13 oct. 2006

213. De raza cósmica a comunidad de vecinos

Al inicio de ese monumento que es Literatura europea y Edad Media Latina, el investigador Ernst Robert Curtius señala con luminoso acierto el camino que ha seguido, en la historia de Occidente, la historiografía, es decir, el arte de escribir de la Historia: Las vanguardias del conocimiento histórico son siempre unos cuantos individuos aislados a quienes las conmociones históricas -guerras, revoluciones- obligan a plantearse nuevas preguntas. Curtius hace acto seguido la relación de aquellos que, impulsados por los acontecimientos de su tiempo, se dedicaron a pensar la historia y a preguntarse por el sentido de ésta y cuál es el futuro de la Humanidad: de Tucídides a Spengler, pasando por San Agustín, Maquiavelo, Hegel y Nietzsche, entre otros, todos estos historiógrafos lo fueron movidos por las conmociones espirituales de sus respectivas épocas y por la necesidad de explicar(se) cómo ha sido posible que los seres humanos hubiéramos llegado a donde llegamos. Es la pregunta inagotable por nuestro origen y nuestro fin. Que es la misma pregunta que, cada 12 de octubre, desde hace ya demasiadas décadas, nos hacemos los que recibimos este incómodo nombre de latinoamericanos.
Creemos que no es nuestro problema, y estamos hartos de que desde niños nos aburran con la llegada del Almirante a las costas del Caribe; creemos que si ignoramos la efeméride todo se arreglará solo, como creemos que ocurre siempre con los asuntos de la historia; y no nos damos cuenta de que se trata de algo más que un problema objetivo: es un virus que tenemos sembrado en el espíritu. Día de la raza, día de la hispanidad, día del encuentro de culturas, día de la resistencia indígena, día de la invasión, día del descubrimiento de América, conclusión del viaje a la India, viaje a Cipango... todos estos nombres para describir la hazaña marinera de un hombre obstinado en hacerse rico por la puerta de atrás, es decir, llegando a donde estaba la plata por un lugar que nadie había experimentado en Europa, si obviamos la experiencia de los vikingos, varios siglos antes.
Y en esta chanfaina conceptual sobrevienen las contradicciones y las chapuzas: como él llama a este día el de la resistencia indígena, yo voy a recuperar el anacrónico y despectivo día de la raza, sin importar que de esta forma me emparento con el discurso lúgubre y enano de Francisco Franco y los postulados enajenados de la raza aria hitleriana; como ellos adoran a este italiano temerario, yo voy a tirar por tierra su estatua, convirtiendo en tumbacolones a las masas siempre enardecidas y dispuestas al saqueo y el atropello, para llevar luego al panteón nacional, entre olores de santidad, a Guaicaipuro, del que no sé si existió verdaderamente; el asunto es desconocer la mitad de lo que somos, en beneficio de la otra mitad -o de mis propios intereses locales y unicejos.
Hay que ser muy bruto para no darse cuenta de que lo que somos ahora -no esa raza cósmica que hacía delirar a Vasconcelos- es producto ni más ni menos que de un devenir histórico contra el cual poco podemos hacer, y con el cual es mejor que nos reconciliemos lo más pronto posible: es nuestra propia esencia y no habrá historiador, filósofo, intelectual ni político oportunista que decrete el inicio de una nueva era sólo porque renombra lo que ya ha sido nombrado decenas de veces. Por más que haya fanáticos que sigan usando la palabra raza como una señal distintiva, y por más que los alcaldes tonto-listos del continente crean que cambiando a la fuerza el nombre de las ciudades dejarán de ser lo que son, la Historia seguirá su curso hacia su destino final: nosotros mismos, la comunidad nada cósmica de vecinos responsables del futuro de esa parte del mundo.

7 comentarios:

Elijah dijo...

Que esa denominación (latinoamericano) es errónea, insisto.

Juan Carlos Chirinos dijo...

esa, y todas las demás, la verdad; la úncia que correponde geográficamente a todos es "americanos", como a los europeos, europeos, a los afrucanos, africanos y así...

ROBERTO ECHETO dijo...

Juan Carlos, Elijah, todas esas clasificaciones son necedades. Pensemos que somos seres humanos y ya; que las nacionalidades son estupideces diseñadas para amargarnos la existencia produciendo la sensación de que somos diferentes por cuestiones idiomáticas, de razas, de credos y de quién sabe cuántas barbaridades más.

Hay que trascender el tema de las nacionalidades.

gustavo valle dijo...

Chapeau, Roberto

!Muerte a los pasaportes!

Anónimo dijo...

¿Cómo que muerte a los pasaportes?¿Y de que van a vivir los tracaleros de la Onidex?

segundodebut dijo...

Espero que ese devenir de la historia en el que se han dado por igual crímenes horrendos y obras sublimes, nos traiga la superación de estos conceptos (y unas gafas de aumento para los historiadores carcas). Todos los ciudadanos de este planeta somos familia en algún grado tanto de Atila como de la Malinche. Mientras, voy a sentarme un ratico debajo de una mata a ver si me ilumino como Echeto.

PD:Es cierto, hay que pensar también en un trabajo para los de la Onidex.

Juan Carlos Chirinos dijo...

esas gafas tendrán que tener un culo de botella considerable...