7 nov. 2006

242. Ay, qué noche tan preciosa

Para Fedosy, hermano Chang


Dieron las doce.
Creyendo que ya amanecía, Verles se levantó rápido, seguro de que ése era el día más importante. Corrió hacia el baño mientras pensaba que para ser las cinco de la mañana el cielo estaba aún muy oscuro; sobre todo porque un insecto extrañísimo voló a su alrededor, como un presagio. No tenía reloj, fue hasta su computadora: 02:30 a.m., «¡coño, es de madrugada!», se dijo. Pero eso no importó. Igual su cumpleaños había comenzado y no estaba dispuesto a perderse ni un solo segundo. Se vistió con parsimonia, escogió su mejor traje, al fin y al cabo era su cumpleaños y se merecía —al menos por esta vez— los más insólitos cariños. Se aplicó con justicia el perfume que guardaba en su baño y bajó.
El portero del condominio dormitaba; total, tampoco es que los ladrones fueran tan trabajadores como para esperar hasta esa hora antes de meterse al edificio, ¿a abrir cuál puerta con cien candados? Salvo que viviera un senador, o un millonario —no era el caso— allí entraría un comando de secuestradores, y tampoco contra ellos podría (ni hubiera querido) hacer nada. Verles caminó con sigilo, para no despertarlo, pobrecito. Solamente lo ha escuchado Pancho, un felino negro emblema del edificio, único vigilante despierto.
En la calle había un extraño ruido que Verles atribuyó a los aires acondicionados funcionando. No se preguntó qué hace un aire acondicionado encendido a esa hora de la noche; ni siquiera le pareció extraño, porque ése era el día de su cumpleaños y debían ocurrir las cosas como en el cine: la tradición enseña que la realidad imita al arte, y por eso aquella noche debía comenzar de esa forma. Musiquita en off y todo. Las dos primeras cuadras no percibió nada extraño, a pesar de los aires acondicionados, sólo el frío intenso de esa hora que rueda, y unos cuantos papeles escapados de sus recipientes. Más adelante, un perro hurgaba, junto a su amo o lo que pareció ser su amo, una gran bolsa de basura. Verles se ajustó una gorra que se había cuidado de llevar y se abrazó a sí mismo, pensando que sería una buena postura para un plano americano. Igual a Bob Dylan en la carátula de Freewheelin’; texto por el cual aguzó su oído a ver si hallaba, de alguna manera, la respuesta en el soplo del viento nocturno. Eso sí: los ruidosos pasos de Verles espantaban a los gatos que se hallaban en cada rincón. El ruido persistía. Muchas cuadras antes, el vigilante del edificio continuaba dormido, a pesar de que la cabeza apoyada sobre el filo de la mesa lo hacía soñar cosas muy pesadas: amasaba las arrobas de la conserje, por más que empeñaba toda su libido en amar a la del piso 17, una niñita de ojos rasgados, que usa un collarcito de perlas alrededor de su cuello y mira al suelo como si ella tuviera la culpa, la misma —¡qué casualidad!— que sube el ascensor con Verles todas las tardes y lo baja todas las mañanas siempre mirando al suelo y Verles sospechando que la cosa es con él. El vigilante dormitaba, pero no tanto como para pasar desapercibido el ruido de los aires acondicionados, tan fastidioso y que no quiere dejar dormir. Se levantó y caminó por el estacionamiento, porque está diseñado para sentir la necesidad de cuidar. Nada lo estaba esperando, así que decidió regresar a su puesto donde ya Pancho de ojos verdes se ha instalado, calientico. Verles vuelve a entrar al edificio y esta vez saluda, conversa con el vigilante; el ruido del aire acondicionado no los deja ni por un segundo, pero ellos no quieren percatarse. Verles le pregunta por una arepera cercana, y casi le dice al vigilante
—Es que hoy es mi cumpleaños,
pero tiene miedo de parecer muy solitario. (No, si no lo parece; tan sólo busca a las tres de la mañana una arepera dejando el lecho del celoso esposo, etcétera, se dice). El vigilante le indica una «donde venden unos batidos buenísimos». Vuelve a ajustar su gorra y sale del edificio, en busca de la arepera a cuatro cuadras, abierta para los noctámbulos y sin casa. Verles se sienta frente a una pareja que está leyendo y trata, por curiosidad, de escuchar... nada, no entiende nada y el muchacho está más interesado en besar a su pareja que en estar recitando versos a las tres de la mañana; así que se dedican a darse unos intensos besos que aportan más a la poesía que cien sonetos clásicos. Verles se hace el desentendido, pide su arepa de pollo con queso de mano y su vaso de leche. Él piensa con satisfacción en los dos amantes de la arepera y se dice feliz que también en su cumpleaños tiene cabida el amor. Es su cumpleaños, lo entiende todo el mundo y acciones, sólo quiere ver acciones. El único detalle que no ha resuelto es el de si tiene que ir a trabajar esa mañana: decide que sí, que también la cotidianidad debe ocupar un lugar importante dentro de su cumpleaños. Allá viene el vigilante, ¿con quién dejó el edificio?
—Pancho, mi gato, cuida, no hay problema,
dice; pide una arepa y sucede justo lo que Verles temía: se le sienta a un lado, cordial. Él responde con el mismo afecto, sólo porque es su cumpleaños y también la camaradería intersocial debe existir, el día de su cumpleaños es un día universal, al fin y al cabo sólo ocurre una vez al año. El vigilante pide una arepa de pollo con queso de mano, igualito que Verles, y comenta que «en Barquisimeto las putas, al salir del trabajo comen así —antes de acostarse— en una arepera muy parecida a ésta». Verles ataja: el vigilante ha utilizado la frase tal cual; conque sabe usar los guiones y el pronombre «ésta» con acento y todo: también debe existir exactitud lingüística en el cumpleaños de Verles. Come con más entusiasmo porque sabe que el día de hoy será memorable. Está absorto en sus pensamientos hasta que un gemido de la muchacha de la otra mesa lo saca de su concentración: el muchacho explora con sus espeleólogos dedos las más recónditas cuevas de la muchacha, quien acusa recibo y responde el llamado retumbando como un sótano del cielo. El vigilante también percibe la maniobra y no tarda: la envidia lo embarga y se come su arepa como un espectador de béisbol. Verles piensa para sí «también esto tiene cabida en mi fiesta de cumpleaños». Un poco contrariado, llama al mesonero, paga el consumo de ambos y se va calle abajo. El vigilante lo persigue hasta que comienza a hablar como si nunca lo hubiera podido hacer con nadie. Verles lo escucha cada vez con menos amabilidad. En una cuesta oscura, la esquina del espanto, Verles se detiene, ansioso como está de intimidad, y comunica al vigilante que
—Me gustaría caminar un rato por la calle,
pero el vigilante se ofrece a acompañarlo y Verles —es su cumpleaños— no tiene fuerzas para decirle que no. El ruido de los aires acondicionados, no se ha percatado nadie, continúa y abre sentimientos antes inexplorados. Verles ya se ha calmado un poco y escucha la historia del vigilante:
—En esa esquina, justo por donde subimos, mataron a un ladrón que se metió en la casa de unas muchachas que vivían solas. Dice la gente lenguaraz que había desgraciado a la más joven, como de quince años. Ésta murió al poco tiempo, que se suicidó dicen, y desde esa época se les aparece a los caminantes como nosotros.
Verles piensa que no estaría de más una aventura sobrenatural a esa hora y sobre todo el día de su cumpleaños, Walpurgisnacht. El vigilante acota, sin querer, que
—Además, hoy tres de mayo es el día de la cruz, y es muy capaz de ser un día de aparecidos, ¿no?
Apenas había el desaliñado vigilante acabado de pronunciar su frase cuando en la cuesta de la calle —muy empinada, por cierto— una figura se yergue, y gracias a la luna que brilla su luz para todos se puede distinguir la cintura estrechísima de una niña que lleva alrededor de su cuello un collar de perlas. La previsible silueta de un gato negro completa la estampa.
Verles y el vigilante no pueden dejar de pensar en la niña del piso 17, cómo quisieran ellos tenerla sobre un colchón («me corresponde: es mi cumpleaños», protesta Verles); la niña ha sido el tema de conversación de Verles las últimas semanas. No ha habido ocasión en que su mente no se esté preparando para el encuentro con ella, el momento en que tenga el valor suficiente para decirle «buenos días, está usted muy bonita hoy», o «siempre nos encontramos en este ascensor, ¿no?», o cualquier otra frase que rasgue un futuro promisorio entre ellos. Pero no, Verles no ha podido nunca entablar conversación. No sabe si se debe a su vergüenza o a la intensidad oriental de esa niña. La única vez que la pudo mirar bien —ella venía con varias amigas— se sintió desilusionado al ver que debajo de un labio una línea roja de salsa de tomate bajaba y se perdía tras la barbilla. ¿Era sangre?
El vigilante, por su parte, ha sabido disfrutar de los senos erguidos como cabezas de pascua, ha turbado su corazón con las nalgas vibrantes bajo una falda. El vigilante ha definido exactamente su sonrisa: «es como el mordisco de un murciélago». A ambos una mariposa oscura, de alas contráctiles, les arropa el vientre cada vez que piensan en esa niña oriental. La figura femenina se acerca y Verles reza: «que seas tú, que seas tú niña de oriente, colmillo feroz, collar de serpiente. Que seas tú, es mi cumpleaños, que seas mi mejor regalo en esta noche tan preciosa».
Verles y el vigilante, de pie en la esquina del espanto, están siendo consumidos por las papilas de la misma mariposa porque pueden distinguir la cintura estrechísima de la niña que lleva alrededor de su cuello un collar de perlas; pero un susurro anormal retoza en los oídos de Verles y luego en los oídos del vigilante:
—Ven,
creen entender; pero, como el terror es más rápido que el deseo, Verles se paraliza y trata de tomar —reacción típica— la mano del vigilante quien, más primitivo, ha bajado la cuadra en veloz carrera. Entonces las palpitaciones que Verles escucha no son de su compañero sino suyas propias. La figura empieza a acercarse y Verles está paralizado. El vigilante ha desaparecido. Ella se detiene un momento y tras su silueta aparece la de un muchacho (¿son los de la arepera?) Abren una puerta y desaparecen. Verles queda solo.
Canta un gallo de la noche.
Se ajusta la gorra y regresa al edificio, con la arepa instalada en su garganta. El vigilante ha regresado a su puesto de trabajo y dormita. Verles vuelve a entrar con sigilo para no despertar al vigilante y Pancho protesta airadamente por su plato de leche de la madrugada. Verles sube hasta su piso, con ganas de dormir un poco. También en su cumpleaños se duerme por pedazos. En el ascensor tararea con no poca diversión: «que seas tú, que seas tú, niña de oriente/ colmillo feroz, collar de serpiente; que seas tú, que seas tú, niña de oriente/ colmillo feroz, collar de serpiente».
El ascensor se detiene y abre sus puertas. Verles sale, con sueño otra vez. Escondida en el cuartito de la basura está ella, con su collar de perlas alrededor del cuello, sus colmillos blancos, sus ojos rasgados y su cintura estrecha, esperándolo, acechando el ataque. Un murciélago de otras épocas revolotea sobre su cabeza. Un murciélago con una línea de sangre en la barbilla. Verles abre la puerta y cierra los ojos: total, es su cumpleaños.

2 comentarios:

Arcangel Vulcano dijo...

¡Fascinante!pienso que empleas unas metáforas alucinantes; eres poseedor de una rarísima habilidad para imaginar sin límites.La forma como describes los personajes es inusual, inimitable, única. En verdad, veo en ti a un gran talento natural, posees gran facilidad para crear obras maravillosas, "y estás empezando" (eres muy joven), no pares de escribir hermano, usted es simplemente genial...Gran saludo.

Juan Carlos Chirinos dijo...

gracias, Arcángel