25 nov. 2006

258. Otro sábado con la literatura venezolana, ahora inmigrante

Esta vez nos toca el turno a Juan Carlos Méndez y a mí por la publicación aquí en España del segundo volumen de Inmenso estrecho, una serie antológica de la editorial Kailas que pretende llamar la atención sobre uno de los asuntos más importantes en este país (y en Europa): nosotros, los inmigrantes (nietos de Vicente Gerbasi, ese poeta blakesiano de Canoabo).
Varias decenas de escritores colaboran en los dos volúmenes de esta excelente idea, cuyos beneficios estarán destinados a la ONG Red Acoge: Nicolás Melini, David Hernández de la Fuente, Andrés Neuman, Jorge Eduardo Benavides, Fernando Iwasaki, Santiago Roncagliolo, Ernesto Pérez Zúñiga y su hermano, José María Pérez Zúñiga + un montón más de entusiastas contadores de cuentos. El libro fue presentado en la FNAC de Callao el jueves pasado y lo comentan hoy en la Babelia, de El País; yo les dejo, además, el cuento con el que he participado, La mirada de Rousseau, que espero disfruten (y, a los que estén aquí, que les estimule para comprar el libro y colaborar con la causa):



La mirada de Rousseau

Entra al bar acostado en su coche, mullido, empujado por su madre. Todos suspenden por un instante su actividad cotidiana para atenderlo; hasta las moscas dejan de sorber el azúcar de las tazas cuando hace su entrada, casi triunfal, en el espacio de esa mañana de domingo. Sus ojos rasgados producen en quienes lo miran una ternura inmensa, casi dolorosa. Durante un minuto es el protagonista del bar: nadie se pierde el más pequeño de sus movimientos, como si se tratara de una estrella de rock a punto de cometer alguna barbaridad. También el hombre que está en la esquina le sonríe unos instantes antes de proseguir con su lectura: ha comprado, como siempre, el periódico más abultado y, saboreando el aroma del café y el cruasán, sigue los acontecimientos del mundo en el orden en que el dueño del diario se los presenta: la portada de colores, con fotos de las noticias más importantes (él se detiene, sin embargo, en los recuadritos más pequeños, con la esperanza de encontrar una noticia aunque sea negativa de su país), el anuncio de los suplementos con suculenta lectura de séptimo día, las noticias internacionales, los líderes del mundo sacándose los dientes, la opinión de los expertos, el editorial, la caricatura que casi siempre es lo más agudo. Nada. Ninguna noticia de su país (¿habrá, finalmente, desaparecido?), ni siquiera en los indicadores económicos. Una moneda tan devaluada no tiene cabida en el concierto de los millones. Su país es insignificante en medio de la avalancha de progreso y bondad que abunda en los periódicos. ¿Fue esa otra razón para que él se fuera, para que estuviera tomando café en este bar, una mañana de domingo a miles de kilómetros de su vida pasada? No es fácil detectar estos sentimientos nuevos, inmigrantes en su corazón, sobre todo cuando se perciben con la inocencia de quien descubre un continente. No pocas veces las lágrimas han saltado a sus ojos, intempestivamente: los asesinatos, las injusticias y los logros de los menos capaces producen en él una emoción que se guarda de reprimir, no vaya a ser que el dueño del negocio se dé cuenta de su estado de ánimo y lo eche por raro,
—¡Cómo se le ocurre llorar en mi negocio!— gritaría.
Así que las lágrimas permanecen sentadas en el borde de sus párpados, como espectadores expulsados de un partido que se desarrolla en las ventanas del mundo. Aunque alguna de esas lágrimas, es cierto, desearía probar el vértigo que se siente cuando se desciende por las mejillas a toda velocidad, como hacen los esquiadores finlandeses. Nadie percibe las lágrimas del hombre. Nadie, salvo el bebé de ojos rasgados que ha entrado triunfante a la cafetería, mimado por todos y cada uno. Tal vez haya una conexión entre ellos dos, piensa el hombre de la esquina que vuelve a levantar la mirada en dirección del niño. Tal vez, imagina, este niño ha recorrido los mismos kilómetros que yo y los soldados finlandeses de sus ojos están listos para lanzarse por sus mejillas, para pedir comida o un poco de calor. Los ojos del niño: dos universos horizontales, verdes o azules, que miran al hombre con curiosidad; en su corta vida no ha visto a nadie llorando como él ha aprendido a hacerlo cuando quiere que le satisfagan sus caprichos. ¿Ya sabe que cada movimiento suyo produce una reacción de alarma en la madre, en el padre, en los abuelos? Y si no lo sabe, lo lleva grabado en el genoma. Con esas lágrimas —desgarradoras a veces— se ha asegurado teta, calor y cama en abundancia.
Por eso el bebé mira con atención; todos los ojos sobre él y los suyos sobre las lágrimas del hombre: un espejo que se refleja en otro hasta el infinito. La madre lo saca del coche y lo enseña a caminar, mientras el padre y todos los mayores celebran los primeros pasos. El bebé sonríe y mira a los gigantes con sus ojos de colores; suficiente argumento para que todos pierdan el interés por el resto del universo. El café del hombre de la esquina se ha enfriado, pero él no se ha dado cuenta porque el análisis de la realidad política que hace el próximo premio Nóbel de Economía lo mantiene en ascuas: ¿tan terrible se presenta el próximo milenio? La mosca, una entre millardos, se desliza hasta el borde de la taza para hurtar el dulce que queda en el café sin que el hombre —¿otra vez con lágrimas en los ojos?— se percate ni aparte la atención de los índices nutricionales de los próximos cincuenta años. La algarabía que se ha formado alrededor del bebé excita a todo el mundo y reduce el espacio del jolgorio a sus maromas, consciente, demasiado consciente de que es el centro de atención. Ni siquiera el dueño del local, pendiente todo el tiempo de las ganancias de su negocio, se percata cuando el chico de la chaqueta de cuero entra en el local y se arrima a la barra.
—Vodka.
No tanto por el escueto mensaje, sino por lo temprano del día para comenzar a beber algo tan fuerte fue lo que llamó la atención al dueño del local; sin embargo, acostumbrado a no hacer preguntas sino a vender con cordialidad de acuerdo a las leyes —pocas prohibiciones quedaban en su estructura mental—, sirvió la bebida en un pequeño vaso. El chico de la chaqueta de cuero dio cuenta de un solo trago de la mínima cantidad y con un golpe seco colocó el vaso sobre la barra. El camarero cogió la botella, sabía que el cliente le iba a pedir otra ración. Como en las películas de vaqueros. Son trucos que se aprenden con la experiencia y se notaba que el dueño de la cafetería tenía varios años en esto del negocio hostelero. Nunca alguien que pide algo tan fuerte en la mañana bebe poco. La artimaña para que gaste mucho es servirle su droga en pequeñas dosis, por «paquetes continuos», como los fragmentos de luz que se desplazan por el aire e inciden sobre los ojos del bebé y las lágrimas del hombre de la esquina, que se debate entre el llanto operático y el grito contenido ante las noticias de golpes de estado y atropellos, soldados cargando sus fusiles y niñas violadas con la venia de los jueces en cada rincón del planeta donde todo esto se desarrolla. Menos en su país. El dueño de la cafetería sabe mucho, por algo es el jefe.
—Leche.
Levanta la botella, que queda suspendida en el aire.
—¿Qué?
La mano baja y coloca el vodka en su lugar, sin obedecer la orden de ninguna neurona del cerebro. Quizás no ha oído bien, la algarabía de los clientes por la presencia del bebé y sus maromas tal vez lo hicieron escuchar mal.
—Un café con leche, ¿no?
Sonríe, listo para colocar en la máquina una taza más, un euro más para su bolsillo. Pero la respuesta lo congela.
—Quiero leche— dice el chico mirando al bebé.
La perplejidad del dueño del local es tan breve que ni siquiera él mismo la percibe, apenas es capaz de recordarla una vez que ha sucedido. De inmediato coloca un vaso largo y reluciente en la barra y lo llena de leche entera, de la que usa para hacer los espumosos cafés. Y tal como ocurrió con el vasito de vodka, el chico de la chaqueta de cuero despacha el cremoso líquido de un solo trago. El padre del bebé se acerca a la barra, alegre como debe ser, y entre risas y promesas paga los bollos y las bebidas que toda su pandilla ha consumido. Con algo de tristeza, con la desolación de la cotidianidad, todos se despiden del bebé, que alza los bracitos para saludar: ya se trata de una estrella de Hollywood. Regala una última mirada al hombre de la esquina, comprendiendo su dolor mientras lee. El hombre levanta la cabeza y se cruza la chaqueta de cuero del chico antes de fijar la atención en el bebé.
—¡Gú!— dice, y el hombre cree oír en ese balbuceo una vaga advertencia.
Recorre el bar: la gente ya va saliendo y ve un vaso vacío, untado de leche que se escurre hacia el fondo. «¡Gú!», y el niño abre más los ojos; aún no es posible detectar los vanos sentimientos de la angustia, el palpitar del estrés de sus pupilas y cómo bate los brazos sin saber si saluda o avisa. «¡Gú!», y el corazón se le oprime, aunque el hombre supone que se trata de la reacción natural del que lee un periódico por las mañanas. La mezcla de desgracias, éxitos y premoniciones puede desolar al espíritu más resuelto. Sin terminar de salir —una estrella apura hasta el último segundo de su gloria—, el bebé repite más alto: «¡Gú!», con una voz que vaticina melodiosas frases de barítono, pero el hombre no está preparado para entender el lenguaje de los que acaban de llegar al mundo, quizá de la misma forma como muchos de sus vecinos no le entienden cuando habla en su lengua nueva y lejana. «¡Qué ojos tan bonitos los de esta criatura!», es lo único que atina a pensar mientras se seca un hilillo de lágrima prófuga. «Adónde vas, llanto mío», resuena en su cabeza y no sabe si es el recuerdo de un verso o una súplica de su estado de ánimo. Cuando finalmente el bebé sale, la alegría del universo se desvanece, como si fueran granos de polvo que nunca hubieran existido.
Otros cuatro clientes se marchan.
El hombre de la esquina sigue leyendo el periódico, ocultando sollozos a veces, disimulando la risa súbita después. Son los efectos de las noticias que pasan una detrás de otra frente a sus ojos, desde donde sus lágrimas esperan sentadas, aburridas. El arte, los toros, las efemérides; el horóscopo le anuncia una semana relativamente tranquila y en paz. Nada de qué preocuparse entre miércoles y viernes. Su reino no es de este mundo, lee sonriendo mientras piensa que estos astrólogos no saben ya qué hacer para engancharlo a uno en sus desvaríos. El chico de la chaqueta de cuero aún sostiene en su mano el vaso vacío, teñido de leche, y el dueño de la cafetería nota que un bigotito blanco sobre el labio superior le da un aire infantil, como si el bebé que acaba de marcharse lo hubiera dejado a él como heredero de sus gestos, de sus costumbres de lactante. Percibe que habrá una media hora de descanso antes de que aparezcan los clientes de las once de la mañana, los que vienen a probar algo para irse con sus familias a dejar que el domingo caiga como una premonición. Ya lo sabe, tantos son los años de experiencia, y por eso aprovecha para guardar unas cajas de cerveza que han estado toda la mañana mal puestas sobre la barra. Un hostelero que se precie no tiene su local tan desordenado.
El chico coloca el vaso sobre la mesa. Se limpia con la manga la boca —en el dorso de la mano lleva tatuada a la virgen de los sicarios— y se vuelve hacia el hombre que lee llorando el periódico: todo ocurre en un instante, mientras el dueño del local recoge el vaso para lavarlo.
—¡Maldito, regresa de donde viniste! ¡Viva nuestra tierra libre!
Tres detonaciones enormes y secas abren la cabeza del hombre que en la esquina lee el periódico, ahora manchado de rojo, como si la sección de sucesos, llena de muertos y atentados, hubiera reventado como una ampolla mal curada, como si toda la sangre del mundo, la que el futuro premio Nóbel de Economía vaticinara para el próximo milenio, se desparramara en una sola página frente a los ojos asombrados del hombre que llora por las palabras. El dueño del bar no reacciona; en todos los años de hostelería no se había entrenado para algo así; y el chico de la chaqueta de cuero, con la pistola caliente en la mano, patea la puerta y se lanza dentro de una camioneta oscura que lo espera afuera y que ya arranca, sin dar tiempo a ninguna reflexión. El hombre de la esquina yace muerto y, por fin, las lágrimas saltan de sus párpados, felices de probar el vértigo de los esquiadores finlandeses.

9 comentarios:

Icen dijo...

Estimado Juan Carlos que sigan así los sábados, por acá todos muy contentos, salió algo en el Impulso sobre Inmenso estrecho II, ahora te mando el pdf

victor_marin dijo...

¡Felicitaciones Juan Carlos! Así tendrán los españoles la oportunidad de seguir leyendo talento venezolano por allá por Madrid (luego de haber leído en estos días a Alberto Barrera e Israel Centeno claro),

Un abrazo

Anónimo dijo...

paisano, no desmaye nunca en ese oficio de pregonero de nuestra cultura.

Anónimo dijo...

Excelente cuento. Desde el punto de vista formal me gustan los movimientos de escena, excelente cámara... La nostalgia del inmigrante, la esperanza que representa ese eros particular y el acto violento, se conjugan para sorprender al lecto e impactarlo como me pasó a mí...
Felicitaciones...

segundodebut dijo...

Muchas felicidades!
Me lo voy a pedir para Reyes.

Juan Carlos Chirinos dijo...

Gracias a todos, muchachos: seguimos pa'lante hasta donde nos dejen!

Gustavo Valle dijo...

!Enhorabuena, Juan Carlos!

Anónimo dijo...

Felicitaciones Juan Carlos por todas esas iniciaticas en las que participas. Me fascinó tu cuento, es desgarrador; lograste habilmente distraernos hacia los ojos rasgados del bebe,y aunque el final es algo trágico y triste,también pudiste hacerme reir, sobre todo, porque me hiciste comprender que aún conservo firmemente "grabado en mi genoma" las tendencias del bebe, lo digo por eso de andarse asegurando "teta,calor y cama"...¡buenísimo vale! gracias a tu cuento ahora me siento como un bebe...

Anónimo dijo...

¿Y te sentiste contento al lado de Isaac Rosa? ¿El irreductible y bien pagado camarada Rosa?