17 ene. 2012

El general Escritura

La noche que Bolívar traicionó a Miranda
J.J. Armas Marcelo
Madrid, Edhasa, 2011
|317 p.|20 euros|ISBN:9788435062459|

Cuando estábamos en la universidad, nuestra apreciada profesora de literatura romántica y de historia de la cultura, Arleny León, nos enseñó que a veces el conocimiento de una época se hace más expedito leyendo novelas que libros de historia. De hecho, los aficionados a los ensayos históricos habrán constatado incontables veces lo aburrida que puede ser la prosa de los especialistas, y rara es la vez, pero agradecida, en que un historiador es, además, escritor. Escritor en el sentido que recomienda Ortega y Gasset: "Un libro de historia tiene que ser un libro de historia; pero también tiene que ser un libro", más o menos dice el filósofo español en su prólogo a la Filosofía de la Historia, de Hegel. Quizá por eso Balzac, Victor Hugo y Dumas son más populares que Edgar Quinet, Philippe Buchez e Hippolyte Taine; pero también porque sus novelas históricas siempre son, además y sobre todo, libros.

Cuando comencé la lectura de La noche que Bolívar traicionó a Miranda, de J.J. Armas Marcelo el año pasado, en su manuscrito final, sabía que me iba a sumergir en la vida de un hombre que he estudiado durante varios años, pero también que entraba en un espacio de ficción, que ahora espero que llegue a Venezuela y sea leído por muchos de mis compatriotas en estos tiempos aciagos de historia, más que inventada -que no sería grave-, tergiversada. Pero como sé que la vida del Precursor es tan azarosa y ficcionable, sabía que me iba a resultar difícil diferenciar aquello que fuera invención y aquello que fuera dato histórico. En definitiva, una novela que centra su atención, no en uno, sino en dos personajes de tanta fuerza -Miranda y Bolívar-, necesariamente ha de quedar en deuda con lo histórico, al punto de modificar la ruta de la ficción. Este es el escollo más peligroso que una novela histórica debe salvar. Y en el caso de Miranda, solo hay una manera de evitar un naufragio: dejando que sea él mismo quien relate sus peripecias. Su Archivo ha sido y es la guía para todo el que quiera acercarse a su vida, pero también la tentadora manzana que puede desviar las intenciones. Armas Marcelo se ha sumergido en el Archivo, lo ha "saqueado" a gusto, y ha salido de allí con una novela que vibra entre la ilustración libertaria de Miranda y el romanticismo cargado de poder de Bolívar.

Claro que aquí el lector encontrará las "leyendas" famosas del Precursor -la colección de vellos púbicos, los amores con Catalina, las lúdicas aventuras amorosas y sí, el famoso "bochinche" que a estas alturas dudo que tuviera realmente lugar-, pero es que estas leyendas también forman parte de la biografía del personaje y sin ellas se habría contado la mitad. Cuando se miente sobre un personaje es cuando mejor se habla de él, porque se trazan características que de otra forma serían imposibles de plasmar. Por ejemplo, aunque la anécdota de que Miranda coleccionaba vellos púbicos de sus amantes no es cierta, no me parecería extraño que las cientos de amantes que tuvo, algunas verdaderamente enamoradas hasta la locura de él, hubieran donado encantadas uno -o dos- pelos de su más recóndita intimidad. Entonces, ¿cómo prescindir de la leyenda si esta explica con más fuerza lo que una montaña de papeles no sabe decir? El "Himalaya de papeles" (Salcedo Bastardo) que es el Archivo es un tesoro que aún sigue, y seguirá durante años, sin saquear completamente, dejando toda clase de resquicios para la imaginación de los novelistas como Armas Marcelo.

La relación con Bolívar vertebra la novela; la difícil, hermosa, adictiva, telúrica relación entre dos hombres que eran iguales y tan diferentes:
Sabía además que su admiración hacia Miranda no incluía el cariño: no quería al generalísimo. Al fin y al cabo no eran de la misma clase, no tenían paralelos ni en sus antecedentes ni en sus consanguinidades, y sólo había entre ellos la coincidencia del tiempo, la revolución, la libertad de Venezuela y América. Sabía desde siempre que el proyecto de secesión, el gran proyecto de la independencia de América, era de Francisco de Miranda, el hijo del canario de Tenerife Sebastián Miranda, que durante años luchó contra su familia y los suyos para obtener derechos que no le correspondían, pero que el rey Carlos III terminó por concederle para vergüenza de su clase. (p.20)
Nunca lograremos saber cuál era el feeling entre ellos cuando estaban juntos; nunca podremos hacernos una imagen completa del momento en que Bolívar por fin conoce a su admirado compatriota en Londres y de momento en que Miranda lo reprende con dureza por su torpe e imprudente actuación ante las autoridades británicas; y hemos perdido para siempre la mirada de Miranda cuando vio entrar a Bolívar, el conspirador, dispuesto a prenderlo y entregarlo como animal para el sacrificio de las exigencias de los militares españoles.

¿Cómo es la cara del que traiciona, cómo la del traicionado?

De eso no hallaremos respuesta clara nunca, qué bueno, porque estas dudas son las que generan novelas como esta. Y sobre todo esta, que trata de la vida de un hombre que, tengo para mí, era mejor escritor que estadista, mejor intelectual que soldado, mejor observador que gobernante. Sí, Miranda era un hombre de acción; pero lo podía la necesaria inmovilidad del que reflexiona. Miranda era como el motor de turbina de un avión, que permanece estático en su lugar mientras hace que toda una mole de hierro se alce del suelo con él. Si Bolívar hubiera entendido esto -si Miranda también lo hubiera entendido- quizá su relación habría sido menos traumática. Por eso creo que en la novela de Armas Marcelo el Archivo se erige como un personaje más:
Eran leyenda que corría por toda Venezuela los archivos del generalísimo, pues, los papeles del general Escritura, su vida entera, sus amores, sus amoríos, las mujeres todas que habían dejado impregnado con su perfume intemporal la piel de su alma; los viajes de un lado para otro del mundo, sus conversaciones con personalidades del siglo pasado, sus guerras perdidas y ganadas, sus conspiraciones con los ingleses, con los franceses, con los rusos, con los norteamericanos; sus lecturas, sus libros preferidos, detallados uno a uno en sus papeles y con su propia letra como si se creyera el escritor del siglo, caraj, qué petulancia la del generalísimo (...). (p.116)
Ese Archivo es un personaje, porque un documento tan enorme no puede pasar desapercibido, como los propios pensamientos del Precursor que podrían ser, sin duda, reflexiones del autor que se cuelan y atraviesan dos siglos: Fíjate, Pedro -le dijo una tarde melancólica a su sirviente-, en que la verdad es casi siempre la suma de muchas mentiras. (p.227). Y también los que pone en boca de Bolívar, que el lector no tiene por qué dudar de su veracidad histórica pero que también son parte de la arquitectura reflexiva de la novela: La peor enfermedad de todas -se dijo mientras estaba agonizando- es la enfermedad del poder (p. 301).

Debo confesar que tengo una relación bonita con esta novela. Gracias a ella, y a nuestro común interés mirandista, he pasado sabrosas horas con el autor en la logia en la que celebramos la sabiduría del Precursor, y aprendemos -porque Miranda siempre está enseñando- que las cosas no son de una única manera, que en cualquier recoveco de la historia el ácido de la ingratitud puede salpicar nuestras vidas. Y hay que estar preparado para ello. Por eso leemos y escribimos sobre personajes como estos, porque para algo han de servirnos los sabios que en el mundo han sido, ¿no?

La noche que Bolívar traicionó a Miranda es una novela vorágine. Una deliciosa novela que relata con ansiedad los momentos más críticos en la vida de Miranda, y de Bolívar: la ansiedad de quien espera el final, pues la sayona, la muerte, acompaña al narrador -¿que es Miranda, que es Bolívar, que son los dos?- desde la primera página y no descansará hasta no acabar con los héroes que una vez fueron amigos, a pesar de que estaban destinados a anularse mutuamente.

Como ocurre siempre con los titanes.

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