3 oct. 2006

Yo Tarzán, tú antropólogo

Hace unas semanas dije que no me gustaban los pupitres: me siguen sin gustar. Ayer vi un documental en la 2 de Televisión Española (ese canal cultural que todos dicen ver) sobre la vida en los liceos de este país. En realidad era sobre la vida en dos liceos en Barcelona, así que no estoy seguro de que lo que se haya dicho allí aplique para todos los liceos del país. No era un muy buen documental, sentí que estaba un poco improvisado; tenía poco ángel. Los documentalistas siguieron una técnica ya conocida y que han utilizado varios artistas plásticos en el mundo (entre ellos, mi amiga la fotógrafa Ángela Bonadies, que describe las ciudades con los ojos de sus habitantes): se trata de entregar una cámara a las personas sobre quienes elaboras tu documental o trabajo plástico y dejas que sean ellos los que graben lo que les apetezca. Varias veces durante el desarrollo del programa algunos alumnos cogían una pequeña cámara y grababan su liceo y a sus compañeros, los entrevistaban, etc. Se supone que de esta manera todo iba a ser más espontáneo y, me figuro yo, veraz. No me lo pareció. Combinadas estas experiencias con entrevistas más bien soporíferas a profesores, el conjunto lucía un poco impostado: es decir, todos sabían que estaban haciendo un documental y nadie dijo nada que no pudiera ser pasado en un documental. De hecho, en una de las escenas (honestidad que se agradece a los realizadores), dos chicos discuten porque uno le reprocha al otro su falta de sinceridad a la hora de dar su opinión sobre los profesores. "Pelota", le dice, que es como decir "jalabola" en Venezuela. Me sentí un poco incómodo, también porque antes habían pasado una serie de vergüenza ajena que se llama Mujeres, una especie de mezcla surrealista entre Sex & the city y Aquí no hay quien viva. Para llorar.
Quizá a ese documental le ocurrió lo que una vez le escuché a un antropólogo en Caracas, David Guss: que es inevitable que la presencia del investigador dentro de la comunidad cambie la actitud de esa misma comunidad. Guss contó la historia del antropólogo que todos los años iba a una comunidad en el amazonas en un día determinado, porque justo ese día ellos hacían una fiesta que él estaba interesado en documentar, y se ponían sus mejores ropas, y se pintaban las caras, y preparaban los platos más sabrosos: con el tiempo, se dio cuenta de que repetían el rito precisamente ese día porque era cuando él iba a visitarlos. Como todo el mundo, en esa comunidad se cuidaban de agasajar a la visita lo mejor posible. Es el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg aplicado a la vida de los humanos: puedes saber dónde está y el movimiento del objeto, pero no las dos cosas al mismo tiempo, porque una modifica a la otra.
Difícil saber, entonces, qué piensan en verdad los chamos de bachillerato cuando no hay una cámara delante. Porque el mejor antropólogo es el que no se ve.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo me acuerdo que una vez unos periodistas vestidos de rojo nos fueron a preguntar en pleno "recreo" (estábamos "jubilados", fuera de clase), cuál era nuestro papel en el desarrollo de la comidad endógena estudiantil, algo así. Resulta que el entrevistado era el ratica del salón. Yo? Ah claro, por mi comunidad yo estudio, me esfuerzo, saco buenas notas. Nada, las caracajadas de todos hicieron salir espantada a la periodista y al camarógrafo, no le preguntaron nada a más nadie. Creo que nunca se había sentido tan humillada la pobre. Vainas de muchacho diría mi abuelo.

Juan Carlos Chirinos dijo...

qué risa Capo! Es que estos muchachos...