05/10/2010
La (con)sumisión
Este año cada ciudadano se gastará _ _ _ _ euros en los regalos de Navidad: esta frase aparecerá dentro de pocas semanas en los periódicos como si fuera una noticia confirmada (coloquen ustedes la cifra, jueguen a que son adivinos como los medios de comunicación).
¿Cómo es que nos dejamos engañar así de fácil? ¿De verdad tenemos que gastarnos un solo euro, bolívar o yen en Navidad? ¿Para qué? ¿Para celebrar la llegada de un niño que nació, según dicen, sin una locha encima y que se murió ídem? ¿Para celebrar el nacimiento del dios del vino, de las bacanales, el divino Dionisio? ¿O para que los comercios hagan caja mientras suenan campanitas atormentantes, y mientras los gorros rojos y los cuernos de renos pululan por las calles al son de una música mediocre y atosigante, los villancicos, que en mala hora salieron de la edad oscura donde debieron quedarse?
Eso, señor, digame cuánto es la consumisión, más sumisión que lo otro.
Y después hacen huelgas generales y demás zarandajas de ésas. ¡Ovejas! ¡Que son ovejas!
[Por cierto, la imagen es por la oveja aludida, pero también tiene la aviesa intención de que sientan curiosidad por esta novela inteligente y brillante, donde las ovejas son todo menos borregos. ¡Léanla y vean cómo hasta las ovejas puede discurrir!]
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1 comentarios:
Yo fui abducida por el rebaño de Glennkill, tan listas, tan aficionadas a la literatura, tan alejadas de la imagen que se tiene de las ovejas, ¡y tan achuchables!
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