5 sept. 2007

314. Europa, no nos falles


La noche del 14 de marzo de 2004, cuando se dieron los resultados electorales, muchos compartimos el clamor que retumbaba en las voces de muchos jóvenes de Madrid: «¡no nos falles, ZP!». Después del obstinado final de legislatura del presidente Aznar, sordo al clamor antibelicista del pueblo que lo eligió, la llegada de Zapatero era un soplo de aire muy fresco para los que estábamos hartos de los gestos groseros y prepotentes con que Aznar concluía sus ocho años de gobierno —que tuvieron, hay que decirlo, no pocos momentos de acierto, tanto dentro como fuera de España. Yo estaba tan alegre ese día, que le dije eufórico a mis amigos españoles: «hoy he decidido que me quedo en este país para siempre». Y ya llevaba siete años aquí.
Una de las razones para que un venezolano inmigrante se alegrara tanto de que los socialistas regresaran al poder en el único país que habla español de Europa, tenía que ver, como no podía ser de otra forma, con el futuro de las naciones hispanohablantes allende los mares, Venezuela entre ellas. La política española que, en teoría, debería ser la más abierta hacia las necesidades y retos de nuestros países, parecía encontrar en el presidente Rodríguez Zapatero un nuevo interlocutor, menos viciado por los arrumacos con el mediocre y tantas veces torpe George Bush, y menos prejuiciado ante los problemas sociales y económicos que los hispanoamericanos padecemos como una gripe mal curada desde el siglo xix.


Con gobiernos cada vez más corruptos y autoritarios pululando por esos lares, los latinoamericanos estamos cada día más necesitados de un oído sensato que ponga más atención y menos bolsillo sobre América Latina. Siempre he pensado que la riqueza natural de un país es una bendición envenenada, que igual lo lleva al éxito como al más vil de los fracasos. Sobre todo si los que codician esas riquezas cierran los ojos, taponan los oídos y callan las bocas con tal de recibir su parte del botín. Hay momentos en que está en juego algo más que la estabilidad económica o el suministro de recursos.
Europa ejerció un papel fundamental en el siglo xx, consolidando lo que tantas regiones desean desde hace centurias: la paulatina unificación política y económica que aún está en sus inicios y ya se augura auspiciosa aunque no exenta de peligros. El experimento de la Unión Europea tiene las mismas características que el frustrado proyecto de la Gran Colombia, soñado primero por Francisco de Miranda y ensayado por Bolívar cuando lo creyó conveniente. El éxito de la UE es en sí mismo un aval para que su opinión tenga el peso suficiente para tomar en cuenta sus razonamientos. Sobre todo cuando en otro punto del planeta el totalitarismo extiende sus manos con aparente impunidad, y hasta con muecas de sonrisa entre los «guardianes de la democracia», ese sistema imperfecto y perfectible que debe procurar «la mayor cantidad de felicidad posible al mayor número de ciudadanos», para parafrasear a Bolívar, tan perversamente utilizado en mi país en los últimos nueve años.
Muchos ciudadanos de la Unión Europea —entre los cuales se cuentan no pocos políticos, empresarios, banqueros e intelectuales— deberían abandonar de una vez por todas la ingenuidad rousseauniana según la cual en América Latina prolifera la «raza cósmica» y que las revoluciones que están teniendo lugar allí son la panacea para erradicar la corrupción y el mal gobierno que los azotan desde hace décadas.
Al contrario, desearía que alzaran su voz airada y no cesaran de exigir que gobernantes democráticamente elegidos —transformados astutamente en dictadores «indefinidos»— vuelvan al cauce de la democracia y permitan que de verdad sean los pueblos los que decidan su futuro. Europa nunca debería olvidar que Hitler llegó al poder apoyado abrumadoramente por el cultísimo pueblo alemán.
El caso de Hugo Chávez debería levantar algo más que graciosas suspicacias, pues no son pocos los venezolanos cualificados que hace años advierten de la deriva totalitaria del teniente coronel, sobre todo ahora que quiere llevar adelante una reforma constitucional «pintada» según su inspiración personal y sin deseos de que nadie le «cambie los colores» al cuadro que para él es Venezuela. El economista Domingo F. Maza Zavala, voz más que autorizada en el Banco Central de Venezuela, ha dicho en un artículo del 29 de agosto que la propuesta presentada por Chávez a la genuflexa Asamblea Nacional es «una ampliación del espacio económico del Estado y una evidente concentración de poderes» en el presidente. Pero las opiniones disidentes no sólo vienen de entornos adversos: El propio presidente Luis Inácio Lula da Silva, amigo declarado de Chávez, dijo a un diario brasileño que «cuando un líder político comienza a pensar que es indispensable y que no puede ser sustituido comienza a nacer una pequeña dictadura». Y más adelante agregó: «Chávez está proponiendo una reforma en la Constitución. Yo no pido eso porque soy adepto a la alternancia de poder. Creo que ocho años es suficiente para hacer aquello que creo que es posible hacer». (Chávez gobierna desde hace nueve años).
El contraste de Lula con las declaraciones de Chávez en el asfixiante y megalómano Aló, presidente del 26 de agosto, no puede ser más transparente: «Yo asumo la responsabilidad [de la propuesta de reelección indefinida] y se trata de que este ser humano (Chávez) está en el centro de la propuesta, en el centro del debate». En otras palabras: «yo y sólo yo soy el líder y centro del país que es mío de mí».
Ante esta realidad que lamentablemente se ha repetido decenas de veces en América Latina, los escritores nos preguntamos qué hacer. Cuando converso con los escritores latinoamericanos que viven aquí en Europa llegamos a la misma conclusión: Nada bueno traerán a Venezuela las carantoñas hacia Chávez de algunos intelectuales europeos (los saramagos, los ramonets, las regases y las gopeguis que gritan «¡que viva la revolución! —pero que viva lejos») alelados ante su propio espejismo de Utopía americana, ni los inmorales y perversos convenios como los del Alcalde de Londres para recibir gasolina venezolana barata que moverá a precios módicos los pintorescos autobuses de la City (mientras millones de venezolanos piensan qué hacer para acostarse esta noche con algo en el estómago), ni los saludos ignorantes o cínicos como los de Sean Penn o Danny Glover (a quien le han «otorgado» 18 millones de dólares para hacer una película, mientras muchos directores venezolanos esperan a veces décadas para obtener una mísera ayuda de su propio gobierno).
Nada bueno saldrá de esta complicidad light y logrera. Sólo le están dando un generoso compás de espera para que se arme, desmonte el Estado venezolano y emule, cuando se sienta (más) todopoderoso, al primer genocida que se le venga a la cabeza, de Stalin a Mussolini, pasando por Hitler o el mismo rey Leopoldo de Bélgica, ese personajillo patético y peligroso.
Y esa es la razón del título de estas líneas: Europa no debe fallarle a sus convicciones democráticas, que tanto le ha costado consolidar, a cambio de un poco de gasolina, una invitación a unas «vacaciones revolucionarias», o un poco de celebridad. El señor Chávez va a apropiarse de Venezuela y no se irá hasta que la desangre completamente. Es lo que suelen hacer los déspotas cuando se les da todo el poder. Europa en bloque debe denunciar esto y exigir cambios —antes de que sea demasiado tarde. Este guión ya se ha escrito demasiadas veces, y es hora de que los defensores europeos del chavismo se den cuenta de ello. Sólo te pedimos, Europa, que esta vez no nos falles.