20 sept. 2006

Por qué no creo en las revoluciones

Uno de mis pasatiempos favoritos (más bien una de mis adicciones más feroces) es leer libros de conspiraciones del tipo Jesús era musulmán o Leonardo da Vinci es el hijo oculto de los Borgia; por eso me estoy divirtiendo un mundo leyendo Illuminati, de Paul Koch, que habla de la madre de todas las conspiraciones: el grupo de chalados que decidieron que el mundo no les gustaba como era y por eso se dedicaron a cambiarlo (para su beneficio). Entre tantas cosas, estos iluminados son los artífices de las revoluciones francesa, estadounidense y la de los países americanos. Ciertamente, Miranda, O'Higgins, Bolívar, Franklin, Hamilton y un largo etcétera fueron miembros de organizaciones masónicas cuya conformación secreta y tendencia a la universalidad están fuera de cualquier duda. Pero al margen de toda esta historia que conjuga las ambiciones de los banqueros con el devenir histórico y los flujos de espiritualidad de las catedrales medievales, el libro me ha dado que pensar en torno al asunto de la utilidad de las revoluciones y por qué yo las rechazo con tanto encono. Siempre me ha parecido que revoluciones como la francesa, la rusa, la estadounidense o la venezolana no fueron más que insalubres abscesos en la línea de la historia que siempre exige un desaguadero que, por el momento, alivie las tensiones entre los actores de los acontecimientos. Se llega a un momento de tanta presión que la misma sociedad da forma a una salida violenta para apaciguar los ánimos y rendir culto a los dioses de la venganza y la retaliación. A las revoluciones las mueve un sustrato ahíto de pasiones del tipo ojo por ojo y diente por diente, y no veo yo que eso lleve ni por casualidad a progreso alguno. Siempre se nos ha enseñado que gracias a las revoluciones (francesa, gringa, venezolana, etc.) hemos conquistado derechos tan importantes como la libertad, la igualdad, la fraternidad, el aborrecimiento de la esclavitud y toda una ristra de características que adornan lo que ahora consideramos democracia. Yo, en cambio, pienso que todas esas virtudes las hemos consolidado a pesar de esas revoluciones que, en el fondo, o eran conservadoras, como la de Estados Unidos, y su finalidad no era otra que mantener las cosas como estaban, o fueron verdaderos desastres nacionales como la francesa, la rusa y la venezolana, que dejaron postrados en la posguerra a los países donde ocurrieron. Muy noble y muy grande debe de ser la Humanidad que es capaz de recobrar la cordura tras estos festivales de sangre y venganza. Las revoluciones no traen progreso; son una advertencia de que las cosas no van como debieran. Al menos, el progreso no lo traen este tipo de escaramuzas donde hacen su agosto resentidos de toda clase y oportunistas astutos que saben usar la flama de la palabra.
Quizá las únicas revoluciones en las que yo confío son aquellas silenciosas que cambian el mundo y lo echan pa'lante sin que nadie pueda hacer nada, sin producir ningún trauma pero que moldean nuestra percepción para siempre y sin vuelta de hoja: el día en que Arquímedes descubrió el método para calcular el volumen de los objetos (¡eureka!), la noche en que Copérnico supo que la Tierra no era el centro del Universo y concibió su De revolutionibus, la tarde en que Andrés Bello entendió la función de los verbos en las oraciones y se propuso construir el edificio de su hermosa Gramática, el momento en que Descartes dio con la existencia casi tautológica del yo (si estoy pensando quiere decir, como mínimo, que existo). Esas son, para mí, las verdaderas revoluciones, y no aquellas acumulaciones de pus en las que los mediocres y los charlatanes hacen vendimia.

3 comentarios:

Jesús Nieves Montero dijo...

salud por las revoluciones del espíritu

j.

Juan Carlos Chirinos dijo...

salud!

Anónimo dijo...

Un saludo cordial Juan Carlos y para comentarte de un descubrimiento que hice ya que soy una persona que al igual que tu me interesa de sobre manera todo respecto a las conspiraciones y como al paso de los años, décadas y siglos se a formado estos grupos, ya que depende ocultamente; puede que el destino de la humanidad.
Sabemos y no por fuente de Dan Brown, que Leonardo Da Vinci que perteneciera a un grupo selecto pero en fin iré al grano y ya que me interesa mucho tus textos y para ver si de esta forma puedo hacer contacto con tigo y poder mostrarte una revelación que tuve después de mas de muchas horas de trabajo, estado investigando y no e encontrado en la red otra similitud de esta idea un saludo cordial

Atte: Manolo Niembro