7 sept. 2007

317. El discurso del farsante





En mayo pasado tuve la suerte de visitar Malabo y Luba, las dos principales ciudades de la isla de Bioko, en Guinea Ecuatorial, país que antes estuvo bajo el coloniaje español, una de las tantas pezuñas europeas en el continente africano. Mi visita a ese país se pareció mucho a un viaje a Venezuela donde también se suda a conciencia, las ceibas son enormes y el aire vibra al mediodía a causa de los rayos del sol. Porque, además, Guinea es el único país en el que el español comparte espacio lingüístico con las lenguas vernáculas, como el fang y el bubi, y allí ha ido creciendo una narrativa y una poesía en nuestra lengua que hemos obliterado ignominiosamente, tal vez cumpliendo con el precepto según el cual de Africa sólo nos interesan sus riquezas, no su espíritu.
Pero los entrañables momentos de mi viaje, el cálido afecto de sus habitantes y la poderosa fuerza de la naturaleza no fueron suficientes para ocultar la miseria en la que la mayoría de la población vive; ni los privilegios ocultos detrás de enormes paredes custodiadas por soldados; ni la complicidad callada y oportunista de algunos empresarios españoles, franceses y estadounidenses, siempre pendientes de la cuenta de resultados antes que del bienestar común. Y algo más no pudo ocultar la belleza tropical de Guinea; lo más interesante de todo, lo más singular: el régimen que gobierna Guinea no cuenta con un solo intelectual que avale sus designios. Creo que es el único régimen dictatorial (por lo menos el único que yo conozco) que no precisa de intelectuales para existir. Porque ni la Rusia soviética, ni la Alemania nazi, ni la Cuba castrista, ni otra dictadura que recuerde, dejó de utilizar a los intelectuales que se prestaron a cambio de dinero, honores y atención a sus obritas para maquillar de legalidad y seso lo que apenas era la avispada toma del poder por parte de unos pocos y sacrificar a todos los demás en el altar de una revolución absurda y casi siempre sanguinaria. Confirmé emocionado que los intelectuales guineanos, casi todos en el exilio, no se han prestado para esas vagabunderías. Y deseé en Guinea que los intelectuales de mi país fueran así de valientes.
Vano deseo.





En Venezuela, desde siempre, hay un intelectual a la mano para cada dictador. Rómulo Gallegos les puso nombre en su extraordinaria Doña Bárbara: el dr. Mujiquita, el leguleyo que abonaba con palabras las trapacerías de la feroz doña con el hermoso rostro de María Félix. Pues bien: en mi país nunca ha faltado un mujiquita, el zarrapastroso de turno que hace lo que sea con tal de que sus detritos mentales tomen forma en las páginas de una novela, de un poemario, de un ensayo, y sean celebradas como él cree que se merecen; y él sea condecorado como él cree que lo merece; y sus chistes sean aplaudidos como él cree que lo merece. Todo, a cambio de bajar la cerviz y lamer con juicio la bota que pagará todas sus medallas, todos sus honores.
En Venezuela, estos seres antes se apellidaban Vallenilla-Lanz, Mata y Zumeta; hoy la genuflexión viene tanto de afuera con apellido de aristócrata polaco (Poniatwoska) como de dentro, con apellido mestizo, como debe ser: Britto García. Este señor, Luis Britto García, es uno de los defensores más ilustrados de la revolución bolivariana y el sátrapa que la lidera; economista, escritor, filósofo, intelectual; es capaz de recitar fragmentos enteros de los clásicos y también puede disertar durante horas sobre cualquier cosa, pues es famosa su memoria. Hace 30 años escribió una novela experimental, que yo no he terminado de leer porque es asaz difícil, y tiene no pocos excelentes cuentos, también de hace años; destacaría Helena, una excelente versión de la inocencia.
Pero no se vayan a pensar que este señor, durante los cuarenta años de democracia que precedieron a este chiste que es el chavismo, estuvo arrinconado y marginado por los oligarcas que detentaban el poder; de ninguna manera. Britto García siempre ha sido un intelectual del stablishment; el viejo Estado venezolano que él ha ayudado a desmontar lo cuidó con mimo y fue el beneficiario de viajes, ediciones, premios y demás zarandajas propias del que estaba sumiso al lado del poder, del que brindaba emocionado con un ministro músico y se arrobaba con las palabras de Carlos Andrés Pérez, ese corrupto, hermano gemelo de Hugo Chávez.
Ahora, como buen mujiquita, heredero de los mujiquitas que en el mundo han sido, él escribe del hombre nuevo; ahora reescribe la historia venezolana para comodidad de su nuevo amo y de paso se mete él como precursor de una revolución que quizá ya soñaba cuando hacía lobby en los pasillos del antiguo Consejo Nacional de la Cultura y de la antigua Monte Ávila Editores, con la esperanza de que le dieran sus viáticos, sus invitaciones, sus premios, sus libritos: «En fin, desde la izquierda cultural la palabra insurrecta continuó construyendo un proyecto emancipador en el fragor de la lucha política, en prisión o en los resquicios de nichos académicos o comunicacionales. [...]. Mientras nuestros hermanos guerrilleros, militantes o creadores eran exterminados, desbandados o corrompidos, aprendimos el duro tesón de la hormiga y la subterránea paciencia del topo. Con las herramientas de la idea soñamos una Venezuela original, mestiza, igualitaria, antiimperialista, socialista, integracionista, internacionalista. Se nos llamó los Últimos Mohicanos. Éramos apenas los primeros»[1].
Usted que me lee, quizá no llegue a tener idea de cuánto me repugna consignar las palabras de este farsante, pero cuando las leí supe que si estos nuevos mujiquitas van a reescribir la historia de Venezuela, si van a hacer como Stalin y van a recomponer las fotos de la memoria, por lo menos que no sea con mi silencio, con mi inacción: las pongo aquí y las difundo para que se sepa qué clase de intelectual rodea la barbarie que es la revolución bolivariana.
Pero no acaba. Más adelante, se inventa una historia contemporánea a la medida de su amo, tal como ya hizo el cineasta Román Chalbaud con su Caracazo, la película donde, si lo dejan, le hubiera puesto capa voladora a Chávez (este director, por cierto, antes de hacer su película recorrió no pocas productoras españolas con sus guiones bajo el brazo y tan solo recabó sonrisas ocultas y portazos en la cara). De los acontecimientos del 27 y 28 de febrero de 1989, los saqueos populares y el toque de queda que viví en carne propia, inventa Britto García: «Así, mientras la represión desmantelaba órganos y sujetos del proyecto revolucionario, los intelectuales lo mantuvimos presente hasta que su goteo pertinaz permeó nuevos sujetos de la sociedad venezolana. El 27 de febrero de 1989 se sublevaron en forma simultánea y masiva los movimientos sociales; el 4 de febrero de 1992, las vanguardias progresistas del ejército». Y, ¡voilà!, la mágica palabra de un mujiquita del siglo xxi junta churras con merinas y produce el nuevo discurso histórico; ¡de «forma simultánea y masiva» los movimientos sociales se sublevaron! No sé de qué país habla Britto García, porque en el que yo estaba a las doce del día del 27 de febrero de 1989 no vi «movimientos sociales» sino turbas desaforadas que no robaban para saciar el hambre del estómago sino el hambre de consumo, pues no creo que un televisor de 40 pulgadas, o 20 computadoras sean para dar de comer a los famélicos. Saqueos. Lo que ocurrió durante dos días fueron saqueos de la gente en desbanda, harta de no tener dinero para comprar lo que compraban los estratos altos de la sociedad, en los que se movía —y se mueve, no lo olvidemos— el señor Britto.
«En la hora de la verdad se conoce al intelectual verdadero», termina Luis Britto García. Quizá es una advertencia para él mismo, para que recuerde que el pensamiento que se vende por unos cuantos granos de arroz, no es pensamiento de intelectual sino de borrego asustado y pusilánime que sabe leer mejor que los demás. El intelectual verdadero deja solo a los dictadores en su evidencia, como en Guinea. No se agacha para que el tirano se suba sobre sus palabras, ni pasa ocho horas oyéndolo risueño, aguantando las ganas de orinar a cambio de cien mil dólares y un «si Adelita se fuera con otro». Farsantes.



[1] Ver Rebelión.org: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=55746.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pana, mis felicitaciones. Aquí en Venezuela vivimos en el miedo y el dolor, porque por cualquier cosa nos botan del trabajo o nos acoñacean en la calle los choros de las camisas rojas.
Graicas por ese grito de arrechera qu eno teme llamar a las cosas y los sinveguenzas por su nombre.

Anónimo dijo...

Y lo arrecho es que su último texto lo edita a través de una de las editoriales más capitalistas salvajes que existen: Planeta.

¿Por qué lo no hizo a través de la fundación EL PERRO Y LA RANA?.

Joder, que triste paradoja.

Buen post.