15 oct. 2006

214. La amistad

Erasmo de Rotterdam y Tomás Moro representan la metáfora perfecta de la amistad en el Renacimiento. Cumplen a cabalidad los postulados tan queridos por Cicerón en Sobre la amistad: en el amigo uno continúa siendo. La lealtad que se establece entre los amigos es inquebrantable no tanto por su naturaleza espontánea cuanto por la voluntad de que perdure. Así como para pelear hacen falta dos dispuestos a enzarzarse como si de dos gatos territoriales y libidinosos se tratara; asimismo, para que exista la flama de la amistad es preciso que dos (o tres, o mil) voluntades se junten con ganas de que palpiten esas moléculas de solidaridad. No hay amistad si el otro no quiere.
Por eso a veces podemos decir que uno es amigo de alguien, pero que esa persona no es amiga de uno. Ocurre, por ejemplo, con los profesores que admiramos, con las estrellas que idolatramos y con los escritores que nos gustan. Aunque en este caso lo recomendable es (ya se ha dicho aquí) hacer votos -si es que queremos seguir sintiéndonos cercanos a esos que escriben los libros que preferimos- para que estos mismos escritores nunca sean nuestros amigos ni por casualidad. El riesgo a una amarga decepción es demasiado alto. Con la amistad, como con el odio, hay que ser avaros. Y cuidarla desentendidamente cuando existe, porque la amistad es frágil, silenciosa y no es amiga de aspavientos y carantoñas.
Hoy se me ha ocurrido escribir sobre esto, porque recordamos con nuestros amigos de Salamanca, Pepo y Aurora, esa foto de ahí arriba. Metáfora admirable, a mi modo de ver, de cómo fluye la amistad espontánea y duradera, a causa sólo de los tres elementos que constituyen su esencia: Sin posturas. Sin artificios. Porque sí.

7 comentarios:

segundodebut dijo...

Que buen post para un domingo, que hermosas miradas.

ROBERTO ECHETO dijo...

Juan Séneca Chirinos, qué belleza de reflexión. Hay un tipo de amistad que al menos este servidor cultiva mucho. Se trata de la amistad extraña (¿cuándo no?) con los personajes de las novelas que leo y que se convierten en amigos de uno porque sí, porque uno se transmuta en ellos y comienza a preocuparse por lo que se preocupan ellos. El capitán Aubrey y el doctor Maturin son mis amigos, al igual que Odiseo, que Shanti Andia, que Pepe Carvalho, que el coronel Moreira Cesar, que Macbeth y tantisísisisimos otros personajes habidos y por haber.

Lo único malo de la amistad con los personajes de ficción es que uno no se puede echar palos con ellos, pero qué carajo; beber es malo.

rossana dijo...

como decia simone weil: entre dos amantes, la union llega cuando se sienten el uno dentro del otro. mientras que con un amigo, el lazo permanece intacto asi esten en dos extremos diferentes del planeta. asi decia, mas o menos. uno de mis grandes amigos esta, precisamente, en salamanca. salud por esta reflexion que regalas y la amistad, claro.

Marta Salazar dijo...

muy bonitas tus palabras querido Juan Carlos...

olvidaste que hay también amistades blogosféricas...

supongo que conoces a Lewis y lo que dice de la amistad en Los cuatro amores.

si no dice tanto como quisiéramos, es porque era inglés, ja ja, es broma.

Un abrazo!

Kira dijo...

Exacta reflexión. Así es.

Octavio Vinces dijo...

Querido Juan Carlos:

Excelente, sutil y conmovedor post.

Sólo queda decir, con Jorge Guillén: Amigos. Nadie más. El resto es selva.

Juan Carlos Chirinos dijo...

Gracias Octavio. Lo de Guillén es muy sabio.