27 mar. 2007

283. Retina expuesta

Nuestra retina está expuesta a todo tipo de luces, de imágenes, sobre todo cuando vemos televisión. Nuestra retina tiene una memoria fabulosa y cada grano, cada textura, cada forma nos remiten a un aspecto específico del mundo. No en balde venimos de esos prehomínidos capaces de distinguir la pequeña y apetitosa fruta roja de entre las ramas que la ocultaban. Hoy, esta capacidad sólo nos sirve para clasificar las sopotocientas imágenes que nos llueven a cada momento, por ejemplo, a través del televisor. Ocioso como soy cuando pasan propagandas, me puse a robar y a robar imágenes de la tele, para ver qué es lo que mis ojitos cansados se tragan cada noche; y descubrí que, más allá de la basura habitual contra la que luchamos para seguir viviendo y para no arruinarnos, a veces, y sin nosotros saberlo, la retina se queda con un detalle, con un aspecto que de seguro no fue pensado por el creativo de la agencia para vender su mínimo carro, su detergente perfecto, su alimento feliz de colesterol, sino que fue el paciente trabajo de algún artista que, mientras espera que su obra se haga célebre o por puro amor a hacer las cosas bien, saca tiempo para trabajar en el mundo de la publicidad y aprovecha para llenar las pantallas de los hogares con cientos de imágenes que-ocultas-nos dicen más de nuestro mundo que cien eslóganes o veinte novelas. ¿Cuántas historias comienzan en cada una de estas fotos? ¿Cuántos finales se hicieron aquí?