12 mar. 2007

271. Entre Roma y la Edad Media

Estoy leyendo un estupendo libro, La caída de Roma y el fin de la civilización, de Bryan Ward-Perkins (pronto saldrá en Espasa traducido por David Hernández de la Fuente, mi sufrido profe de griego), y se me ocurrió que si complementaba esta lectura con Literatura europea y Edad Media latina, de Ernst Robert Curtius, un libro que he picoteado todos estos años pero que no me había puesto a leer en condiciones por tantas razones que la pereza da, podría responder, o encontrar indicios de respuesta, a una pregunta que me hago desde que estudiaba Letras en la universidad: ¿Qué literatura hubo entre la Eneida y la Chanson de Roland? Es decir, siempre me he preguntado cómo fue el proceso que llevó a Europa de la literatura grecolatina a los cantares de gesta, cuál fue el hilo conductor. Siempre supuse una (vaga) respuesta, pero nunca estuve seguro si el camino que seguía era el correcto. Me limitaba a tratar de leer de todo y sobre todo lo que más o menos hablara de la época, desde San Isidoro de Sevilla a las novelas bizantinas; Dante, Boecio, Los Nibelungos, Beowulf, Borges, Chesterton, Elliot, Goethe, en fin, lo que fuera; pero no entendía cuál era el camino para establecer algún tipo de conexión entre ese erudito siglo de Augusto y las sabrosas imágenes de los autores de los cantares de gesta, entre los cuales debemos poner siempre en lugar especialísimo a ese (hipotético) Per Abat -autor según algunos estudiosos del Poema de Mio Cid- por los conmovedores versos que nos regaló, los de un Rodrigo Díaz de Vivar pasional, pícaro y llorón, el que se muestra con los sos ojos, tan fuertemientre llorando, tornaba la cabeça y estava-los catando, vio puertas abiertas e uços sin cañados, alcandaras vacías sin pielles e sin mantos, e sin adtores e sin falcones mudados, y el mismo que se coloca su sonrisa más hipócrita para engañar a dos avariciosos judíos, los vilipendiados Raquel e Vidas, los mios amigos caros, les dice. "Amigo ratón del queso", debieron pensar los prestamistas hebreos para no perder el platal que les robó.
Total, que me disperso.
Llegué a la conclusión de que una manera curiosa o por lo menos divertida de buscar la respuesta a mi ya larga duda era atacando el periodo por dos caminos: uno de ida y otro de vuelta. Mientras Bryan Ward-Perkins hace un entretenido y (sin tapujos) contradictorio recuento de cómo fue deshaciéndose el imperio romano y se fue convirtiendo en la Edad Media que más o menos nos imaginamos (pero muchas sorpresas depara ese libro, como que no sólo se trató de la invasión de unos energúmenos que destrozaron todo lo que encontraron a su paso), Curtius hace a su manera el camino inverso para tratar de demostrar que la Edad Media tiene mucho de latina y por lo tanto es necesario hurgar en esos siglos V, VI, VII, VIII y IX para entender la tesis que él propone y a la que condimenta con muchos suculentos ejemplos. Y creo que, a pesar de que la cantidad de información que me estoy metiendo entre pecho y espalda está a punto de provocar el cuelgue de mi disco duro, me parece entrever el hilo literario que condujo la imaginación europea de las desdichas de Eneas y Palinuro a los troníos ensordecedores del olifante en Roncesvalles. El deseo de contar, la fuerza de la imaginación no desapareció como es de suponer en todos esos siglos, sino que se transformó y se adaptó a las circunstancias; y ya hace tiempo que eso que llamábamos Edad Oscura ha emergido con toda la intensidad de su luz. Sólo nos toca a nosotros acercarnos suavemente a ella y bañarnos en sus destellos.
Sobre todo ahora que nos parece que se apagan los bombillos.