10 mar. 2007

269. Democratura


Anoche fui hasta la sede madrileña del Instituto Cervantes en busca de mi ejemplar de El segundo círculo, de mi querido Ernesto Pérez-Zúñiga, novela que ya está en la calle y de la que hablaré muy pronto; y en mi búsqueda literaria antes me topé con una conferencia sobre Europa y el Mediterráneo del escritor bosnio-herzegovino Pedrag Matvejevic, que en principio me aburrió un poco pero que de pronto me interesó por dos ideas luminosas que este emigrante europeo lanzó en perfecto italiano: en primer lugar habló del peligro de la tradición. Interesado en que el Mediterráneo no viva solamente de las glorias pretéritas, dejó claro que mientras se aferre a su pasado épico estará atrapado por él, y recordó que los regímenes fascistas y totalitarios (como los de Franco o Mussolini) se sirvieron de la tradición para justificar su propio y atroz presente. Pensé de inmediato -¡cómo no!- en el actual y ridículo enaltecimiento de nuestro pasado bolivariano, que nos tiene podridísimos a más de dos por aquí, y que sólo sirve para que una caterva de mediocres, fanáticos e ignorantes se arrimen al mingo de la abundancia petrolera embutidos en una banderita de tres colores y cobijados bajo el recuerdo distorsionadísimo de Bolívar, ese virus que padece Venezuela desde hace tanto tiempo. Y mucho más pensé en mi país -y otros países de América- cuando el señor Matvejevic soltó este vocablo: democratura. Según él, hubo -y hay- pueblos europeos que no han aprendido a vivir en un verdadero sistema democrático y por eso han -no explicó cómo- diseñado sistemas que en apariencia son democracias pero que funcionan en la práctica como dictaduras, y por eso las llama democraturas. Creo que no dio ningún ejemplo europeo (¿Rusia puede ser un caso válido?), pero, ¿adivinen en qué país estaba pensando yo cuando hablaba de eso? Pues sí, chico, en nuestra querida Pequeña Venecia. Porque, ¿a que lo que estamos viviendo en nuestro país cada vez más se parece a una democracia que en la práctica funciona como un régimen dictatorial cuando el todopoderoso cierra televisoras, le da una patada en el trasero a sus colaboradores más cercanos como Aristóbulo Istúriz, Walter Martínez o José Vicente Rangel (por más que ellos sigan perrunos y fieles), regala dinero sin consultar con nadie como si de su hacienda particular se tratase, condiciona el bienestar de los ciudadanos a la cantidad de fidelidad que sepan expresar, o simplemente le cambia la dirección de carrera a un triste caballo o coloca una miserable estrella en los símbolos patrios? Yo temblé al oír la palabra democratura, porque sentí que detrás de ella alguien repetía, luctuoso, "¡Venezuela, Venezuela, Venezuela!". Y sabía que no se trataba sino del canto de un cisne tosco y mediocre.

2 comentarios:

Diego Rojas Ajmad dijo...

¿Democratura? ¿Dictaducracia? Quizás tengamos que regresar a los sabios consejos de Confucio y devolver a las palabras su significado original: "Qué el padre sea verdaderamente un padre; que el rey sea verdaderamente un rey; que el hijo, un hijo"...

Anónimo dijo...

Algo interesante es que en esteo ocho años hemos pasado de la democratura a la dictablanda, y en momentos concretos a la dictadura, para volver a la democratura. Piensa en febrero del 2005 cuando las fuerzas armadas, policiales, y hasta grupos paramilitares torturaron y asesinaron decenas de venezolanos que protestaban contra a negativa de Chávez a hacer el referendum...