12 oct. 2012

¡Barco! ¡Barco!

Hace poco más de veinte años, con ocasión de los 500 años de la llegada / invasión / descubrimiento / encuentro de Colón con las tierras que luego serían llamadas, por una de esas injusticias de la Historia, América, en vez de Colombia, José Ignacio Cabrujas escribió un artículo que se llevaba por título "¡Barco!", como contrarréplica al grito que se supone que dio Rodrigo de Triana (¡Tierra!) cuando, por fin, vio luz en la oscura travesía. Recuerdo que el artículo traía como ilustración a un indio subido a un cocotero, divisando las carabelas a lo lejos. El artículo en cuestión es, en la línea cabrujiana, bastante irónico y socarrón, pero decididamente harto de celebraciones (léase pinchando aquí):
Se dirá que cumplir quinientos años sigue siendo algo en la vida y contra ese argumento no tengo nada que alegar. Pero si uno rebusca en los libros, encontrará después de cierta paciencia que hay otras cosas que cumplen quinientos años en 1992, entre ellas el cepillo de dientes, tan importante, si a ver vamos, como el Descubrimiento de América. No se trata de ignorar la fecha ni de que se le impida a alguien disfrazarse de Colón y poner el pie en Macuto para que la gente vea y comente, pero aplazamos [sic] durante todo un año, suspendemos [sic] culturalmente en una temática de adelantados y frailes, dilucidar como vigoroso ejercicio intelectual si volvemos a adoptar el nombre de Hispanoamérica, en sustitución del más cosmopolita, Latinoamérica, homenajear a Bartolomé de las Casas por buena gente y pulir las bolas de hierro del Castillo de Puerto Cabello, es algo que no podemos permitimos, so pena de que vamos a llegar a ese octubre con una depresión que no te cuento.
También fue el año en que se cumplieron 500 años de la Gramática de Nebrija, la primera para el español, entonces conocido como castellano.

Ese año, en el que nos graduamos en la Universidad, y en el que el ahora (y por seis extenuantes años más) presidente Chávez dio su frustrado golpe de Estado en Venezuela (hubo un intento de golpe más, en noviembre), el bajo continuo fueron las conmemoraciones del viaje que hizo inmortal a Crisóbal Colón. Supongo que aquí en España, con los juegos olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla también se padeció lo suyo con el tal acontecimiento. A nosotros, en la Universidad, nos tocó de frente con unas jornadas en torno al tema del descubrimiento y la literatura, organizadas por Liduvina Carrera, a la sazón nuestra profesora de Latín y de Técnicas de documentación e investigación. Creo que allí fue donde di mi primera conferencia, que versó sobre la novela Maluco, de Napoleón Baccino Ponce de León, que había quedado finalista del premio Rómulo Gallegos, y de la que aún guardo un grato recuerdo, por divertida y original: un bufón cuenta un viaje en barco desde su posición inferior, distinta a la gallarda postura de los descubridores y los conquistadores. El mundo al revés.

Ya en ese entonces, y desde mucho antes, se discutía con la misma penosa insistencia de hoy (qué poco hemos cambiado) si lo de Colón se trató de un descubrimiento, una invasión, etc.; y siempre llegábamos a la misma conclusión: Desde que el mundo es mundo, el ser humano ha explorado, arrebatado, intercambiado las tierras, y en el caso de América no iba a suceder nada diferente. Claro que fue una invasión, y un descubrimiento (en ambos sentidos), y un encuentro de culturas, y un expolio: ¿Para qué viajar tan lejos si no es para buscar las riquezas que no te pertenecen?

Lo que comenzó el 12 de octubre de 1492 no se puede despachar con cuatro discursitos de autoayuda nacionalista a lo Galeano, ni con ditirimabos a la raza hispánica, tan cuatribolaeda siempre; fue un proceso complejo de luces y sombras por igual y que ha dado como resultado este enorme arroz con mango que llaman de tantas maneras y que a mí simplemente me gustaría llamar América.

Como siempre, es más fácil con música: Oigan el disco Buscando América, súmenle "Tiburón", "Pedro Navaja" y "Decisiones", todo de Rubén Blades, bien mezclado (no agitado), y tendrán un retrato, siquiera pálido, de todo este embochinchado continente.

520 años, y todavía no sabemos atarnos los cordones de la democracia con la fuerza suficiente para que banqueros corruptos y mesías gritones dejen de incordiar. Este es un día de luto y un día de júbilo; un día de cantos y elegías; porque todo lo que trate de la identidad es siempre una mezcla confusa de fiesta y velorio, porque es un mirarnos dentro, un escudriñarnos para encontrar que somos iguales en todos lados y además no tan interesantes como pensábamos.

Como diría Vicente Gerbasi, ese poeta venezolano descendiente de inmigrantes, como casi todos los que nacimos allí: Venimos de la noche y hacia la noche vamos.

1 comentario:

José María Souza Costa dijo...

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