13 dic. 2012

Una trampa para pájaros

Vuelo diurno
Blanca Riestra
Casa de Cartón, Madrid, 2012.
|109 p.|ISBN:9788494047824|12 euros|

Estas fueron las palabras que leí en El Café Comercial para presentar la hermosa e inquietante novela de Blanca Riestra:

Una trampa para pájaros
«Un niño no es bueno ni malo ni inocente, un niño es un molde donde el mundo escribe su mensaje»: en esta frase cercenante, especie de leit motiv que evoluciona a medida que leemos, anida una de las claves de esta novela que, lo digo de una vez, no trata de hablar del mundo, de este mundo en que vivimos, sino que quiere sumarse a él creando espacios nuevos; iluminando, quizá, sitios como Fronda, el «lugar» eje de la historia, un no-lugar, también; no-lugar, porque existe sólo en ese espacio de que habla Foucault para aquello que conocemos pero no podemos asir del todo. La inocencia de los niños de esta novela no parece del todo cierta, pero podemos detectarla en Nando, un curioso niño que, además de hablar, expresa sus pensamientos con dibujos, a veces infantiles, pero sin duda inquietantes, porque no siempre puede hallarse al sol atrapado en una bolsa. Quizá el molde que es cada niño para el mundo lo traduce a un idioma nuevo, que puede coincidir con el que nuestros sentidos perciben; aunque cuando eso no ocurre, sobreviene la desgracia, el miedo, el mal, y sí, entonces sí el sol puede encerrarse dentro de una bolsa.
Vuela por encima de nuestras cabezas un breve poema, el que divide el libro y se convierte en revelador epílogo al final; es una estrategia que seduce desde el principio y no interrumpe el flujo de la lectura; pero poco a poco esas letras en que están divididas las partes de la novela empiezan como a vibrar en nuestros ojos anunciándonos la vorágine de la última palabra: adiós, que es como si el libro nos soltara y dejara que fuésemos nosotros los que decidamos qué hacer con «eso» que ya sabemos y que no podrá nunca abandonarse. Como lectores, no hemos hecho caso al consejo socrático («el conocimiento no es como la fruta, que se puede llevar en una cesta; el conocimiento se lleva puesto porque nosotros somos la cesta del conocimiento»), y salimos de la última página viendo cómo una mano dibujada por un niño se despide de nosotros y nos deja, quizá desolados. Eso que vibra por encima de nuestras cabezas, que vibra junto al poema que cruza la novela, es la tensión que apelmaza los movimientos de los personajes e impone el laconismo de las conversaciones; y, más que laconismo, secreto.
Algo va a pasar en la fiesta del Corpus, que es el día que todos están esperando en Fronda: curas, putas, peluqueros, familias, maestros y alumnos; todos esperan junto a un forastero que ese día del Corpus algo se resuelva, que llegue una respuesta, una solución o, por lo menos, un mínimo juicio final. Quizá porque se trata de una de las fiestas religiosas más «místicas» —el reconocimiento de la presencia efectiva del cuerpo y la sangre de Cristo en la Eucaristía—, el Corpus genera ese halo críptico dentro del cual lo sagrado no se puede vislumbrar porque enceguece. O porque lo sagrado es bruno, oscuro, insondable... y mortal.
El forastero que llega a Fronda, como todo el que viene de lejos, es el más hermoso, como ha dejado dicho José Balza en Percusión, y seduce por donde pasa; pero también extraña y asusta; enfada y genera compasión. Es un ser foráneo entre foráneos; un viajante que no vende nada, un violinista sin violín que envuelve con su melodía muda. Esta descripción debería ser suficiente para que esta idea quede fija en la cabeza: no es una historia de terror, ni lo fantástico se presenta en toda su codicia, pero sí se llevarán a la casa de la memoria la certeza de que algo supremo ha ocurrido ante sus ojos y ustedes han sido incapaces de captarlo. La prosa, delicada, dulce, vengativa, de Blanca Riestra en esta novela les dejará huellas indelebles que ustedes no serán capaces de verlas sino hasta mucho tiempo después de terminado el libro. Qué buena suerte; o qué mal hado, según se vea.
Tal vez porque esta novela es una gran metáfora de lo que en realidad somos por dentro: unos seres llenos de rincones oscuros hacia los que preferimos no mirar, y por eso los ocultamos con las metáforas más excelsas, sin entender, o sin saber, que una metáfora, siempre, es una trampa para esos pájaros que llamamos palabras.
Café Comercial, en Madrid, 13 de diciembre de 2012.

3 nov. 2012

El síndrome Bayard


Bueno, más que un síndrome, es una mala costumbre. Hablar -mal- de los libros que no se han leído, porque no te gusta el título, o la portada, o -la excusa más socorrida de todas- porque no te cae bien el autor. A lo más que puede uno llegar cuando no te cae bien un autor es a no leerlo; pero decir que sus libros "son malos" (apreciación tan válida como subjetiva) sin leerlos es uno de los pináculos de la memez humana.

Lo insólito es que hay un montón de gente así, y uno mismo puede perfectamente incurrir en esta fea costumbre si se descuida y deja que la cuota de soberbia exceda los límites normales. Para disimular esa maña, Bayard ha escrito ese divertidísimo libro, instructivo y pícaro al mismo tiempo, Cómo hablar de los libros que no se han leído, que es algo así -también es algo así- como un manual de instrucciones para quedar bien cuando no tienes ni idea de algún título pero igual quieres impresionar a tu interlocutor. Pero, ojo, que nadie se tome demasiado en serio sus consejos; o sí: no lean el libro, para qué, con el título es suficiente. Digan que lo han leído y que lo han pasado en grande, o escandalícense y condenen a la hoguera de la igominia a semejante autor que se atreve a jugar con las cosas de comer.

En el fondo, la solución menos angustiante, y la más sabrosa, es sentarse con paciencia y comenzar a leer aquellos libros que nos llamen la atención; y no hay problema, si el trabajo no lo exige, en dejar de lado aquellos que no nos interesen por cualquier razón que, en el caso de un lector libre de compromisos, cualquiera vale.

Pero, por favor, no sean tan estúpidos como para pavonearse delante de los que sí han leído un libro, emitiendo juicios de valor que, de valor, más bien poco. No hay nadie más ridículo, triste (y, por qué no decirlo de manera más dura, despreciable) que aquél que denigra algo con la simple fuerza de su ignorancia.

Para esos, seguro que san Agustín ya ha reservado un lugar especial en el infierno. A menos que el infierno sea una democracia, y en él no haya lugares especiales.

1 nov. 2012

Etnocentrismo


Como reacción a las declaraciones que Chantal Mouffe, politóloga belga, hace para Página/12, y que toca de una manera bastante frontal la situación en Venezuela, publiqué hace un par de días este comentario en mi TL de Facebook:
Amigos europeos, y demás, de Facebook: les ruego encarecidamente que antes de hablar a la ligera de Venezuela se documenten un poco más; entiendan que lo que estamos pasando es un drama que afecta a gente con nombres y apellidos, a gente con pasado, con familia, con querencias. No se trata de una "historia interesante que contar", de que "pasa algo bueno en el mundo", sino de dramas de verdad: despidos, hambre, asesinatos, robos, sufrimiento. No caigan en la trampa eurocéntrica de pensar que la vida ocurre solo en su calle, en su ordenada vida con seguridad social amenazada. Ya vemos lo que cincuenta años de "utopía" han hecho con Cuba; y yo no quiero que eso ocurra en mi país. No somos animales para laboratorios políticos de tres alelados con acento. Gracias.
La verdad no esperaba más que desahogarme ante declaraciones tan temerarias como las que esta señora hace en la entrevista, y que revelan claramante que, al menos de Venezuela, sabe más bien poco, aunque no sé si conoce el país, si ha vivido allí, o qué:
El caso de Venezuela es particularmente interesante en ese sentido, porque parece que se está dando un movimiento del antagonismo al agonismo. Durante toda una primera etapa, la oposición no admitía a Hugo Chávez y lo trataba como enemigo, intentaron darle un golpe de Estado: ése es un trato antagonista.
Mi escrito de hace dos días era una petición de sindéresis a la hora de emitir opiniones por parte de los que se supone son "los especialistas". Pero lo que generó fue, cómo iba a esperar lo contrario, un debate sin cuartel y muy encendido.

Alguien encendió la mecha, quizá sin querer, porque no se tomó en serio mi petición, y respondió con la sorna y el (dudoso) humor que generan los comentarios en Facebook, que ya sabemos que es una fuente segura de equívocos, meteduras de pata e indiscreciones. Y a partir de su lectura, estimo, errónea de mi comentario, fueron apareciendo reclamos, sarcasmos, burlas e insultos hacia el comentario de ese desafortunado opinador que, a la ligera, confundía muchas cosas, la principal de todas, la finalidad verdadera del asunto.

Que no es otro sino el intento de hacer entender que no se debe seguir pensando que los países de América que hablan español se pueden comprender como un bloque indivisible, como si los problemas y la historia de países como México o Argentina fueran exactamente de la misma naturaleza que los de Venezuela o Puerto Rico.

Pienso firmemente que el daño que han hecho términos tan odiosos, inexactos y/o foráneos como América Latina, Latinoamérica, Iberoamérica, etc., no es solo el de hacer creer a algún despistado que todos los que hablamos español en ese continente somos "sudamericanos"; o que, porque soy venezolano, he de usar el mexicanismo "güera" porque "también es de mi tierra"; ese reduccionismo decimonónico ha producido un daño mayor, el de hacer invisible a cada uno en beneficio de la generalidad.

Por ejemplo, si alguien poco informado habla de literatura latinoamericana y nombra a García Márquez, a Fuentes, a Vargas Llosa y, para ser exótico, a Luis Rafael Sánchez, ya siente que ha "cubierto" todo el territorio. Y así puede ocurrir con todos los aspectos de LA cultura latinoamericana, cuando en realidad habría que hablar de LAS culturas de América; relacionadas, hermanas, combinantes, cercanas, semejantes, sí; pero individuales cada una como lo son las culturas de cada país de Europa, o de África. A veces es más fácil reducir a un solo bloque lo que nos parece igual, pero sólo es semejante.

Allí está el germen, sospecho, del etnocentrismo, ese parásito que se come los cerebros como pipas en un cine.

28 oct. 2012

El día en que Adriano peleó con Borges


Ayer vi (y difundí) un video en el que sostienen una pequeña tertulia Jorge Luis Borges, Adriano González León, Juan José Arreola, Salvador Elizondo, Germán Bleiberg y Alvaro Gálvez Cifuentes; en realidad, es un programa que reproduce fragmentos de esa tertulia, de 1973. Es un video que deben ver todos aquellos que quieran pasar una sabrosa hora de deslumbramiento, y aquí se los dejo, por si acaso:


No pasen por alto, por favor, la incisiva, inteligente, tenaz diferencia de criterios entre el escritor argentino y el escritor venezolano; era una época de firmes convicciones, sí, pero sobre todo de amor incondicional a la literatura; para Borges, fin en sí misma; para Adriano, también -y hay que subrayar el también- herramienta para ir en pos de una identidad perdida, sobre todo en América -es la América de la muerte de Neruda, la América del golpe de Pinochet, el inicio del "gracioso" experimento económico de Milton Friedman en Chile, la doctrina del shock... Así que ninguno de los dos escritores se ahorra opiniones y no duda en tratar de imponerlas a su interlocutor; Borges, anciano, algo autoritario y decididamente anticomunista, interpela al joven venezolano casi con displicencia y, cómo no, fina eutrapelia; Adriano, pasional, comunista, interrumpiendo, exigiendo exponer sus ideas, nervioso porque el veterano argentino no se deja acorralar con sus seductoras palabras y quiere, a su vez, manipularlo. Adriano le arroja a Borges su admiración por Neruda y este recoge la pelota nerudiana y se la devuelve encendida. Una delicia. Sin duda, es una conversación-combate que merecería ser narrada por el más experimentado comentarista de boxeo en el Madison Square Garden.
Pero la contienda es más simple de explicar:
Dos grandes se reconocen, que diría Kant. Ni más ni menos.

27 oct. 2012

Poco a poco, la Gestapo...

...va tomando forma en Venezuela. Y nadie denuncia, nadie lo atiende, a nadie en el mundo parece importarle (siempre y cuando siga fluyendo el petróleo -que sigue fluyendo hacia el capitalismo, aunque Hugo Chávez cacaree con fuerza sus invectivas).
Esta vez le ha tocado a Oscar Collazos, invitado a la Filuc, en la Valencia venezolana, quien cuenta cómo la interpol (¡) lo detuvo sin dar razón y ceñuda, y lo soltó de la misma forma, sin dar razón y ceñuda, en una clara demostración de fuerza e intimidación. Lean, lean: ¿Qué buscaba la Interpol?
Duele ver que Venezuela no sólo es un país inseguro gracias al malandraje suelto y desesperado por pillar algo, sino que también se está convirtiendo en un país intimidatorio para el que no vaya con una sonrisa de oreja a oreja hacia esa mediocridad llamada revolución bolivariana.
Claro que a afortunados como William Ospina, Mempo Giardinelli o Julio Ortega, invitados por la intelligentia chavista (jaja) al encuentro de narradores que se celebra, entre otros lugares, en el Celarg, la nueva Gestapo venezolana no los tocará ni con el pétalo de una (isaac)rosa...

Mañas de la élite


Algo revuela mi cabeza y se adueña de mis pensamientos. Es algo que no termino de entender y que no termina de gustarme.

Tiene que ver con una confusa mezcla de la corrección del lenguaje, el criterio de autoridad y las clases, es decir, los compartimentos estancos en que la sociedad coloca a cada uno de nosotros. Esta mezcla (chanfaina, la llamaría mi abuelo) me asalta cada vez que me topo con un guardián de la lengua y las buenas costumbres literarias, cada vez que alguien me dice, viéndola escrita, "esa palabra no existe", ¿pero cómo no va a existir si la estoy viendo, o es que mis ojos ya son tan cartesianos que me engañan sin pudor alguno?; me asalta cuando miro la cara de alguno de mis alumnos, escéptica, negada a aceptar que la literatura sólo es un juego, y que no es ningún club de iniciados, de adeptos de arcanos antiguos y difíciles de leer; es una confusión que se apodera de mí cuando me doy cuenta de que muchos de los responsables de hacer que la literatura -y el arte en general- sean territorio de libertad absoluta, se erigen en guardianes de su propio beneficio, etiquetando todo lo etiquetable para que no se note que sus etiquetas son espurias, y su sabiduría manca, yerma, marchita.

Me doy cuenta de que las ocasiones en que con más ferocidad me rebelo han sido aquellas en las que alguien trata de coartar, de limitar, de jerarquizar un placer que es libre y de todos; esas ocasiones en que los imbéciles que han leído (o eso es lo que ellos creen) denigran al ignorante, confundiendo lo que ellos son (unos estúpidos) con ese estado sublime de pureza que es la ignorancia y que sin duda tiene cura. En cambio, la estupidez es incurable, porque es metástasis de ella misma.

Élite: otra palabra para decir acomplejado.

[Cuando sea grande quiero ser hoplita].

20 oct. 2012

La revolución sentimental, de Beatriz Lecumberri


El libro aún humea. Ha pasado más de un mes desde que lo leí, pero el libro sigue humeando en la repisa donde está. Esta periodista española, que vivió durante cuatro años en Venezuela como corresponsal de France Press, ha soltado toda su experiencia en este libro, La revolución sentimental (Punto Cero, Caracas, 2012), título curioso que me recordó de inmediato la obra homónima de Ramón Pérez de Ayala y me hizo pensar en que, parafraseando a Mario Ruoppolo, el protagonista de El cartero, «los títulos no son de quien los pone sino de quien los necesita». Y Beatriz Lecumberri, la autora, ha colocado bajo este buen título un trabajo objetivo y honesto que hay que agradecer vivamente.


Se trata del testimonio de alguien que, con una mirada foránea, retrata un país que ha pasado catorce años de convulsión política a causa de una revolución que se empeña en ser original y autóctona y no deja de dar muestras de impostura y lejanía. Cada caso de que habla, a favor o en contra del gobierno de Chávez, también trae consigo una perspectiva nueva sobre el largo problema: ¿qué está pasando de verdad en Venezuela y cómo se le puede contar a los que no viven allí? Ella opta por la estrategia periodística de dejar hablar a los protagonistas y de ir dando pinceladas donde expone su opinión sobre lo que ve, tratando de no tomar partido y, al mismo tiempo, dejando clara su opinión -cosa harto difícil, si lo pensamos bien.


He dicho mal: este libro no sólo está dirigido a aquellos que no viven en Venezuela y les interesa saber de verdad qué ocurre bajo el régimen de la tal revolución bolivariana, sino también a los que día a día la disfrutan o la padecen, porque una mirada distinta siempre es un soplo de aire fresco para nuestras ideas. No van a estar todo el tiempo de acuerdo con lo que diga, y les va a parecer, a ratos, que las apreciaciones de la periodista yerran por falta de información en algún detalle que se le escapa y que, por otra parte, es inevitable que carezca de él; pero siempre sabrán que les está hablando una persona que no se deja manipular ni por tirios ni troyanos, y que tiene firmes convicciones, algunas de las cuales coincidirán con el lector y algunas otras no; pero no hay nada más sabroso que leer a alguien que tiene algo que decir.


Yo leí el libro de un tirón, regresando de Venezuela; en el aeropuerto de Maiquetía, en el avión y, al final, al filo de la alta noche en mi cama de Madrid, y ni una sola vez me aburrí porque Lecumberri tiene un enorme talento para enganchar al lector mientras cuenta, don supremo de todos los que aspiran al trono de Sherezade. Este libro también me recordó aquel de otra excelente periodista, Miyó Vestrini, que en Isaac Chocrón frente al espejo nos dejó un testimonio impagable de ese fundamental dramaturgo venezolano, pero también el retrato de una época que añoraremos y que quizá no vuelva más.


Insisto: léanlo. Insisto: No estarán siempre de acuerdo con ella. Insisto: a veces se nota que carece de ciertos datos para tener "la foto completa" sobre uno u otro asunto -y estimo que esto puede deberse, casi todas las veces, a la tergiversación y ocultamiento de la Historia que Hugo Chávez y sus secuaces usan con tanta habilidad, y que es la señal primera de los regímenes autoritarios, es decir, la reescritura de la Historia para beneficio de su presente.


Una lectura fundamental hoy en día, sin duda, y que coloca a Beatriz Lecumberri en las primeras filas de la reflexión periodística en español. Que no es poco.

16 oct. 2012

Un animal metafísico


(Este es el texto que leí hoy sobre El misterio de Macongo, de Samuel Serrano, en la Casa de América, para los que tengan curiosidad por el libro y no hayan podido ir)
El último relato de este libro quizá sea el más biográfico, aunque en todos se percibe —sin que haya una razón explícita para ello— la presencia de experiencias vitales. El único argumento que un lector desprevenido encontraría para calificar «Boca de lobo» como un relato autobiográfico es el hecho de que el protagonista es invidente, como el autor, lo cual sería una obviedad más bien elemental con la que podríamos gozosamente recurrir a sus ancestros famosos, de Homero a Borges pasando por John Milton y Paul Groussac, que por cierto el autor de Ficciones menciona en su famoso ensayo «La ceguera», uno de los textos de ese libro indispensable que es Siete noches.
Pero si se detiene con atención en el texto, el lector encontrará un detalle que abre el texto hacia novedosas interpretaciones y que contamina todo el libro. Dice el narrador, mientras reflexiona acerca de las numerosas frases que en español existen referidas a la vista y referidas, con alguna displicencia, a la ceguera:
La vista, me decía entonces tratando de desentrañar estos prejuicios, es de todos nuestros sentidos el más activo, el que más conocimientos proporciona y el que mejor nos permite explorar el mundo, es natural por tanto que lo usemos como metonimia de todo el sistema perceptivo e incluso como analogía del alma (p. 180)
Desde luego, a todo lector atento esta frase le despertará una sospecha, porque se le hará familiar, y con pensarlo un poco descubrirá que el autor también es ese personaje que tiende sutiles trampas a los lectores:
Todos los hombres desean por naturaleza conocer. Así lo indica el amor a los sentidos; pues, al margen de su utilidad, son amados a causa de sí mismos, y el que más de todos, el de la vista. En efecto, no sólo para obrar, sino también cuando no pensamos hacer nada, preferimos la vista, por decirlo así, a todos los otros. Y la causa en que, de los sentidos, éste es el que nos hace conocer más, y nos muestra muchas diferencias. (Aristóteles, Metafísica, 980a)

Como se ve, ya Aristóteles, en su Metafísica, había encumbrado a la vista como el rey de los sentidos, algo que Serrano se empeña, con éxito en desmontar, pues el personaje del relato, al carecer de este sentido, tiene la posibilidad de abrir los cuatro restantes a la experiencia d ela percepción, como si la vista fuera —y quizá sea así— ese ruidoso sentido que acalla la finura de los demás. Así lo demuestra Condillac con gracia, según lo refiere Borges en un breve relato de El libro de los seres imaginarios, titulado «Dos animales metafísicos»:
El problema del origen de las ideas agrega dos curiosas criaturas a la zoología fantástica. Una fue imaginada al promediar el siglo XVIII; la otra, un siglo después. La primera es la «estatua sensible» de Condillac. Descartes profesó la doctrina de las ideas innatas; Étienne Bonnot de Condillac, para refutarlo, imaginó una estatua de mármol, organizada y conformada como el cuerpo de un hombre, y habitación de un alma que nunca hubiera percibido o pensado. Condillac empieza por conferir un solo sentido a la estatua: el olfativo, quizá el menos complejo de todos. Un olor a jazmín es el principio de la biografía de la estatua; por un instante, no habrá sino ese olor en el universo, mejor dicho, ese olor será el universo, que, un instante después, será olor a rosa, y después a clavel. Que en la conciencia de la estatua haya un olor único, y ya tendremos la atención; que perdure un olor cuando haya cesado el estímulo, y tendremos la memoria; que una impresión actual y una del pasado ocupen la atención de la estatua, y tendremos la comparación; que la estatua perciba analogías y diferencias, y tendremos el juicio; que la comparación y el juicio ocurran de nuevo, y tendremos la reflexión; que un recuerdo agradable sea más vívido que una impresión desagradable, y tendremos la imaginación. Engendradas las facultades del entendimiento, las facultades de la voluntad surgirán después: amor y odio (atracción y aversión), esperanza y miedo. La conciencia de haber atravesado muchos estados dará a la estatua la noción abstracta de número; la de ser olor a clavel y haber sido olor a jazmín, la noción del yo. El autor conferirá después a su hombre hipotético la audición, la gustación, la visión y por fin el tacto. Este último sentido le revelará que existe el espacio y que en el espacio, él está en un cuerpo; los sonidos, los olores y los colores le habían parecido, antes de esa etapa, simples variaciones o modificaciones de su conciencia.

Un animal metafísico; en eso se convierte el narrador al final de El misterio de Macongo, pues la peripecia cognoscitiva del narrador del último relato contagia, de manera retroactiva, el resto de los relatos del libro en una pirueta de técnica literaria que destaca la capacidad del autor para construir pequeños universos entrelazados. Cada relato es una nueva experiencia de conocimiento y va formando la esfera que es el mundo —el de la literatura, también.
Me atrevo a decir que el libro es plenamente tropical, a pesar de que un par de sus ocho relatos transcurren en Madrid; me atrevo a decir que el libro nada en las aguas del tan omnipresente realismo mágico, sin sucumbir a él, pero también participa de un feroz realismo documental y crítico, sobre todo en relatos como «Una visita a Cajón del muerto», vívido retrato de la situación con la violencia guerrillera y narcotraficante de Colombia que no tiene piedad con el lector a la hora de describirle la durísima situación, nada exótica, sino más bien cruel; y «Moñoño», sin duda uno de mis preferidos, y con el personaje mejor construido a mi modo de ver, un pájaro de una sola ala que se esfuerza por volver a ser lo que ya ni puede ser. Aprecié también, con mucho placer, «Borletti», el primero y más breve del conjunto (hay que decir que al menos dos de los textos podrían considerarse cercanos al territorio de la nouvelle); y lo aprecié por dos razones: La primera, porque resulta una excelente locomotora para el libro, pues introduce al lector en él con la muy efectiva prosa de Serrano, y con humor, elemento importantísimo; y de inmediato quieres seguir leyendo, sabes que estás preparado para recorrer el resto del libro; y segundo, porque es la antesala perfecta al cuento que le da título al libro, el que va a causar mayor curiosidad y morbo a los sedientos de mimesis e intertextualidades: «El misterio de Macongo». Serrano hace en este relato una hábil mezcla de materia real con la ficción, y tiene el tino de seguir la opinión, quién sabe si inconscientemente, de Brahms cuando lo acusaron de copiar a Beethoven en una de sus sinfonías: El que no se dé cuenta de que lo he hecho a propósito como un homenaje a mi maestro, dijo el gran compositor alemán en su momento, es que es un tonto.
«El misterio de Macongo» es un homenaje a la literatura del novelista mayor de Colombia, Gabriel García Márquez, pero también es la puesta en escena de su némesis, el escritor que se siente estafado, ultrajado, robado cuando ve que las historias que él no ha podido, o no ha sabido, o no ha tenido la suerte de contar fueron tan brillantemente desarrolladas por el Nobel colombiano. No lo veo como un largo quejido del autor desconocido, sino como una reivindicación del anonimato, pues por cada García Márquez del mundo hay cientos de escritores anónimos que ya habían escrito Cien años de soledad, o el Ulises, o Muerte en Venecia. Es la mala suerte del que llega en segundo lugar, la mala suerte del que solo es repetición. Y eso ocurre en América, y ocurre en Europa y ocurre y ha ocurrido en cualquier lugar del mundo: Cuando llegué a España tuve el penoso y sorprendente privilegio de escuchar decir en televisión a un escritor español algo famoso que a él de joven, muchos años antes y no frente a un pelotón de fusilamiento, ya se le había ocurrido y había escrito una historia idéntica a la famosa novela de los Buendía, sólo que García Márquez ya se le había adelantado y, tuve la sensación de que estuvo a punto de decir que el de Aracataca le había plagiado la idea. Como le ocurre al personaje, en el fondo entrañable, de «El misterio de Macongo», a quien el escritor famoso —trasunto sin duda del Nobel neogranadino— le robó la idea y lo condenó al ostracismo y el anonimato. Lugar que estoy seguro la prosa de Samuel Serrano no frecuentará si es que sigue produciendo relatos de esta naturaleza. Muchas gracias.
Casa de América, Madrid octubre de 2012.

Los premios


No. No voy a hablar de la escritura de Julio Cortázar, que sería lo suyo.

Hoy han confluido en mi ordenador cuatro premios que revelan cuatro maneras distintas de valorar la literatura. La mirada comercial pura y dura (el Planeta a Lorenzo Silva -ninguna objeción, es un escritor solvente y querido por los lectores- y el finalista a Mara Torres (¿eh?), presentadora de noticias de la 2 y su primera novela); la mirada panóptica (el Carlos Fuentes a Mario Vargas Llosa, merecido sin duda por muy boom-enas razones); la mirada polémica (el premio FIL a Bryce Ecehenique que, otorgado hace varias semanas, sigue dando guerra porque algunos intelectuales, sobre todo mexicanos, se sienten estafados pues le afean el premio al peruano por las acusaciones de plagio periodístico que pesan sobre él, a pesar de que el jurado argumenta que el premio es a su obra narrativa, sin duda fundamental en la literatura en español de hoy en día y por ahí sigue la pelea...); y la mirada crítica (el premio de la Crítica de Venezuela a José Napoleón Oropeza, por su novela Las puertas ocultas).

Como se ve, cada premio de los que hablo tiene una finalidad distinta y va dirigido a un público diferente. Quizá el que menos le suene al lector ajeno sea el de la Crítica de Venezuela, porque es muy nuevo y se circunscribe al ámbito nacional; pero a mi modo de ver es el más importante de los cuatro, no sólo porque da visibilidad a una literatura que sigue, por multitud de razones que no es el caso aquí detallar, en el cenicientismo, tal como le ocurría hace una década a la vinotinto, y que tanto le ha costado quitarse de encima; sino también porque es otorgado por los responsables de ejercer la crítica y el estudio de la literatura en Venezuela. La confluencia de esas dos circunstancias en un país en el que hay que animar constantemente y sin desmayo a la lectura, y a la lectura de la literatura hecha en Venezuela, la pienso feliz: Qué bueno que los críticos de mi país ocupen el puesto que les corresponde, el que le corresponde a los críticos en todos los países: El de orientadores de los lectores, el de evaluadores, y -dejémonos de complejos- el de prescriptores. Sí. Porque un lector necesita del librero que le aconseje, del amigo que lo entusiasme y del editor que lo tiente, pero también necesita del crítico que le explique por qué, y cómo, y para qué, ha de leer ese libro determinado. Es una de las funciones más bonitas del que se dedica a pensar la literatura (no a crearla): Formar el criterio del lector que tiene frente a sí.

Y por eso me alegro de que exista el premio de la Crítica de Venezuela, y que lo haya ganado José Napoleón Oropeza, que merece ser leído por su país, sí, y también por los lectores en español. Y cuya novela ha sido publicada en el sello bid&co, cuyo acertadísimo catálogo pueden consultar pinchando aquí.

15 oct. 2012

40 kilómetros de caída libre

Parece un chiste, pero es otra de las hazañas de la Humanidad, esa especie ociosa, perdón curiosa. Un tipo se ha lanzado en caída libre desde 40 kilómetros de altura y ha alcanzado la velocidad del sonido. Si yo fuera grulla, o gaviota, me preguntaría para qué carrizo un espécimen que no tiene plumas ni anda cazando sardinas se tira desde semejante altura; si yo fuera guepardo, me preguntaría cuántas gacelas de Thomson se pueden cazar desde esa distancia. Pero soy humano y, junto a todos los de mi especie, me maravillo de ver que alguien como yo puede hacer una cosa así. Así de tontos somos.

O no. O en realidad siempre estamos buscando razones para ocultar nuestra debilidad física con respeto a casi todos los animales; si los grillos saltan más y mejor que nosotros y las hormigas levantan más peso, muchísimo más peso que nosotros y hasta una miserable cucaracha tiene más sentidos que nosotros; ¿cómo no vamos a estar tratando de demostrar todo el tiempo que somos mejores, más depredadores que los demás? Qué importa que venga un meteorito y nos pulverice (de hecho ya hemos hecho películas en la que esa eventualidad es superada con creces); no importa que en un mundo desconocido haya otro ser vivo con un órgano mejor que el único que parece funcionarnos por encima de los demás animales: el cerebro (hay más películas donde los extraterrestres son muy inteligentes, pero nunca más listos que nosotros); no importa que nuestra inteligencia se esté comiendo el planeta junto con nuestra capacidad para devorar lo que hay; el asunto es demostrar(nos) que como animales somos mejores que nuestros compañeros de planeta. Ni ballenas, ni delfines, ni leones ni chimpancés, ni abejas, ni osos panda: somos nosotros los reyes de la creación, bufamos ufanos.

Un tipo de mi especie se tira desde 40 kilómetros de altura mientras 1000 millones se mueren de hambre, mientras en varios países se matan a tiros, mientras la inseguridad asuela el país donde nací. Pero no pasa nada; ayer hemos alcanzado otra cota que ningún ser vivo había alcanzado, hemos caído a la velocidad del sonido (algo que una piedra puede hacer sin tanta preparación, como ya demostró Galileo). Lo jodido sería hacerlo sin paracaídas -y sobrevivir.

Por cierto, ¿y qué habrá pasado con la cápsula que se quedó arriba? ¿Flotará indefinidamente y cualquier día también nos cae sobre la cabeza? A ver si los celtas iban a tener razón y a lo único a lo que hay que temer es a que nos caiga el cielo encima...

12 oct. 2012

¡Barco! ¡Barco!

Hace poco más de veinte años, con ocasión de los 500 años de la llegada / invasión / descubrimiento / encuentro de Colón con las tierras que luego serían llamadas, por una de esas injusticias de la Historia, América, en vez de Colombia, José Ignacio Cabrujas escribió un artículo que se llevaba por título "¡Barco!", como contrarréplica al grito que se supone que dio Rodrigo de Triana (¡Tierra!) cuando, por fin, vio luz en la oscura travesía. Recuerdo que el artículo traía como ilustración a un indio subido a un cocotero, divisando las carabelas a lo lejos. El artículo en cuestión es, en la línea cabrujiana, bastante irónico y socarrón, pero decididamente harto de celebraciones (léase pinchando aquí):
Se dirá que cumplir quinientos años sigue siendo algo en la vida y contra ese argumento no tengo nada que alegar. Pero si uno rebusca en los libros, encontrará después de cierta paciencia que hay otras cosas que cumplen quinientos años en 1992, entre ellas el cepillo de dientes, tan importante, si a ver vamos, como el Descubrimiento de América. No se trata de ignorar la fecha ni de que se le impida a alguien disfrazarse de Colón y poner el pie en Macuto para que la gente vea y comente, pero aplazamos [sic] durante todo un año, suspendemos [sic] culturalmente en una temática de adelantados y frailes, dilucidar como vigoroso ejercicio intelectual si volvemos a adoptar el nombre de Hispanoamérica, en sustitución del más cosmopolita, Latinoamérica, homenajear a Bartolomé de las Casas por buena gente y pulir las bolas de hierro del Castillo de Puerto Cabello, es algo que no podemos permitimos, so pena de que vamos a llegar a ese octubre con una depresión que no te cuento.
También fue el año en que se cumplieron 500 años de la Gramática de Nebrija, la primera para el español, entonces conocido como castellano.

Ese año, en el que nos graduamos en la Universidad, y en el que el ahora (y por seis extenuantes años más) presidente Chávez dio su frustrado golpe de Estado en Venezuela (hubo un intento de golpe más, en noviembre), el bajo continuo fueron las conmemoraciones del viaje que hizo inmortal a Crisóbal Colón. Supongo que aquí en España, con los juegos olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla también se padeció lo suyo con el tal acontecimiento. A nosotros, en la Universidad, nos tocó de frente con unas jornadas en torno al tema del descubrimiento y la literatura, organizadas por Liduvina Carrera, a la sazón nuestra profesora de Latín y de Técnicas de documentación e investigación. Creo que allí fue donde di mi primera conferencia, que versó sobre la novela Maluco, de Napoleón Baccino Ponce de León, que había quedado finalista del premio Rómulo Gallegos, y de la que aún guardo un grato recuerdo, por divertida y original: un bufón cuenta un viaje en barco desde su posición inferior, distinta a la gallarda postura de los descubridores y los conquistadores. El mundo al revés.

Ya en ese entonces, y desde mucho antes, se discutía con la misma penosa insistencia de hoy (qué poco hemos cambiado) si lo de Colón se trató de un descubrimiento, una invasión, etc.; y siempre llegábamos a la misma conclusión: Desde que el mundo es mundo, el ser humano ha explorado, arrebatado, intercambiado las tierras, y en el caso de América no iba a suceder nada diferente. Claro que fue una invasión, y un descubrimiento (en ambos sentidos), y un encuentro de culturas, y un expolio: ¿Para qué viajar tan lejos si no es para buscar las riquezas que no te pertenecen?

Lo que comenzó el 12 de octubre de 1492 no se puede despachar con cuatro discursitos de autoayuda nacionalista a lo Galeano, ni con ditirimabos a la raza hispánica, tan cuatribolaeda siempre; fue un proceso complejo de luces y sombras por igual y que ha dado como resultado este enorme arroz con mango que llaman de tantas maneras y que a mí simplemente me gustaría llamar América.

Como siempre, es más fácil con música: Oigan el disco Buscando América, súmenle "Tiburón", "Pedro Navaja" y "Decisiones", todo de Rubén Blades, bien mezclado (no agitado), y tendrán un retrato, siquiera pálido, de todo este embochinchado continente.

520 años, y todavía no sabemos atarnos los cordones de la democracia con la fuerza suficiente para que banqueros corruptos y mesías gritones dejen de incordiar. Este es un día de luto y un día de júbilo; un día de cantos y elegías; porque todo lo que trate de la identidad es siempre una mezcla confusa de fiesta y velorio, porque es un mirarnos dentro, un escudriñarnos para encontrar que somos iguales en todos lados y además no tan interesantes como pensábamos.

Como diría Vicente Gerbasi, ese poeta venezolano descendiente de inmigrantes, como casi todos los que nacimos allí: Venimos de la noche y hacia la noche vamos.

11 oct. 2012

El Nobel de Literatura como brújula

Acaba de anunciarse el nuevo nombre a la ya larga lista de premios Nobel de literatura. Se trata de Mo Yan, escritor chino, del que se vienen publicando sus libros en español desde hace varios años aquí en España.
Me sonaba, sobre todo, por Sorgo rojo, de la que hicieron película, y por Grandes pechos y amplias caderas, con la que la editorial Kailas comenzó a publicarlo. No sé la verdad si antes ya había sido publicado en español, a mí me sonaba de los libros de esta editorial. No lo he leído, porque tampoco uno puede estar leyéndolo todo, pero lo conocía. Ahora, con el empujón del Nobel, quizá algunos de nosotros nos acerquemos a él. Con algo de miedo, confieso, como me pasó con Le Clézio y con algún otro Nobel para los que al final yo no soy lector.
Lo que me llamó la atención hoy fue leer los comentarios de varios escritores e "intelectuales" (qué poco me gusta esta palabrita). En cuanto se enteraron del nombre, se apresuraron a decir que no tenían "ni puta idea" de quién era, y casi se podía oler un tufillo displicente y de superioridad, como si la Academia sueca hubiera sacado de un albañal al ganador y lo hubiera, en un solo día, encumbrado sin otro mérito que el de ser más raro que un perro verde. Casi oigo a un intelectual chino, o mongol, homólogo de ciertos intelectuales de aquí, decir con el mismo desdén, "no tengo ni puta idea de quién es ese tal Vargas Llosa" cuando se lo dieron al escritor peruano. Y ambos, el intelectual chino y el de algún país de América latina, se habrán quedado tan panchos, y satisfechos de haberse conocido en la mínima charca que habitan.
No conciben que pueda haber mundo más allá de sus narices y sus libritos y su circulito literario. Y, claro, si no lo conocen ellos no existe, como declaró una vez cierta directora editorial de un gran grupo español, casi analfabeta pero, eso sí, taurina de botijo en mano como la que más.
El rechazo al otro, al ajeno, al extraño, es un rasgo común de todos los seres humanos, y un rasgo que nos salva y nos mata al mismo tiempo. Pero quizá ya sea tiempo de que sea la curiosidad la que guíe nuestros pasos, ahora que ya no tenemos que cuidarnos del ataque de algún tigre dientes de sable agazapado en la floresta. Los tigres de ahora usan corbata o zapatos de marca; y son más perversos. Pero aun así el etnocentrismo y la xenofobia -la campurusería paleta, en definitiva- cada vez tienen menos justificación.
Y enhorabuena a la cultura china por su nuevo premio Nobel.

10 oct. 2012

Los papeles de Aspern

Considero que uno de los mayores placeres que puede experimentar un ser humano consiste en toparse con un libro que lo atrape. La obra de Henry James continúa siendo una materia pendiente en mi estantería de leídos -salvo Otra vuelta de tuerca, que ya casi es un lugar común-, pues hace muchos años, cuando intenté otra novela de él no estaba yo en condiciones de que me dijera algo. Por suerte he regresado a la obra de este autor por una puerta breve pero enorme: Los papeles de Aspern, título que siempre me había llamado la atención, y del que había escuchado y leído mucho. Así que este verano, mientras pasaba días aciagos pero importantes en mi querida Valera, me encontré la (buena) traducción que Sergio Pitol publicó en Monte Ávila Editores cuando todavía ésta era una editorial de verdad, aunque ya la sombra de lo que había sido en los años 70 y 80. La difunta Librería del Sur -antes Kuai-Mare- del Centro Comercial Edivica atesoraba varios ejemplares de ese libro a un precio ridículo, 9 bolívares, que son menos de dos euros al cambio oficial -pocos más de cincuenta céntimos, al precio no-oficial de lechugaverde, que es el que usa todo el mundo pero ni uno más-, y me lo llevé a casa de mis padres, en verdad, con algo de aprensión. Sólo la curiosidad por todo lo que me parecía haber oído del libro me empujó a conservarlo al lado de mi cama.
Hasta que una tarde de tedio valerano, de esas tardes en que las chicharras hacen un ruido enorme para que sepamos que aún falta mucho para las tres, me eché en mi cama y cogí el libro: y ya no pude parar de leer. James tiene la capacidad escribir lento, de saber ralentizar el desarrollo de una anécdota, pero lo hace con tanta gracia y todo lo que escribe es tan interesante, que a uno no le importa que se demore cuanto le plazca en la descripción de un lugar o en el sentimiento de algún personaje. El objetivo del protagonista es hacerse con los papeles del difunto poeta, Jeffrey Aspern, y para eso el narrador dará demoradas vueltas alrededor de las dueñas de esos misteriosos papeles, alrededor de la enorme casa veneciana donde se esconden y alrededor de los sentimientos, no demasiado virtuosos, del protagonista; pues, como dice el traductor, el cuerpo de una novela de James lo constituye la suma de observaciones, deducciones y conjeturas que un personaje hace de una determinada situación.
Entonces no importa que en la novela parezca que no pasa nada, porque todo lo que está pasando lo hace en nuestra propia cabeza de lectores, ávidos, entregados ya a una lectura a la que se le puede calificar de deliciosa, pero para quedarse corto. Es una novela breve en extensión, pero que dura años mientras uno la lee.
Sin duda, todo buen lector y, sobre todo, todo aquel que aspire a ser escritor algún día, debe leer con devoción esta novela, y sumergirse en el universo jamesiano, como yo ya lo estoy haciendo. Querido lector: ahora voy a leer Daisy Miller, y espero las mismas alegrías.

9 oct. 2012

La defectuosa perfectible


Los políticos a sus intereses, los demás ciudadanos a sus otras profesiones, pero todos pendientes de sus derechos, de que los encargados de administrar la cosa pública lo hagan de la manera más eficiente y honesta posible.
Porque el concepto de ciudadanos no se acaba cuando depositas una papeleta con tu voto en una cajita; de hecho, comienza allí. Votar es un compromiso que adquiere el ciudadano con su sociedad; y cada vez que reclama, cada vez que protesta y cada vez que cumple con su deber -en forma de pago de impuestos, de acatamiento de las leyes y buen uso de ellas, en forma de solidaridad con el más débil o como desobediencia civil bien entendida- relegitima ese simple acto que lo convierte en miembro de un país que se rige por el más perfectible de los defectuosos sistemas de gobierno de la Humanidad: La democracia.
Errores. Se van a cometer todavía cientos de errores en la historia de la democracia, que ya es larga -no deja de sobrecoger el hecho de que, en esencia y a pesar de su compleja evolución, vivimos bajo el mismo concepto en que vivieron Sócrates y Pericles-; vamos a lamentar muchas veces más los pasos mal dados y, sobre todo, la muy mala costumbre de la democracia de suicidarse cada cierto tiempo. Pero aun así la prefiero a los demás sistemas, por más que prometan Jauja y la creación de un ser humano nuevo. Que lo que el genoma no ha hecho en diez millones de años no lo van a hacer un puñado de presuntuosas ideologías en unos cuantos cientos.
A menos que de verdad podamos dar un salto cualitativo y nuestra consciencia entienda que es la educación lo primero que debe ser modificado para alcanzar cotas más altas, más lejanas, mejores condiciones. Sólo una buena pedagocracia (y no la que se critica, quizá con razón, aquí y aquí, sino la que apunta directamente al paidagogos como figura ideal) podría sustituir, dentro de muchos años de ensayos y continuos errores, la democracia en la que gozamos, penamos y aceptamos que a veces se gana y a veces se pierde.
Pero en la que siempre se sigue.

8 oct. 2012

8 de octubre de 2012: día uno

Eso, que ahora toca seguir, recomenzar y esperar que el presidente entienda que no se trata de una hacienda ni de un cuartel, sino de un país que pertenece a todos los venezolanos, piensen como piensen.
Ha sido una noche intensa y Henrique Capriles Radonski ha hecho un excelente trabajo, le ha dado visibilidad a los que según los más encendidos discursos del presidente no existimos o somos escuálidos o majunches o apátridas. No: Somos venezolanos, como él y, como él, tenemos derechos y deberes para con nuestro país. El primero de ellos, procurar una convivencia pacífica.
Inseguridad, corrupción y educación: Si el presidente no aborda estos problemas con soluciones eficaces, sólo estará alargando la espiral de caos a la que nos enfrentamos. Por favor, señor Presidente, deje los problemas del planeta a un lado por unos años, deje que sean los de la Liga de la Justicia (Superman, la Mujer Maravilla, Linterna Verde, et al) los que los resuelvan, por lo menos hasta que esté seguro de que los problemas que acucian a Venezuela van por el buen camino de la resolución.
Pongamos que ahora comienza el día uno; uno para resolver los problemas que han esperado tanto tiempo; y uno para emprender el camino para convencer a una mitad y otra de que unidos estamos mejor cuando se trata de los asuntos esenciales.
Que vengan las ideas y que la ideología se quede en los libros de Historia.

7 oct. 2012

07 de octubre de 2012

Antes de que amanezca el lunes ocho, las palabras que voy a escribir en este momento tendrán un sentido distinto. Como ha dicho Vargas Llosa en un artículo que aparece hoy en El País: Una vez más en la historia, a la tierra de Simón Bolívar le toca —esta vez con los votos, no las armas— la tarea de asegurar la libertad de todo un continente. Yo preferiría que no se recordara tantas veces que Venezuela es la tierra de Simón Bolívar, pues ha sido la patria de muchos grandes como él. Es la tierra de José Antonio Ramos Sucre, y la tierra de Jacinto Convit, y la tierra de Rafael Cadenas, y la tierra de Francisco de Miranda, y la tierra de Juan Antonio Navarrete, y la tierra de Teresa Carreño, y la tierra de Rómulo Betancourt, y la tierra de Rómulo Gallegos...; y es la tierra de millones que han mezclado orígenes, historias y esfuerzos para hacer lo que hay ahora. Bolívar -pobre, sin culpa- se ha convertido en un pesado sambenito con el que tiende a definírsenos siempre, y eso hace muchísimo tiempo que me cansa.

La frase de Vargas Llosa, cómo no, es hermosa, halagadora y llena de esperanza, pero a mí me gustaría que por una vez algo en Venezuela no resultara tan interplanetario; me gustaría que esta votación asegurara, no la libertad de todo un continente -que también-, sino la posibilidad de que, en Valera, mi papá y mi mamá puedan bajar caminando a las ocho de la noche por la avenida, por el simple placer de pasear, sin miedo a que los roben o a caerse en un hueco en la poca acera que hay; me gustaría que asegurara a mi sobrina que no dejará de escuchar su música preferida en la computadora o de ver una película en el canal por cable porque de repente se va la luz y quién sabe hasta cuándo; me gustaría, que el acto simple y único de votar, le asegurara a mis sobrinos más jóvenes la posibilidad de decidir si se quedan o se van, y dejen de pensar que el futuro "normal" de un venezolano es irse del país.

Yo voy a votar hoy, no para asegurarle la democracia a los países de América -eso me queda muy grande-, ni para acabar con los malos malucos del mundo; yo voy a votar hoy en Madrid para que la gente en Venezuela pueda amanecer tranquila mañana, preparada para seguir trabajando y educando a sus hijos, lista para que todos tengan una oportunidad.

Y que Bolívar y los súper héroes de la liga de la justicia se encarguen de asegurar la paz mundial.

Actualización de las 15:13:
"He cumplido con mi deber", declara el pulgar derecho con satisfacción.
Salí a las 13.30 de mi casa y egresé de votar a las 14.25. Muchas gente fuera del centro de votación, pero la gente que organiza el asunto coordina muy bien todo, y sólo estuve cinco minutos en una cola, y tres minutos máximo para votar. El resto de la hora que estuve fuera fue caminando hasta el centro, viajando en metro, una sola parada, porque había una manifestación contra el aborto en Alcalá y el autobús 53 en que planeaba llegar hasta la Casa de América -el centro de votación está una cuadra más arriba-, no estaba funcionando. Voté, pero ahora hacen falta dieciocho millones de pulgares derechos y venezolanos que estén tan contentos como el mío a esta hora:
¡Ánimo! ¡Vayan todos a votar!, dice el pulgar, orgulloso.

4 oct. 2012

¡Chito!

Así mandaba hacer silencio Juan Vicente Gómez, el militarote que sojuzgó Venezuela durante veintisiete años, impidiendo que esta entrara en el siglo veinte hasta 1936. ¡Chito!, que es como se dice en Los Andes venezolanos, mi región, cuando quieres que alguien no solo haga silencio, sino que haga caso y no sea insumiso y baje la cabeza y esconda el rabo. Alguien que respete con temor, tenga fundamento incondicional y, sobre todo, reverencial acatamiento a la jerarquía, aunque esta esté equivocada de entrada y de salida. No le molestaría a la delegada del gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, ser andina por estos días. Así podría decirle ¡chito! a los manifestantes, esos de los que ella abomina, aunque después haya aplicado la técnica del donde dije digo digo diego, y ni sí ni no sino todo lo anterior. Porque para el poder autoritario, de Gómez a los gobernantes que se sienten incómodos con la gente que sale a la calle a protestar, no hay nada más molesto que la insumisión. Y no se trata de un ¿por qué no te callas? espetado por un grosero autoritario a otro grosero autoritario, sino del ¡chito! que el poder quiere imponer sobre los ciudadanos. O, como diría Mariano Rajoy, más ladino que su delegada de Madrid: nada como los ciudadanos que se quedan en sus casas, calladitos, obedientes, sumisitos y con su colacao. Esos sí que son ciudadanos de verdad, no fuña, los que no dan guerra y dejan que la calle sea de los verdaderos dueños, o sea, ellos. Quizá olvidan que de motines e insumisos Madrid tiene una ristra. No quiera Ud. ser otra Esquilache más, señora Cifuentes...

12 jun. 2012

Decir casi lo mismo


Cantaban, como enseñadas, las calandrias, en las moreras.

Así dice José María Arguedas en Los ríos profundos, y ese canto de la calandria ha dado un nuevo fruto:

Mis queridos Eva y Wladimir Márquez, añorados condiscípulos y cómplices en la Escuela de Letras de la UCAB, en Caracas, y siempre entusiastas allí donde estén, han abordado junto con otros colegas el proyecto Calandria, que
editada por los estudiantes graduados del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Colorado en Boulder, es una revista de investigación en línea que se publica dos veces al año. Su objetivo es ofrecer un foro de discusión intelectual para los estudiantes de postgrado de la comunidad académica norteamericana y del extranjero en las siguientes áreas de estudio: Literatura, Lingüística, Estudios Culturales, Historia, Cine y Artes de la Península Ibérica y América Latina.
Para su segundo número, el de esta primavera, han tenido la amabilidad de incluir mi Decir casi lo mismo, el relato que quedó finalista del concurso Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, y que de alguna manera es un homenaje a los traductores y a ese interesantísimo libro de Umberto Eco, de donde me "robé" el nombre. Lo podrán bajar en .pdf, si desean leer, al igual que el resto de los artículos.

Así que ya saben; hay una nueva ventana para la literatura y el pensamiento en la red; disfrútenla y síganla, que en espacios así es donde se cuece la reflexión crítica del futuro.

6 mar. 2012

Por qué no hablo de la revolución


Hace un par de días, un amable amigo me invitó a hablar sobre la situación actual de mi país. "Declino la invitación", le respondí agradecido, "porque no estoy preparado anímica ni intelectualmente para escribir sobre ello. No soy sociólogo, ni politólogo, ni siquiera periodista de la fuente, como se suele decir." Mi amigo, comprensivo con mis razones, me disculpó de inmediato, ofreciéndome con generosidad el espacio para lo que mejor se me diera -o sea, la literatura.

Pero he estado dándole vueltas al asunto en estos dos días, preguntándome por qué, si he estudiado tanto la historia de Venezuela, si he escrito libros enteros contando su accidentada historia, no quiero hablar de la revolución que se ha enquistado -con perdón- como un cáncer en el país donde nací, crecí, estudié y amé; el país que amo y que me emociona aunque su equipo de fútbol pierda por cinco goles a cero en un partido amistoso, aunque tantos aunque se pongan de por medio; el país cuya bandera de siete -sí, siete- estrellas cuelga en mi estudio y que me emociona cuando pienso que su himno es en realidad una canción de cuna -doñana-. Y creo que he hallado una respuesta provisional.

Se trata de respeto. Yo, que no soy político, ni tecnócrata, aún no puedo convertir en teoría, en materia objetiva y seca algo que ocurre todos los días en Valera, en Caracas, en Maracaibo, en Barquisimeto. No puedo analizar con la lupa de Monsieur Dupin el disparo en la cabeza a OneShot, ni el derrame de petróleo en el río Guarapiche, ni la gandola mal estacionada que en Valera aplastó a dos niños, ni el 24% de aumento del gasto público, ni la quiebra técnica del país. Para los observadores internacionales de una y otra ideología son sucesos, números, estadísticas; pero para mí son arepas, calles, gente. ¿Cómo voy a olvidar que la gandola bajó por la avenida Bolívar, que pasó frente a Cobrapsa, que se estrelló en la panadería La Vencedora? ¿Cómo, si ese es el escenario de mi infancia y mi adolescencia? ¿Cómo voy a decir "el tiro en la cabeza a un cantante de rap que denuncia la violencia en las calles de Caracas" si se trata del hijo de Alfredo Chacón y Luna Benítez? La desgracia de mi país tiene nombres, apellidos y toponímicos; yo -todavía- no puedo hacer literatura con eso, y mucho menos comentarios ingeniosos, agudos, dignos de un "intelectual", signifique eso lo que signifique.

Alguno me podrá argumentar que, como escritor, es mi deber (¿en serio?) ponerle palabras a lo que está pasando. Yo contraargumentaría diciendo que ya se dicen demasiadas palabras en Venezuela todo el tiempo -ya sabemos cómo se las gasta el gran burundún burundá de Barinas- y que en todo caso el papel de voz de los sin voz me parece espurio, oportunista y logrero. Me parece que ser la voz de los sin voz es, en cierto sentido, una sutil y muy clasista forma de desprecio a esos mismos que se dice representar. Y los fragmentos de mi espíritu thoreauniano no me dejan hacer eso. No. Yo exclusivamente hablo por mí, por lo venezolano que soy, no por el escritor que intento ser.

Creo que la desgracia de mi país merece compasión, en el sentido literal del término (padecer juntos), y mucha acción, guiada por el sentido común y la razón, por el diálogo y la noción de justicia, por la solidaridad; por el amor, desde luego: los análisis ingeniosos y las novelas apasionantes ya los harán los antropólogos, los creaodres, los historiadores, los comentaristas del futuro.

O yo mismo, con otro ánimo.

How to shit in the woods


Pues eso. Y en segunda edición. [visto en 10 libros que no podemos creer que existan de verdad]

5 mar. 2012

Libros en depósito

Reviso un antiguo cuaderno que se vino conmigo de Venezuela. Me gusta de vez en cuando volver a los cuadernos que siempre compro pero que casi nunca lleno; los dejo con páginas en blanco, porque me aburro o porque no me gusta escribir a mano, o porque hace muchos años ya que escribo con computadora, y no me gusta transcribir. Pero los guardo; los conservo porque siempre hay algo allí anotado que me podrá interesar dentro de varios años.

Me encuentro en este cuaderno en particular, con la portada de un toro alado y comprado en Caracas en 1997, una lista de libros en depósito que hicimos mi amigo querido Diego Casasnovas y yo, seguramente mientras recogía mis cosas del apartamento donde vivía, en la esquina de Colimodio, antes de viajar a España. Ya que no me los iba a poder llevar, alguien debía disfrutarlos, y cuidarlos. Diego hizo una selección de quince títulos y yo anoté, con la seguridad de que nos veríamos siempre, a lo largo de nuestras vidas. Nos volvimos a ver, cómo no, cuando cuatro años después regresé a Caracas, y cuando volví un par de veces más, y creo que nunca hablamos de los libros que me guardaba en depósito, pues había tantas cosas que contarnos que eso podía esperar. En todo caso, ya habría tiempo, cuando regresara definitivamente a Caracas, para recuperarlos.

Ninguna de las dos cosas ocurrieron. Ni yo he vuelto a Caracas -¿viviré de nuevo allí, otra vez, algún día?-, y los libros estarán, ahora para siempre, en depósito. Diego se fue ahora hace casi nueve años, y seguro que me estará esperando allí donde estaremos definitivamente con los quince libros que se llevó prestados; Cioran, Forster, Murphy, Sófocles, Kerouac, Plath, Epicuro... autores que dan ganas de leer de inmediato. Mi tranquilidad es que Diego los cuida, los lee, los subraya para comentar esos pasajes conmigo, cuando volvamos a vernos, para reírnos de tantas tonterías. Es bueno hacer listas de libros. Son como la fotografía de nuestras pensamientos, de los pensamientos de una época en particular que también se define por la manera como mirábamos el mundo.

Que solo puede verse, como todo el mundo sabe, a través de las palabras.

3 mar. 2012

Arte o entretenimiento

Es una supuesta antinomia que anda por ahí generando discusiones, bizantinas o no. Pero concediendo que estos dos términos sean contradictorios, pasemos a las preguntas: ¿Es 'lícito' para el arte ser entretenido?; ¿debe tener el entretenimiento pretensiones artísticas? (Seguro que estas no fueron preguntas que acuciaron las noches de Cervantes, Shakespeare o Molière, pero en estos tiempos, ay, caducos, no tenemos nada mejor que hacer que ponernos a contar angelitos en la cabeza de un alfiler.)

Sin embargo, puede ser una pregunta de interesante solaz para los lectores, aun cuando a los escritores estas disquisiciones les traigan sin cuidado. El profesor Steven Moore ha escrito un libro completo con una historia alterna de los orígenes de la novela, The Novel: An Alternative History: Beginnings to 1600, y José Luis Amores, un piadoso y atento lector, ha traducido la introducción y la ofrece gratis en su blog, Bolmangani (con permiso del autor, desde luego, señor Wert). Decidió hacerlo porque
La idea de que el lector español —me refiero al lector serio— no pudiera disponer con facilidad de aquel material me parecía un pecado literario enorme. Estamos hasta la coronilla de ensayos basura que tratan parcialmente el tema, dando por sentado hasta la propia punta del iceberg, y escritos además bajo tales condiciones de arrogancia y pretenciosidad que dan ganas de utilizarlos como combustible en estos días de frío desacostumbrado. El de Steven Moore no. Ese libro es otra cosa y además está escrito de tal forma que uno se lo pasa como un cochino en una charca leyendo la historia de la novela india en el Renacimiento europeo o revisitando La Celestina en palabras de un yanqui en la corte de un rey tan chulo que ni lee. Por lo que decidí hacer algo cuyo resultado se puede apreciar más abajo: escribí a Moore pidiéndole permiso para traducir al castellano la introducción de su obra y ofrecerla gratis a quien leyere. Y —contra todo pronóstico ajeno— me dio su autorización.
Hay que estarle agradecidos por eso.

Y porque ha traído de nuevo a la palestra el eterno conflicto que atormenta más a lectores que a escritores, me parece a mí: si gozo un puyero con un libro, ¿debo considerarlo una bagatela? Si me aburro y me quedo dormido leyendo frases y frase y frases sin aparente sentido, ¿estoy ante una obra de culto? Preguntas dignas de un programa de misterio, fantasmas y aparecidos.

Pero el profesor Moore da una respuesta/opinión que puede servir de punto de partida:

El gran entretenimiento es mejor que el mal arte, y uno no debería condenar las obras de arte por no ser más entretenidas, ni al entretenimiento por no ser más artístico. Esto es más que obvio.

14 feb. 2012

HHhH


Hay novelas que leo cuando las saco de la Biblioteca. Corrijo. Hay novelas que leo cuando me las topo en la Biblioteca. Porque son demasiado caras para mi presupuesto, o porque no me da la gana de comprarlas a causa de la publicidad agobiante y ditirámbica que las editoriales no tienen el pudor de lanzar. Pero cuando saco estas novelas que me llaman la atención meses después de que se han apagado los fuegos artificiales, pueden traerme gratas sorpresas. Y entonces, albricias.

De hecho, saqué prestada HHhH, de Laurent Binet, con la mala intención de que no me gustara y alegrarme de no haber gastado ni medio céntimo. Y cuando comencé su lectura me quedé pegado, salvo por una o diez páginas donde el autor trata de ser más importante que su texto, y me sacaba del libro. Pero no; es una gran novela.

Cuenta el asesinato, en 1942, de Heydrich, ese inocente miembro de la comparsa de Hitler. Eso ocurrió en Praga, y en el fondo quienes acabaron con él pudieron hacerlo gracias a la soberbia del virrey de Checoeslovaquia, que pensaba que podía andar por allí sin escolta. Pero lo interesante de la novela es que es también el proceso de creación de una novela, como me cuentan que hace Vargas Llosa en Historia de Mayta, que ya tengo en la mira. A mí, ignorante vargallosiano, me recordó a The ghost, de Robert Harris; el metalenguaje, la metaficción, el libro que reflexiona sobre sí mismo pero no aburre al lector con culterías y aspavientos de aquel que descubrió -asombrado- que habla en prosa.

Y además, me enteré en este libro que el barrio de Lídice, en Caracas, debe su nombre a la masacre del pueblo de Lídice, en Checoeslovaquia, luego del asesinato del nazi, como represalia de los alemanes por el nazidio. Fue tan feroz la venganza, que hasta echaron sal en el pueblo para que no creciera nada. Bichos.

Binet es un buen escritor, no cabe duda; y, al parecer, esta es su primera novela. Goao.

Habrá que seguir leyendo sus cosas, entonces.

24 ene. 2012

Escritor, apártate que no me dejas leer

He estado leyendo una novela en estos días. Empezó interesándome, pero ahora, en la página cincuenta casi que voy ya, ha dejado de llamarme la atención. No por el tema, que prometía ser gozoso, ni por la prosa, correcta y eficaz; sino por el autor. El autor, que no se quita de en medio, chico.
Hay escritores más interesados en que los conozcamos a ellos, no a sus obras.
Hay autores que, como algunos futbolistas mediáticos, hacen virguerías en los anuncios de refrescos y de carros, y -quizá- en el centro del campo, pero nunca meten un gol.
Hay autores que deberían estar en Gran Hermano: allí los verían más.
Pero, por favor, que no estorben cuando uno lee un libro suyo.

Estoy leyendo, también, a otro autor: este, quizá por su carácter, se aparta de inmediato y nos deja pasar a su imaginación. Y deja que nos instalemos, como Alicia, entre sus personajes, en su espacio y en su prosa; qué delicia, aunque no te sientas cerca de la novela, aunque la novela no sea del todo buena, cuando la novela te abre sus puertas y te deja entrar. Cuando el anfitrión tiene la suficiente delicadeza como para no echársenos encima y dejar que seamos nosotros los que elijamos los trozos más apetitosos.

Y leo el prólogo de Miguel Salabert a La educación sentimental: cuando los traductores sabían tanto que eran capaces de escribir un prólogo a sus traducciones, que eran ensayos tan sabrosos como el texto que nos facilitaban. Y, de paso, habla de eso que hace que una novela sea una joya, que lo mediocre no sea el texto sino el universo del que habla; sin embargo, algunos de sus contemporáneos no lo creyeron así, cosa que sorprende al traductor:
La obra era forzosamente mediocre, puesto que sus personajes lo eran. Negaban, al hablar así, la posibilidad de escribir una novela genial con personajes mediocres, que era precisamente lo que tenían en sus manos.
Y eso que todavía Joyce no había "inventado" la novela del antihéroe.

Joyce y Flaubert: dos que se apartaban para que el lector hurgara a gusto en sus universos complejos y fractales.

Eso es todo lo que un lector pide. Espacio.

19 ene. 2012

Bolívar vs. Miranda: otro asalto

A propósito de la nueva novela de Juancho Armas Marcelo, La noche que Bolívar traicionó a Miranda, estaremos este 31 de enero a las 19,30 hrs. el autor, Pepe Esteban y yo hablando en el Ateneo de Madrid. Miranda y Bolívar serán los contendientes; nosotros nos limitaremos a mirar y hacer barra: y a contarnos algunas cosas que sabemos.

Quedan todos invitados y los datos del lugar, por si alguien no lo conoce, están en la imagen que coloco al final, y que pueden pinchar para ver más grande.

Y les dejo esta entrevista y reseña que le hicieron al autor en el ABC el fin de semana pasado, por si se quieren enterar más de qué va el libro, y qué piensa el autor de él, antes de que le hinquen el diente. (La edición, me cuentan, empieza a agotarse ya: ojalá llegue a Venezuela pronto, amigos). Ya saben: siempre pinchen sobre las imágenes, que los llevarán al destino que andan buscando.


17 ene. 2012

El general Escritura

La noche que Bolívar traicionó a Miranda
J.J. Armas Marcelo
Madrid, Edhasa, 2011
|317 p.|20 euros|ISBN:9788435062459|

Cuando estábamos en la universidad, nuestra apreciada profesora de literatura romántica y de historia de la cultura, Arleny León, nos enseñó que a veces el conocimiento de una época se hace más expedito leyendo novelas que libros de historia. De hecho, los aficionados a los ensayos históricos habrán constatado incontables veces lo aburrida que puede ser la prosa de los especialistas, y rara es la vez, pero agradecida, en que un historiador es, además, escritor. Escritor en el sentido que recomienda Ortega y Gasset: "Un libro de historia tiene que ser un libro de historia; pero también tiene que ser un libro", más o menos dice el filósofo español en su prólogo a la Filosofía de la Historia, de Hegel. Quizá por eso Balzac, Victor Hugo y Dumas son más populares que Edgar Quinet, Philippe Buchez e Hippolyte Taine; pero también porque sus novelas históricas siempre son, además y sobre todo, libros.

Cuando comencé la lectura de La noche que Bolívar traicionó a Miranda, de J.J. Armas Marcelo el año pasado, en su manuscrito final, sabía que me iba a sumergir en la vida de un hombre que he estudiado durante varios años, pero también que entraba en un espacio de ficción, que ahora espero que llegue a Venezuela y sea leído por muchos de mis compatriotas en estos tiempos aciagos de historia, más que inventada -que no sería grave-, tergiversada. Pero como sé que la vida del Precursor es tan azarosa y ficcionable, sabía que me iba a resultar difícil diferenciar aquello que fuera invención y aquello que fuera dato histórico. En definitiva, una novela que centra su atención, no en uno, sino en dos personajes de tanta fuerza -Miranda y Bolívar-, necesariamente ha de quedar en deuda con lo histórico, al punto de modificar la ruta de la ficción. Este es el escollo más peligroso que una novela histórica debe salvar. Y en el caso de Miranda, solo hay una manera de evitar un naufragio: dejando que sea él mismo quien relate sus peripecias. Su Archivo ha sido y es la guía para todo el que quiera acercarse a su vida, pero también la tentadora manzana que puede desviar las intenciones. Armas Marcelo se ha sumergido en el Archivo, lo ha "saqueado" a gusto, y ha salido de allí con una novela que vibra entre la ilustración libertaria de Miranda y el romanticismo cargado de poder de Bolívar.

Claro que aquí el lector encontrará las "leyendas" famosas del Precursor -la colección de vellos púbicos, los amores con Catalina, las lúdicas aventuras amorosas y sí, el famoso "bochinche" que a estas alturas dudo que tuviera realmente lugar-, pero es que estas leyendas también forman parte de la biografía del personaje y sin ellas se habría contado la mitad. Cuando se miente sobre un personaje es cuando mejor se habla de él, porque se trazan características que de otra forma serían imposibles de plasmar. Por ejemplo, aunque la anécdota de que Miranda coleccionaba vellos púbicos de sus amantes no es cierta, no me parecería extraño que las cientos de amantes que tuvo, algunas verdaderamente enamoradas hasta la locura de él, hubieran donado encantadas uno -o dos- pelos de su más recóndita intimidad. Entonces, ¿cómo prescindir de la leyenda si esta explica con más fuerza lo que una montaña de papeles no sabe decir? El "Himalaya de papeles" (Salcedo Bastardo) que es el Archivo es un tesoro que aún sigue, y seguirá durante años, sin saquear completamente, dejando toda clase de resquicios para la imaginación de los novelistas como Armas Marcelo.

La relación con Bolívar vertebra la novela; la difícil, hermosa, adictiva, telúrica relación entre dos hombres que eran iguales y tan diferentes:
Sabía además que su admiración hacia Miranda no incluía el cariño: no quería al generalísimo. Al fin y al cabo no eran de la misma clase, no tenían paralelos ni en sus antecedentes ni en sus consanguinidades, y sólo había entre ellos la coincidencia del tiempo, la revolución, la libertad de Venezuela y América. Sabía desde siempre que el proyecto de secesión, el gran proyecto de la independencia de América, era de Francisco de Miranda, el hijo del canario de Tenerife Sebastián Miranda, que durante años luchó contra su familia y los suyos para obtener derechos que no le correspondían, pero que el rey Carlos III terminó por concederle para vergüenza de su clase. (p.20)
Nunca lograremos saber cuál era el feeling entre ellos cuando estaban juntos; nunca podremos hacernos una imagen completa del momento en que Bolívar por fin conoce a su admirado compatriota en Londres y de momento en que Miranda lo reprende con dureza por su torpe e imprudente actuación ante las autoridades británicas; y hemos perdido para siempre la mirada de Miranda cuando vio entrar a Bolívar, el conspirador, dispuesto a prenderlo y entregarlo como animal para el sacrificio de las exigencias de los militares españoles.

¿Cómo es la cara del que traiciona, cómo la del traicionado?

De eso no hallaremos respuesta clara nunca, qué bueno, porque estas dudas son las que generan novelas como esta. Y sobre todo esta, que trata de la vida de un hombre que, tengo para mí, era mejor escritor que estadista, mejor intelectual que soldado, mejor observador que gobernante. Sí, Miranda era un hombre de acción; pero lo podía la necesaria inmovilidad del que reflexiona. Miranda era como el motor de turbina de un avión, que permanece estático en su lugar mientras hace que toda una mole de hierro se alce del suelo con él. Si Bolívar hubiera entendido esto -si Miranda también lo hubiera entendido- quizá su relación habría sido menos traumática. Por eso creo que en la novela de Armas Marcelo el Archivo se erige como un personaje más:
Eran leyenda que corría por toda Venezuela los archivos del generalísimo, pues, los papeles del general Escritura, su vida entera, sus amores, sus amoríos, las mujeres todas que habían dejado impregnado con su perfume intemporal la piel de su alma; los viajes de un lado para otro del mundo, sus conversaciones con personalidades del siglo pasado, sus guerras perdidas y ganadas, sus conspiraciones con los ingleses, con los franceses, con los rusos, con los norteamericanos; sus lecturas, sus libros preferidos, detallados uno a uno en sus papeles y con su propia letra como si se creyera el escritor del siglo, caraj, qué petulancia la del generalísimo (...). (p.116)
Ese Archivo es un personaje, porque un documento tan enorme no puede pasar desapercibido, como los propios pensamientos del Precursor que podrían ser, sin duda, reflexiones del autor que se cuelan y atraviesan dos siglos: Fíjate, Pedro -le dijo una tarde melancólica a su sirviente-, en que la verdad es casi siempre la suma de muchas mentiras. (p.227). Y también los que pone en boca de Bolívar, que el lector no tiene por qué dudar de su veracidad histórica pero que también son parte de la arquitectura reflexiva de la novela: La peor enfermedad de todas -se dijo mientras estaba agonizando- es la enfermedad del poder (p. 301).

Debo confesar que tengo una relación bonita con esta novela. Gracias a ella, y a nuestro común interés mirandista, he pasado sabrosas horas con el autor en la logia en la que celebramos la sabiduría del Precursor, y aprendemos -porque Miranda siempre está enseñando- que las cosas no son de una única manera, que en cualquier recoveco de la historia el ácido de la ingratitud puede salpicar nuestras vidas. Y hay que estar preparado para ello. Por eso leemos y escribimos sobre personajes como estos, porque para algo han de servirnos los sabios que en el mundo han sido, ¿no?

La noche que Bolívar traicionó a Miranda es una novela vorágine. Una deliciosa novela que relata con ansiedad los momentos más críticos en la vida de Miranda, y de Bolívar: la ansiedad de quien espera el final, pues la sayona, la muerte, acompaña al narrador -¿que es Miranda, que es Bolívar, que son los dos?- desde la primera página y no descansará hasta no acabar con los héroes que una vez fueron amigos, a pesar de que estaban destinados a anularse mutuamente.

Como ocurre siempre con los titanes.

12 ene. 2012

La Logia Mirandista, en el Gijón

Pues eso, conspirando en la Logia Mirandista, mientras comemos las sabrosas lentejas del Café Gijón, un lunes cualquiera. Tardes impagables de libros, poemas recitados de memoria y mis amigos, Juancho Armas Marcelo, Carlos Boix, Raúl Rivero y Pepe Esteban echando humo con sus "señoritas"...

De izquierda a derecha: Juancho Armas Marcelo, Carlos Boix, Raúl Rivero, Juan Carlos Chirinos y Pepe Esteban

4 ene. 2012

Lo Bitle

Pues eso, la pesadilla de Guille hecha realidad...


[He visto por primera vez esta imagen en Facebook, pero no he logrado dar con el autor, ¿alguien sabe quién la hizo? Los que amamos a Los Beatles y a Mafalda estamos altamente agradecidos
-menos Guille, ese reaccionario, por supuesto]