15 oct. 2012

40 kilómetros de caída libre

Parece un chiste, pero es otra de las hazañas de la Humanidad, esa especie ociosa, perdón curiosa. Un tipo se ha lanzado en caída libre desde 40 kilómetros de altura y ha alcanzado la velocidad del sonido. Si yo fuera grulla, o gaviota, me preguntaría para qué carrizo un espécimen que no tiene plumas ni anda cazando sardinas se tira desde semejante altura; si yo fuera guepardo, me preguntaría cuántas gacelas de Thomson se pueden cazar desde esa distancia. Pero soy humano y, junto a todos los de mi especie, me maravillo de ver que alguien como yo puede hacer una cosa así. Así de tontos somos.

O no. O en realidad siempre estamos buscando razones para ocultar nuestra debilidad física con respeto a casi todos los animales; si los grillos saltan más y mejor que nosotros y las hormigas levantan más peso, muchísimo más peso que nosotros y hasta una miserable cucaracha tiene más sentidos que nosotros; ¿cómo no vamos a estar tratando de demostrar todo el tiempo que somos mejores, más depredadores que los demás? Qué importa que venga un meteorito y nos pulverice (de hecho ya hemos hecho películas en la que esa eventualidad es superada con creces); no importa que en un mundo desconocido haya otro ser vivo con un órgano mejor que el único que parece funcionarnos por encima de los demás animales: el cerebro (hay más películas donde los extraterrestres son muy inteligentes, pero nunca más listos que nosotros); no importa que nuestra inteligencia se esté comiendo el planeta junto con nuestra capacidad para devorar lo que hay; el asunto es demostrar(nos) que como animales somos mejores que nuestros compañeros de planeta. Ni ballenas, ni delfines, ni leones ni chimpancés, ni abejas, ni osos panda: somos nosotros los reyes de la creación, bufamos ufanos.

Un tipo de mi especie se tira desde 40 kilómetros de altura mientras 1000 millones se mueren de hambre, mientras en varios países se matan a tiros, mientras la inseguridad asuela el país donde nací. Pero no pasa nada; ayer hemos alcanzado otra cota que ningún ser vivo había alcanzado, hemos caído a la velocidad del sonido (algo que una piedra puede hacer sin tanta preparación, como ya demostró Galileo). Lo jodido sería hacerlo sin paracaídas -y sobrevivir.

Por cierto, ¿y qué habrá pasado con la cápsula que se quedó arriba? ¿Flotará indefinidamente y cualquier día también nos cae sobre la cabeza? A ver si los celtas iban a tener razón y a lo único a lo que hay que temer es a que nos caiga el cielo encima...

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