14 sept. 2006

Mil palabras por una imagen

Los que quieran cobrar de inmediato sólo tienen que presionar sobre estas palabras; de lo contrario, pueden seguir leyendo. Hemos siempre dado por buena la frase «una imagen vale más que mil palabras» porque la publicidad, entre otros, nos ha demostrado que es cierta. Donde esté un buen coche, unas tetas y una puesta en escena sugerente ya se pueden apartar las palabras más sonoras, ya se pueden desvanecer las frases mejor elaboradas. Quizá porque desde muy pequeños los ojos son los órganos que nos permiten con mayor credibilidad entender lo que nos rodea, es por lo que damos tanta importancia a la forma y el color, al volumen y la textura de las cosas. El universo simbólico comienza en la superficie de nuestro globo ocular, y a partir de allí todo lo demás cobra «sentido común». Y, encima, otras dos facultades se confabulan con la visión para aumentar nuestra confianza en el cosmos de las imágenes: el tacto nos enseña la inmensa variedad de consistencias que pueden ofrecer las cosas, el gusto y el olfato nos abren una dimensión nueva para rechazar y aceptar, para aburrir y para entrar en el territorio de la adicción.
Así que este invento humano, las palabras, no tienen nada que hacer cuando una imagen se impone con toda su majestad; a la ardua felicidad de un libro se contrapone la deliciosa modorra de una película; la sesuda cadencia de los ensayos se disuelve ante las figuras sobre el lienzo —sobre el lienzo de todas las épocas— y madonnas, sansebastianes, faraones, sardanápalos, ninfas, vénuses y cabezas cortadas son un ejército demasiado poderoso para las metáforas, las aliteraciones y los tropos enanos de un artefacto —el lenguaje— demasiado primitivo y lento. ¿Por qué, entonces, el ser humano no hace otra cosa sino hablar y hablar y hablar? William Shakespeare, uno de los mayores inventores de imágenes, uno de los que dejó como herencia para nosotros formas plásticas que ya viven en nuestro común inconsciente, no pudo ser más certero y breve para describir el hábito preferido del ser humano: «palabras, palabras, palabras», dice Hamlet y en esa melancólica aliteración queda plasmado el cosmos que en realidad vemos: no es más efectiva una imagen que mil palabras —ni tres— porque hemos olvidado que lo que vemos con los ojos no son formas, sino interpretaciones de la realidad.
Cada vaso que tomamos, las curvas de la chica que nos gusta, el torso ancho y sudoroso del chico que nos seduce, los colores de las alas de los animales y el movimiento de los brazos por fuera de la ventana de los coches no son sino grupos de palabras comprimidas en nuestro cerebro; grupos que somos incapaces de desgranar, de expandir con las cuerdas vocales no porque no existan o sean imposibles sino porque aún no hemos entendido del todo que en nuestro cerebro los pensamientos no ocurren en línea recta, ni en círculo, sino que son una nebulosa en constante movimiento de cuyo dinamismo emergen las ideas. Cuando soñamos, relajados y libres de las preocupaciones cotidianas, temporalmente adormilados los demás sentidos, esta nebulosa tiene mayores posibilidades para interactuar con ella misma y para dar paso al «onanismo de las ideas»; por eso en los sueños igual estamos sentados en un avión como le disparamos a unos gigantes con un rifle de precisión; igual volamos por encima de los pinos de la casa impulsándonos con las manos contra el suelo para coger altura, como percibimos cómo baja la excitada humedad por el borde de una vulva justo antes de que nos despertemos —otra vez en sueños—. Quizá no es del todo descabellada la idea de que cada uno de nosotros lleva un Freddy Kruger dentro, el efrit de los sueños que decide si esa noche descansaremos apaciblemente o moriremos de nuevo de manera atroz. Shakespeare de nuevo nos legó sus sueños de una noche de verano y nuestro enorme Cervantes (¿es necesario decidir quién es el mayor de los dos?) creó al soñador por excelencia, el caballero de la larga figura que, harto de leer lo que quería ser (aquí, sí, las palabras valieron más que las imágenes), se convirtió él mismo en lo que su cabeza leyó durante tantos años, y por fin el mundo vio cabalgar, entre su groseras parcelas, al sueño febril de un caballero medieval y posmoderno al mismo tiempo.
Las palabras formando una gramática sobre el papel, o sobre este soporte nuevo que es la pantalla del computador, son las hormigas hermanitas que caminan una detrás de otra, pasándose en ordenada estrategia el sentido de lo que se dice desde el nombre hasta el complemento, llenándolo de energía en los verbos para descargar su fuerza en la acción de los sustantivos, modificando esta fuerza con la cauta magia del adjetivo; y este es otro tema, el del adjetivo, esa munición maldita: no hay que olvidar que, como dijo el poeta, «el adjetivo, cuando no da vida, mata». Y quizá Huidobro se refería a que eso que en el lenguaje da forma a las cosas (blanco, bajo, poderoso, siniestro, cálido, procaz) y que es el reflector que ilumina las imágenes que contienen los vocablos (el lector ya habrá supuesto que si las imágenes son palabras comprimidas, las palabras están preñadas de imágenes), puede hacer explotar la línea férrea que las hormiguitas van dibujando renglón a renglón si no se usa con mesura. El uso inapropiado de adjetivos marchita la belleza de la imagen contenida. O la oblitera. Lo mismo ocurre cuando repetimos una palabra muchas veces hasta vaciarla de sentido, o hasta que adquiere otro, otro, otro, hasta que ya no sabemos lo que significa ni cómo se pronuncia.Por esa razón se me ocurrió escribir esto esta mañana, porque me he levantado de un sueño liliputiense —el señor de los sueños no es demasiado complaciente conmigo en estos días— repitiendo la frase «a babor», y me he dicho que no es verdad que una imagen tiene más valor que la palabra mil.

7 comentarios:

Hombre Lobo dijo...

Me ha encantado la imagen. Te la quito para usarla en el lema del próximo 14 de febrero, cuando de inicio a la III Matanza Anual de Cupidos.

Saludos.

Juan Carlos Chirinos dijo...

Toda tuya, yo me la bajé de la red...

Jesús Nieves Montero dijo...

me hiciste recordar una frase que utilizaba sael ibáñez en el taller del celarg cuando no había mucho espacio para aportar: el resto como diría el Otro, es literatura... (y silencio, agregaría yo)

salud!

j.

Diana dijo...

¿Qué te dice una imagen de alguien que se devora a sí mismo?
muacitos

Enrique dijo...

Aquí te dejo esta imagen, para que sueñes con ella:


http://www.youtube.com/watch?v=zxBypXqZcuU

segundodebut dijo...

Voy a contar hasta mil a ver cuandovuelves escribir aquí ¿vale?. Me tienes casi una semana a pan y agua.

Juan Carlos Chirinos dijo...

es que a veces la vida real me atrapa, jajajaaj!!! pero ya 'amo pallá