10 oct. 2012

Los papeles de Aspern

Considero que uno de los mayores placeres que puede experimentar un ser humano consiste en toparse con un libro que lo atrape. La obra de Henry James continúa siendo una materia pendiente en mi estantería de leídos -salvo Otra vuelta de tuerca, que ya casi es un lugar común-, pues hace muchos años, cuando intenté otra novela de él no estaba yo en condiciones de que me dijera algo. Por suerte he regresado a la obra de este autor por una puerta breve pero enorme: Los papeles de Aspern, título que siempre me había llamado la atención, y del que había escuchado y leído mucho. Así que este verano, mientras pasaba días aciagos pero importantes en mi querida Valera, me encontré la (buena) traducción que Sergio Pitol publicó en Monte Ávila Editores cuando todavía ésta era una editorial de verdad, aunque ya la sombra de lo que había sido en los años 70 y 80. La difunta Librería del Sur -antes Kuai-Mare- del Centro Comercial Edivica atesoraba varios ejemplares de ese libro a un precio ridículo, 9 bolívares, que son menos de dos euros al cambio oficial -pocos más de cincuenta céntimos, al precio no-oficial de lechugaverde, que es el que usa todo el mundo pero ni uno más-, y me lo llevé a casa de mis padres, en verdad, con algo de aprensión. Sólo la curiosidad por todo lo que me parecía haber oído del libro me empujó a conservarlo al lado de mi cama.
Hasta que una tarde de tedio valerano, de esas tardes en que las chicharras hacen un ruido enorme para que sepamos que aún falta mucho para las tres, me eché en mi cama y cogí el libro: y ya no pude parar de leer. James tiene la capacidad escribir lento, de saber ralentizar el desarrollo de una anécdota, pero lo hace con tanta gracia y todo lo que escribe es tan interesante, que a uno no le importa que se demore cuanto le plazca en la descripción de un lugar o en el sentimiento de algún personaje. El objetivo del protagonista es hacerse con los papeles del difunto poeta, Jeffrey Aspern, y para eso el narrador dará demoradas vueltas alrededor de las dueñas de esos misteriosos papeles, alrededor de la enorme casa veneciana donde se esconden y alrededor de los sentimientos, no demasiado virtuosos, del protagonista; pues, como dice el traductor, el cuerpo de una novela de James lo constituye la suma de observaciones, deducciones y conjeturas que un personaje hace de una determinada situación.
Entonces no importa que en la novela parezca que no pasa nada, porque todo lo que está pasando lo hace en nuestra propia cabeza de lectores, ávidos, entregados ya a una lectura a la que se le puede calificar de deliciosa, pero para quedarse corto. Es una novela breve en extensión, pero que dura años mientras uno la lee.
Sin duda, todo buen lector y, sobre todo, todo aquel que aspire a ser escritor algún día, debe leer con devoción esta novela, y sumergirse en el universo jamesiano, como yo ya lo estoy haciendo. Querido lector: ahora voy a leer Daisy Miller, y espero las mismas alegrías.

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