7 oct. 2012

07 de octubre de 2012

Antes de que amanezca el lunes ocho, las palabras que voy a escribir en este momento tendrán un sentido distinto. Como ha dicho Vargas Llosa en un artículo que aparece hoy en El País: Una vez más en la historia, a la tierra de Simón Bolívar le toca —esta vez con los votos, no las armas— la tarea de asegurar la libertad de todo un continente. Yo preferiría que no se recordara tantas veces que Venezuela es la tierra de Simón Bolívar, pues ha sido la patria de muchos grandes como él. Es la tierra de José Antonio Ramos Sucre, y la tierra de Jacinto Convit, y la tierra de Rafael Cadenas, y la tierra de Francisco de Miranda, y la tierra de Juan Antonio Navarrete, y la tierra de Teresa Carreño, y la tierra de Rómulo Betancourt, y la tierra de Rómulo Gallegos...; y es la tierra de millones que han mezclado orígenes, historias y esfuerzos para hacer lo que hay ahora. Bolívar -pobre, sin culpa- se ha convertido en un pesado sambenito con el que tiende a definírsenos siempre, y eso hace muchísimo tiempo que me cansa.

La frase de Vargas Llosa, cómo no, es hermosa, halagadora y llena de esperanza, pero a mí me gustaría que por una vez algo en Venezuela no resultara tan interplanetario; me gustaría que esta votación asegurara, no la libertad de todo un continente -que también-, sino la posibilidad de que, en Valera, mi papá y mi mamá puedan bajar caminando a las ocho de la noche por la avenida, por el simple placer de pasear, sin miedo a que los roben o a caerse en un hueco en la poca acera que hay; me gustaría que asegurara a mi sobrina que no dejará de escuchar su música preferida en la computadora o de ver una película en el canal por cable porque de repente se va la luz y quién sabe hasta cuándo; me gustaría, que el acto simple y único de votar, le asegurara a mis sobrinos más jóvenes la posibilidad de decidir si se quedan o se van, y dejen de pensar que el futuro "normal" de un venezolano es irse del país.

Yo voy a votar hoy, no para asegurarle la democracia a los países de América -eso me queda muy grande-, ni para acabar con los malos malucos del mundo; yo voy a votar hoy en Madrid para que la gente en Venezuela pueda amanecer tranquila mañana, preparada para seguir trabajando y educando a sus hijos, lista para que todos tengan una oportunidad.

Y que Bolívar y los súper héroes de la liga de la justicia se encarguen de asegurar la paz mundial.

Actualización de las 15:13:
"He cumplido con mi deber", declara el pulgar derecho con satisfacción.
Salí a las 13.30 de mi casa y egresé de votar a las 14.25. Muchas gente fuera del centro de votación, pero la gente que organiza el asunto coordina muy bien todo, y sólo estuve cinco minutos en una cola, y tres minutos máximo para votar. El resto de la hora que estuve fuera fue caminando hasta el centro, viajando en metro, una sola parada, porque había una manifestación contra el aborto en Alcalá y el autobús 53 en que planeaba llegar hasta la Casa de América -el centro de votación está una cuadra más arriba-, no estaba funcionando. Voté, pero ahora hacen falta dieciocho millones de pulgares derechos y venezolanos que estén tan contentos como el mío a esta hora:
¡Ánimo! ¡Vayan todos a votar!, dice el pulgar, orgulloso.