22 sept. 2007

318. Kadaré y las lecturas


Leo El expediente H., de Ismail Kadaré, en una edición de Muchnik de 1993 -por ahí anda una de Alianza también-. El ejemplar que leo me lo prestó Nicolás Melini, ese maestro mío en tantas cosas, pero sobre todo en encontrar lecturas maravillosas. Saroyan, por ejemplo, virus que se difunde por todo el mundo. Azotando a la doncella, de Robert Coover, porque Nico es el lector más tatastán que yo conozco en el mundo. Así que me dejo guiar mansamente por sus recomendaciones. Lo único que le he descubierto yo, y eso porque Tomás Onaindía (otro que tatastanea con furia) me lo recomendó primero, fue a John Fante, nuestro padre antes de cualquier beat o modernos de esos que andan por allí creyendo descubrir el agua tibia con los experimentalismos y el lenguaje de la calle y la heterodoxia y tal. Creo que después de las primeras lecturas de Cortázar, allá por los inicios de los pavosísimos años ochenta ("Casa tomada", "Las babas del diablo", "Ómnibus", "Orientación de los gatos" y, claro que "Queremos tanto a Glenda"), y del deslumbrante descubrimiento de Ficciones por esa misma época (con ese tipo de letra delicioso que la editorial Oveja Negra utilizaba para esa colección de libros marrón; ¿era Oveja Negra?), no había sentido tanta emoción al descurbir un autor como cuando leí Pregúntale al polvo, de Fante. Lo último de él: Al oeste de Roma, díptico de novela y noveleta, o "relato largo y relato menos largo" conformado por "Mi perro idiota" (nada de lo que diga vale la pena que lo diga ahora: sólo léanla) y "La orgía", para morirse de risa.
Pero estaba con Kadaré, y el tatastanismo de Nico y Tomás desviaron mi atención. Estoy con El expediente H., una historia extraña y montañosa. Antes de seguir quiero declarar que es lo primero que leo de este autor albanés (como Olimpia, la madre de Alejandro), y que creo que este libro se parece poco a lo demás; me dio esa impresión cuando leí breves resúmenes de sus otros libros, pero nada puedo asegurar. En este que leo (al que le deben sobrar como 17 páginas, máoméno), dos investigadores irlandeses viajan a las montañas de Albania (estamos en 1935) en busca del origen de la épica, esto es, en busca de los últimos rapsodas que, como lo hiciera Homero hace tres mil años, cantan, componen, varían y enmiendan la epopeya albanesa cuyas raíces se disputa con Serbia en una típica pelea nacionalista y campurusa. Pero no es una novela de aventuras, ni una novela de investigación, ni "de la tierra" (¡no!, ¡qué horror!): el descubrimiento de esta novela son los lahutare, los tocadores de lahute (¿laúd?), los últimos raposdas en el mundo que cantan (e hipnotizan) como lo habría hecho Homero. No; no quiero decir más: quiero que salgan corriendo y busquen esta novela, que soporten el exceso de prosa del principio, y se sumerjan como yo lo estoy haciendo ahora, en este paraíso que es la palabra de Kadaré: Una montaña fría, un instrumento arrimado a la lumbre de una chimenea y un magnetófono grabando todo lo que ocurre: como los ojos del lector que tenga la fortuna de leerla.

1 comentario:

adam dijo...

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