6 nov. 2007

325. Erasmo, Moro y la muerte de los amigos


En enero de 1985, cuando comencé con 17 años a estudiar en la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, compré mi primer libro, cosa que me hizo muy feliz, a pesar de los 30 bolívares que me costó (y que me costaron no pocos almuerzos en el comedor de la Universidad). Era la Utopía, de Tomás Moro, una entretenida obrita sobre la sociedad perfecta, que tanto han buscado los seres humanos desde que el mundo es mundo y por la que tantos se han matado. Pero además de la delicia que era leer ese libro (si no me equivoco, en una de aquellas ediciones de Alianza Editorial, con portada de Daniel Gil), me gustó mucho descubrir la fraterna y enorme amistad entre el ajusticiado sheriff de Londres y el filósofo holandés Erasmo de Rotterdam: nada más importante para ellos que el hilo que una hermosa amistad crea entre dos seres humanos sobre la base de los sentimientos comunes y las afinidades intelectuales. Aunque cada uno vivía en un país distinto, y se vieron poco, sus cartas se convirtieron en el enlace de una cercanía de pensamiento y corazón. Son ellos dos, para mí, el símbolo más nítido de lo que debe ser la amistad, ese bien tan preciado por Cicerón.
Cuando un amigo muere, hay que lamentarlo con enormes lágrimas en los ojos y silencios confusos; pero cuando un amigo se muestra groseramente tal como en realidad es, burlando lo que es más sagrado en una amistad (la transparencia, la integridad, en definitiva, la decencia), no hay lamento que que traiga consuelo, ni canto angelical que disminuya la desolación. Y ya no se puede andar inventando los días para nuevas excusas, porque las razones de la vergüenza están allí, meridianas. Las razones de la vergüenza o de lo que simplemente siempre fue: los seres humanos no estamos hechos para ser íntimos a juro y porque sí; y a veces las diferencias son tan sangrantes (y definitivas) que es preferible dejar que el agua siga corriendo y que cada quien se busque la vida como buenamente pueda. Y que les vaya bien a todos. Ya habrá tiempo para sacar cuentas y presentar resultados.
No fue el caso de la relación entre Tomás Moro y Erasmo de Rotterdam, siempre fieles a sus principios, y siempre claros y frontales. No por otra cosa perdió la cabeza Moro, cuando se negó a apoyar las vagabunderías y los caprichos de Enrique VIII.
Qué tristeza cuando un amigo vende su intelecto por un plato de lentejas; aunque sean las lentejas del hombre nuevo.

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