16 mar. 2007

275. Estigma, llaga y cicatriz


¿Alguno de ustedes se ha preguntado por qué diablos tenemos un hueco en medio del estómago? ¿Alguna vez alguien ha pasado horas mirándose ese hueco y se ha hecho esta pregunta fundamental, en vez de estar pensando en la inmortalidad del cangrejo? ¿Alguno de ustedes ha hurgado en ese hueco, buscando el fondo? ¿Alguien ha pensado, de verdad, en el ombligo? Yo sé las múltiples cosas que se puede hacer con un ombligo, pero nunca he visto (ni leído) a nadie reflexionando sobre él.
Hace muy poco me di cuenta de que el primer estigma de nuestra vida, el primer accidente que sufrimos en el tránsito por este mundo deja como cicatriz eso que conocemos como el ombligo. Antes de nacer, estamos unidos amorosamente a nuestra madre en esa deliciosa piscina que es la placenta por el cordón que nos da de comer y nos hace respirar y justo después de que el partero o partera de turno nos dé el primer golpe de la vida nos separan irremediablemente de nuestro amoroso vínculo y nos lanzan a nuestro albedrío por ahí. Supongo que es el inicio del complejo de Edipo, de quien ya hablaré más adelante. Y ahora que lo pienso, ¿los bebés que nacen en probeta tienen el mismo huequito que nosotros? ¿Hay algo que los una a la probeta que los cuida y hace crecer?
En fin, que el ombligo es nuestra marca de fábrica, lo que nos identifica como primates, porque, hasta donde he comprobado, no he visto el ombligo de ninguna otra clase, y no es que tenga el morbo de hacerlo. Pura curiosidad. EL ombligo de un elefante debe de ser un acogedor lugar para dormir.
Todo el mundo ha visto los innumerables anuncios publicitarios donde una chica en bikini, con la camisa anudada o como sea levanta sus brazos y nos enseña inocentemente su marca de fábrica sobre su vientre liso como el mármol, mientras los que acusamos recibo nos quedamos embobados, concentrados sobre el misterio que se esconde detrás de esa oquedad llena de sombras; metáfora, como le hubiera gustado decir al mono desnudo Desmond Morris de los orificios que nos inducen al placer y la procreación. Aunque no todos los ombligos son oquedad, los hay puntiagudos que más recuerdan a un calvo y estoy seguro de que Freud los habría llamado ombligos fálicos. Pero de que son atractivos, lo son, porque si no, no estaría tan de moda usar un pendiente justo en el borde, como s de una oreja se tratara. A que es bonito eso. Una marca sobre otra marca.
Porque a eso hemos venido esta noche aquí, a hablar de estigmas, llagas y cicatrices. En ese orden. El estigma que es la «picadura», según el diccionario, que deja la llaga (sinónimo también de estigma) que produce la cicatriz, así ocurre el proceso y por eso digo que el ombligo es una cicatriz, la cicatriz del estigma que es nuestro nacimiento.
Pero a pesar de ser el primero no es el único que podemos tener. Ahí tienen al pobre rey Edipo, que por estar desafiando las órdenes de los dioses terminó matando a su padre y casándose con su madre. Lo que lo obligó a sacarse los ojos, estigmatizarse y concluir sus días viajando por el mundo en compañía de su hermana-hija. O Prometeo, que por estar robándose el fuego de los dioses fue condenado a llevar el estigma toda su vida, y eso de quedarse sin hígado todos los días no debe ser muy agradable. Y no sólo la mitología griega es pródiga en estigmas, en la Biblia obligan a Sansón a cambiar de estigma, y de cabellera larga que da fuerza pasa a la ceguera, que finalmente le servirá para acabar con los filisteos. Aunque con esto de la ceguera hay que hacer la salvedad de que un ciego célebre, Jorge Luis Borges, lo consideraba un don en aquel bonito poema en el que casi le agradece a Dios haberle dado al mismo tiempo, los libros y la noche es decir la ceguera. Y las siete plagas de Egipto que Yahvé envía por solicitud de Moisés: no se olvide de que llaga proviene de plaga y una marca en el faraón dejaron, por lo menos para que los dejara a los judíos huir. Finalmente tenemos a Jesús, el Cristo sufriente crucificado, con corona de espinas y lanceado, metáfora perfecta de nuestra religión sufridora y pesimista. Deberíamos tomar conciencia del estigma que significa para nosotros tener esa imagen como icono del cristianismo. ¿Es que alguien ha visto a Krishna sufriendo? No, él es azul, toca flauta y está bailando con sus esposas. ¿Está coronado de espinas Buda acaso? No, es un gordo que está sentado y feliz. ¿Alguien ha visto a Confucio torturado? No, Confucio es un hombre sabio que siempre tiene la palabra precisa. Un poeta venezolano, José Antonio Ramos Sucre, escribió esto días antes de pegarse un tiro en Ginebra: «Crecí en la casa donde todo estaba prohibido». Lo que pasa es que vivió en la casa de su tío, que era cura. Sin embargo, esta continua prohibición nos ha hecho tener eso que los historiadores llaman «alma fáustica», que nos obliga a querer conocerlo todo, a investigar y a tratar de llegar a donde nadie ha llegado. Porque nada hay mejor para la aventura que la mano que prohíbe. El estigma de la civilización occidental es al mismo tiempo su condena: ir hacia delante, cada vez más, hasta el infinito. Estar más allá del bien y del mal, como quería Nietzsche.
La estigmatizada más famosa es Teresa de Jesús, en realidad es famosa la escultura que Bernini hizo de la santa. Para nadie es un secreto que el éxtasis con que es representada fácilmente es comparable con el gozoso momento de una mujer excitada, sobre todo por la sonrisa entre pícara y placentera del ángel que le clava la saeta.
Y del estigma de Edipo a las llagas de Santa Teresa tenemos el espectro que va del castigo al premio, porque así se pueden entender las marcas en nuestro cuerpo: o el castigo del torturador que aplica electricidad en los genitales al guerrillero o el hueco inofensivo que una madre hace a su pequeña hija en la oreja, en el momento de nacer. Ambas, sin embargo, marcas que van a ir dándole forma al cuerpo, como el ombligo que se instaura como el centro de nuestro mundo.
El cine ha recogido el mito del conde drácula, ese estigma que estigmatiza a todo el que muerde convirtiéndolo, a su vez, en una criatura de la noche. Y hablando de la noche, todos los que hemos visto películas de hombres lobo sabemos de qué manera un hombre se transforma en el animal. Ese animal que en los cuentos infantiles medievales era el sinónimo de los peligros del bosque. Pero también un actor puede quedar estigmatizado con un personaje, como Paul Naschy, que no podemos sino recordarlo haciendo de hombre lobo, igual como recordaremos siempre a Bela Lugosi como Drácula o a Boris Karloff como Frankenstein, a pesar de que Robert De Niro intentó con gran fracaso usurpar su puesto. Y saliéndonos de las pelis de terror, ¿quién no recuerda a Johnny Weismuller haciendo Tarzán, si murió anciano y decrépito dando gritos de mono como un loco en el hospital donde atendieron sus últimos días? ¿O quién no recuerda a Guy Williams haciendo en la tele del Zorro, ese malhechor pro-hispánico, que siempre tuvo la suerte de su lado a la hora de dar al traste con los planes independentistas de los californianos? Guy Williams, el mismo que hizo el doctor Robinson en el antiguo Perdidos en el espacio. Y ya que estamos en el espacio, actores famosos y marcados por sus personajes: Leonard Nimoy, mejor conocido como el dr. Spock de Viaje a las estrellas, Jonathan Harris, mejor conocido como el dr. Smith de Perdidos en el espacio. En televisión española recuerdo las películas de Marisol, cuyo estigma es ser aquella niña que cantaba la tómbola y hacía correr su caballito y de la que todos nos enamoramos alguna vez. Y de la televisión venezolana supongo que el gran estigma que la marca es el de las telenovelas, que todos hemos visto, aunque sea a escondidas.
Por último, quisiera dejar flotando esta idea en el aire: en nuestro mundo contemporáneo nada ya es reconocible si no tiene las marcas, los estigmas encima. En estos días un amigo mío me dijo que había leído la Fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa, y yo le pregunté qué le había parecido. Él me dijo que se preguntaba que si la hubiera presentado él en la editorial la habrían publicado, con lo cual no supe si era porque no le había gustado o porque se sentía preparado para escribir así. En todo caso es el sello, es la marca lo que da el aval. ¿O es que no diferencian las hormigas por el olor las cosas vivas de las muertas? ¿No se huelen los animales entre sí para saber si es amigo o enemigo? ¿Vamos a ser menos nosotros, primates poseedores de una marca desde el nacimiento, nuestro ombligo querido fuente de enigmas y placeres?
(Leído en el Café Moderno, Salamanca. 3 de abril de 2000)

3 comentarios:

islabel dijo...

¿Salamanca? el café moderno... extraño lugar para recitales y poesía. Extraña ciudad salamanca con sus calles llenas de gente y con sus lúdicas actividades para estudiantes, un parque temático. Me gusta lo que escribes. Un saludo.

ARCANGELVULCANO dijo...

No lo había leído. Hoy lo disfruté de principio a fin. Simplemente maravilloso. En verdad las reflexiones que nos haces sobre los estigmas y el ombligo son intensas.

Me vinieron a la mente cientos de personajes emblemáticos de la televisión venezolana, como Renny Otolina,Doris Wels, Doña Amalia Pérez Díaz;Tomás Henríquez; También escritores como José Ignacio Cabrujas.

De las series internacionales me vino a la memoría Bruce Lee, con su célebre película operación dragón. Del cine méxicano el inolvidable Mario Moreno "cantinflas" con su peronaje casi que disparatadamente quijostesco; también a Pedro Infante; María Felix;Jorge Negrete. De España recuerdo a la inolvidable Rocio Durcal. De EEUU a Charles Bronson, que por cierto el maestro Roberto Echeto recordó más recientemente en su exquisito blog. De la música recuerdo a Nino Bravo; John Lennon;George Harrison y al inmortal Elvis Presly.

Juan carlos, en realidad, lograste despertar muchos recuerdos con tu trabajo, ¿Será que los tenemos en el ombligo?

Un gran saludo.

Anónimo dijo...

El ombliguito de la foto y la cereza me hicieron muy feliz.
También tu reflexión.
Viva Silke y toda su familia, donde quiera que esté...