15 oct. 2011

Caracas de Noche, Juancho y las lentejas


Adoro las lentejas. Me recuerdan tiempos mullidos, casas ordenadas, olores atractivos. Un plato de lentejas humeante es una señal de que el cielo queda cerca. Además tienen hierro, que eso es bueno, dicen las abuelas.

Pero mejor es comer lentejas con amigos. Entonces, en esas ocasiones, las lentejas son más sabrosas, acompañan más, alimentan mejor. Yo lo hago periódicamente "en el asturiano" con Ernesto Pérez Zúñiga, Juan Carlos Méndez Guédez y Nicolás Melini, cultores los cuatro de la secta bandini; y en el mítico Gijón con Pepe Esteban, Carlos Boix, y Juancho Armas Marcelo, cultores los cuatro de todo lo que se tercie. Justamente nos contaba Juancho que acaba de abrir su nuevo blog, Gran Angular, en el que ha empezado a hablar de todo lo humano y lo divino. Ayer ha contado una historia de la que hablamos esta semana, una historia de la Caracas "oscura", la Caracas de noche, que depara más de un susto: justamente, así se llama esa entrada, Caracas de noche, y la relaciona con la "negrura" de mi nueva novela, Nochebosque. No, no había caído en la cuenta de que quizá mi afecto por el miedo, por las historias de terror, también tiene que ver con ese misterio que desprende la queridísima -y atribulada- capital de mi país cuando el sol se esconde y las calles se convierten en guaridas de espectros y de perros errantes a causa también de los frondosos árboles que las hacen más temibles.

El que ha caminado por Caracas de noche, sabe que no solo la Caperucita debe tener miedo de los caminos desconocidos.

Juancho Armas Marcelo lo sabe.