca le había plagiado la idea. Como le ocurre al personaje, en el fondo entrañable, de «El misterio de Macongo», a quien el escritor famoso —trasunto sin duda del Nobel neogranadino— le robó la idea y lo condenó al ostracismo y el anonimato. Lugar que estoy seguro la prosa de Samuel Serrano no frecuentará si es que sigue produciendo relatos de esta naturaleza. Muchas gracias.
Casa de América, Madrid octubre de 2012.

1 comentario:

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