8 sept. 2006

Teoría del resentimiento

Tiberio, el emperador más resentido

Estos días aún calurosos estoy leyendo una biografía del emperador Tiberio escrita por Gregorio Marañón (Editorial Espasa), del que hasta ahora sólo sabía que era una estación del metro de Madrid. Es una biografía que tiene ya bastantes años y acusa en su manera de ver el mundo cierta vejez de pensamiento. El doctor Marañón es hijo de su tiempo y como tal se expresa; por eso puede chocar muchas veces su lectura y remover dentro de nosotros voces de protesta por esta opinión machista o aquella declaración demasiado ecuménica. Pero al principio del libro el biógrafo se lanza un capítulo entero para reflexionar acerca del resentimiento y dice cosas que, al menos para mí, han resultado luminosas. Sin dejar de ser determinista, caracteriza el resentimiento y a la persona resentida de una manera apabullantemente clara. Tanto, que muchas veces he pensado que estaba refiriéndose a ciertos personajes públicos, esos que suelen ser demasiado sensibles al aire de putrefacción de algunas clases sociales.

El doctor dice: Es difícil definir la pasión del resentimiento. Una agresión de los otros hombres -o simplemente de la vida, en esa forma imponderable y varia que solemos llamar «mala suerte»- produce en nosotros una reacción, fugaz o duradera, de dolor, de fracaso o de cualquiera de los sentimientos de inferioridad. Decimos entonces que estamos «dolori­dos» o «sentidos». La maravillosa aptitud del espíritu humano para eli­minar los componentes desagradables de nuestra conciencia hace que, en condiciones de normalidad, el dolor o el sentimiento, al cabo de algún tiempo, se desvanezcan. En todo caso, si perduran, se convier­ten en resignada conformidad. Pero, otras veces, la agresión queda presa en el fondo de la conciencia, acaso inadvertida: allí dentro, incu­ba y fermenta su acritud; se infiltra en todo nuestro ser; y acaba sien­do la rectora de nuestra conducta y de nuestras menores reacciones. Este sentimiento, que no se ha eliminado sino que se ha retenido e incorporado a nuestra alma, es el «resentimiento».

Y acto seguido pasa a enumerar las características de esta pasión que no es odio ni envidia sino algo que va más allá; una pasión que ataca más a los hombres que a las mujeres, pues estas siempre cuentan -ay, Marañón, qué sexista eres- con la maternidad para no sentirse frustradas; lo que me recordó al novelista Enrique Jardiel Poncela, un contemporáneo suyo, que dice en Amor se escribe sin hache: si quieres salvar a una mujer, hazla madre. Eran otros tiempos, evidentemente.

El capítulo cierra de manera magistral e implacable: El resentimiento es incurable. Su única medicina es la generosidad. Y esta pasión nobilísima nace con el alma y se puede, por lo tanto, fomentar o disminuir, pero no crear en quien no la tiene. La generosi­dad no puede prestarse ni administrarse como una medicina venida de fuera. Parece a primera vista que como el resentido es siempre un fra­casado —fracasado en relación con su ambición— el triunfo le debe­ría curar. Pero, en la realidad, el triunfo, cuando llega, puede tranquilizar al resentido, pero no lo cura jamás. Ocurre, por el contrario, muchas veces que, al triunfar, el resentido, lejos de curarse, empeora. Porque el triunfo es para él como una consagración solemne de que estaba justificado su resentimiento: y esta justificación aumenta la vieja acritud. Esta es otra de las razones de la violencia vengativa de los resentidos cuando alcanzan el poder; y de la enorme importancia que, en consecuencia, ha tenido esta pasión en la Historia.

Cuando terminé de leer este texto de inmediato quise leerlo de nuevo, porque varios pensamientos turbaban mi tranquilidad y me espantaban: ¿Es que es así de sencilla la razón para entender a aquellos que no soprtan el éxito de los demás? ¿Es así de fácil comprender la enanez mental de Hitler, la mezquindad de Salieri, la malaleche de Newton, la maluqueza de Lope de Vega? ¿Eran unos resentidos? Quizá, pensaba mientras releía despavorido el capítulo, debemos fijarnos un poco más en quiénes depositamos nuestra fe a la hora de votar, a la hora de escoger nuestros amigos, a la hora de confiar en alguien: ¿lo mueve la pasión del resentimiento o esa timidez es puro y simple carácter? ¿Se hará peligroso cuando tenga poder?

Sin duda, la lectura de esta biografía, que a veces me aburre, me está abriendo sendas en las que no había pensado, y sin duda también ha hecho que el mundo sea un poco más tenebroso. Como ese en el que se mueve Momo. Líbrame de los resentidos, que de los bravos me libro yo.

3 comentarios:

segundodebut dijo...

...te veo desde hace tiempo preocupado por la maluquez. Ah, y no, no soy la nieta de la que dices, pero mi abuela se parecía mucho a Kate Winslet.

Juan Carlos Chirinos dijo...

el mal es un tema apasionante, como ficcion me atrae mucho... pero que se quede en las novelas, por favor... cuenta lo del naufragio...

Isabel Romana dijo...

He leído con mucho interés el extracto de Marañón sobre el emperador Tiberio y coincido contigo en que es iluminador, sobre todo (para mí)el segundo fragmento. Tiberio representa a la perfección lo peligroso que puede llegar a ser un resentido cuando alcanza el poder: de hecho, aniquiló hasta donde pudo a la familia de Augusto, con la que él mismo estaba emparentado. Yendo a la actualidad, he oído decir a algunas personas "más vale que mande XXXX, a ver si así se calma todo, deja de enredar..." Esta claro que esa es una esperanza vana. Saludos cordiales.