27 oct. 2012

Mañas de la élite


Algo revuela mi cabeza y se adueña de mis pensamientos. Es algo que no termino de entender y que no termina de gustarme.

Tiene que ver con una confusa mezcla de la corrección del lenguaje, el criterio de autoridad y las clases, es decir, los compartimentos estancos en que la sociedad coloca a cada uno de nosotros. Esta mezcla (chanfaina, la llamaría mi abuelo) me asalta cada vez que me topo con un guardián de la lengua y las buenas costumbres literarias, cada vez que alguien me dice, viéndola escrita, "esa palabra no existe", ¿pero cómo no va a existir si la estoy viendo, o es que mis ojos ya son tan cartesianos que me engañan sin pudor alguno?; me asalta cuando miro la cara de alguno de mis alumnos, escéptica, negada a aceptar que la literatura sólo es un juego, y que no es ningún club de iniciados, de adeptos de arcanos antiguos y difíciles de leer; es una confusión que se apodera de mí cuando me doy cuenta de que muchos de los responsables de hacer que la literatura -y el arte en general- sean territorio de libertad absoluta, se erigen en guardianes de su propio beneficio, etiquetando todo lo etiquetable para que no se note que sus etiquetas son espurias, y su sabiduría manca, yerma, marchita.

Me doy cuenta de que las ocasiones en que con más ferocidad me rebelo han sido aquellas en las que alguien trata de coartar, de limitar, de jerarquizar un placer que es libre y de todos; esas ocasiones en que los imbéciles que han leído (o eso es lo que ellos creen) denigran al ignorante, confundiendo lo que ellos son (unos estúpidos) con ese estado sublime de pureza que es la ignorancia y que sin duda tiene cura. En cambio, la estupidez es incurable, porque es metástasis de ella misma.

Élite: otra palabra para decir acomplejado.

[Cuando sea grande quiero ser hoplita].