12 oct. 2006

212. Día de la raza, la hispanidad, la invasión o como quieras llamarlo... pero, por favor, no de los carcas

Reviso este día feriado en España el nuevo título de Manuel Fernández Álvarez, La aventura de Cristóbal Colón, y pronto me aburro leyéndolo: está escrito de pena, y nada descorazona tanto como un libro de historia de mediocre lectura: peor, mal redactado. Y aunque esté muy bien documentado, nada salva a un libro cuyo autor no sabe escribir. No hay que olvidar nunca el sabio consejo de Ortega y Gasset, según el cual un libro de ciencia tiene ser que un libro de ciencia, pero también tiene que ser un libro. Nada más alejado de ese consejo que este nuevo título de Fernández Álvarez.
Pero no estaría escribiendo un post sobre este libro más que prescindible si no me hubiera tomado la molestia de llegar, en mi ocioso revisar, hasta el -por decir lo menos- absurdo epílogo del libro, que copio in extenso para que puedan saboreralo a gusto:

A modo de breve epilogo, sí, porque algo debemos añadir: pues con su hazaña Colón abrió la puerta para la gran obra evangelizadora y cultural de España en América, empezando por la fundación de la primera ciudad, Santo Domingo, que se haría bajo sus auspicios. Una ciudad donde en su catedral, de fachada renacentista, campea el águila bicéfala de Carlos V, y que sería con la que se iniciaría un rosario fantástico de otras hermosísimas ciudades hispanas alzadas a lo largo y a lo ancho de las Américas: La Habana, Veracruz, Guadalajara, México, Cartagena de Indias, Santa Fe de Bogotá, Lima, Asunción, Montevideo, Santiago de Chile, Buenos Aires...
De ese modo se fue incorporando América a la cultura cristiana y occidental.
Cierto que, como en otras grandes conquistas de la Historia —la de Roma, por ejemplo—, hubo violencia y hubo sufrimiento; pero, todo sumado, quedó al menos un hermoso legado para todos los que habitan entre Río Grande y la Patagonia: la lengua. Y, con ella, las bases para la unidad de un gran pueblo: el hispanoamericano.
Y, de ese modo, hasta el gran poeta chileno Pablo Neruda, en su Canto General, en el que tan sin medida critica la conquista realizada por España, al fin reconoce en la, versos finales la grandeza de su obra:

Un vuelo
de palomar salió de la pintura
con arrebol y azul ultramarino.
Y las lenguas del hombre se juntaron
en la primera ira, antes del canto.
Así, con el sangriento
titán de piedra,
halcón encarnizado,
no solo llegó sangre, sino trigo.

Para concluir Neruda con este precioso verso final:

La luz vino a pesar de los puñales.

Que esa fue la luz que llevó España a las Américas.

No entiendo cómo a estas alturas del partido alguien todavía puede tomarse la libertad de escribir semejantes comentarios, fuera de contexto, superados y propios de la retórica más carca, más cercanos a los parabienes que por estas fechas se podrían escuchar en los informativos del Nodo franquista que de un análisis serio de la historiografía. ¿Qué es eso de que fundando ciudades se fue incorporando América a la cultura cristiana y occidental, como si se tratara de una tarea de redención, evangelizadora de tierras llenas de salvajes? En este texto parece el autor congratularse de que América fuera salvada por España, a pesar de que recono
ce que hubo violencia y sufrimiento, despachando casi de puntillas el genocidio de 90 millones de personas en menos de cien años. Yo no soy un mundonovista enloquecido por un indigenismo de librito contrario a nuestra herencia occidental, pero decir que valió la pena el desastre político y humano que fue la Conquista sólo porque heredamos La Lengua Española (así, en mayúsculas, como si no hubiera habido ya lenguas hermosas y saludables antes de que llegara Colón), es como mínimo un comentario irresponsable (o tendencioso) en pluma de historiador serio. Quizá debió leer con más atención el historiador al poeta: Neruda es meridianamente claro: la luz vino a pesar de los puñales, no gracias a ellos. Las gestas de conquista traen desolación y muerte, tanto con Roma como con España o Estados Unidos; pero a pesar de ello el ser humano se las arregla para sacar provecho de sus propios desmanes.
Este epiloguito paternalista y carca me hizo subir los colores: no pensaba que en pleno siglo xxi iba a seguir leyendo los parlamentos espeluznantes de la adorable Marisol ("No te preocupes, negrita, Dios te quiere así").

6 comentarios:

LuisCarlos dijo...

los otros
viendo a
nos
otros

deja pasar al librejo
seguirá su camino sin gloria

gustavo valle dijo...

Tienes razón, Juan Carlos, así son las cosas, por sorpendentes que parezcan... Recuerdo que en el doctorado de literatura hispanoamericana de la complutenese me topé con un profesor que leía a sor Juana Inés de la Cruz desde una perspectiva exclusivamente clerical y culpabilizadora y veía en la monja sólo a una arrepentida y leía sus versos como si fueran salmos. Con este personaje (que llevaba en la solapa de su saco azul unas escuditos que lo hacían miembro de alguna orden del Opus o de no sé qué) discutíamos todos los latinoamericanos cuando el tema de la conquista aparecía, y el tema de la conquista inevitablemente siempre aparecía. Por supuesto las discusiones eran estériles y yo, en lo personal, decidí no asisitir más a clases, no gastar pólvora en zamuros... Estos carcas, como bien los llamas, aún sobreviven con su caspa y su aliento a naftalina y siguen jodiendo con sus comentarios increíbles. Pero tambièn es cierto que hay gente en la península (sobre todo los más jóvenes, esa fue mi experiencia) que miran esa parte de nuestra historia con un poco más de sensatez, pues, como dices, no se trata de levantar las banderas del indigenismo ni fanatizar el asunto, sino de ser un poco, sólo un poco, sensatos.
Saludos

Juan Carlos Chirinos dijo...

es eso Luis Carlos, pero que los otros aprendan a leer a los nos-otros...
Gustavo, dices bien, y lo sé, que aquí sobra el español sensato que como nosotros allá reconoce la llegada de Colón como lo que fue: ni una bendición ni una desgracia, sencillamente el devenir de la Historia, mal que nos pese. Hay que tratar siempre de ser un poco sensatos
saludos

Marta Salazar dijo...

Hola hola, tengo que confesar que no tenía idea de qué eran las carcas o los carcas... menos mal que pusiste un link al diccionario de la AE (le quito la R porque soy antimonárquica).

No me gusta ni este sr. Álvarez, ni tampoco Neruda (nunca me ha gustado, prefiero a la Mistral).

Un saludo grande!

Hombre Lobo dijo...

Has dado en el clavo: ni una bendición ni una desgracia, sencillamente el devenir de la Historia, mal que nos pese.

Menos mal que hoy me he aislado del mundo y no he tenido que escuchar mucho al respecto.

Marta Salazar dijo...

en realidad yo lo celebré... imagínate en qué estaríamos si nos hubieran colonozado los ingleses, los holandeses o los alemanes!

No seríamos nosotros! (serían sólo los hijos de los colonos, que habrían llegado con sus mujeres, todas rubias yogurt y habrían liiquidado a los indios).

Ni hablaríamos castellano!

Ni habría existido nunca San Martín de Porres!

Un abrazo Hombre lobo!