19 sept. 2006

La maldita utilidad del crítico de oficio

Cuando comenzamos a estudiar Letras en la Universidad -¡imagínate!- en 1987, vimos una materia que se llamaba Introducción a la literatura, y fue la primera vez que nos enfrentamos con textos que reflexionaban sobre el arte de escribir. Recuerdo con especial cariño tres textos en particular: Apolo o de la literatura, Aristarco o anatomía de la crítica, de Alfonso Reyes; y el texto sobre la creación literaria de Edgar Allan Poe, cuyo nombre se me escapa en este momento*. Para mí fue un descuibrimiento ver que había toda una teoría sobre cómo criticar los libros que uno leía y que esto iba desde una simple impresión sobre el texto hasta un análisis exhaustivo de cada frase, cada palabra, cada miembro del lenguaje. Poe contaba cómo había construido su poema El Cuervo, en un ejercicio de profesionalismo; Reyes iluminaba el camino de cómo combinar la impresión y la exégesis para producir el supremo momento del crítico, esto es, el momento cuando emite un juicio. El juicio que muchos seguirán o denostarán, pero también el farol que servirá para que los lectores se guíen en esas selvas que son las bibliotecas. El prestigio de un libro es directamente proporcional a la cantidad de gente que lo alabe y si su prestigio es muy, muy alto, ya ni siquiera es necesario que sea leído para que la sociedad lo considere un clásico. Suele ocurrir con títulos como Don Quijote de la Mancha, la Ilíada, los Nibelungos, y así. Basta nombrarlos para saber que se trata de alta literatura, aunque no tengamos ni puñetera idea de qué van, y no sepamos, por ejemplo, que para entender de verdad El Quijote hay que llegarse apertrechado de una buena capacidad para entender el castellano del siglo xvii y anteriores, cosa que no es moco de pavo, y que no pocas veces la Ilíada es una ladilla total con sus tediosas descripciones de barcos, familias y linajes. Incluso con bodrios reputados como El código da Vinci muchos hacemos discreto silencio porque su señoría el bestseller ha emitido su juicio y ante los millones de ejemplares vendidos no hay nada que hacer. 6 mil millones de moscas no pueden estar equivocadas: coma mierda. ¿Para qué sirve el crítico, entonces, si la autoridad de la tradición y la popularidad que dan millones de ejemplares vendidos son suficientes armas para saber qué debemos leer y qué no?
Partamos del principio de que un crítico de oficio, además de ser un escritor frustrado, ejerce una labor parasitaria: sin novelistas se queda sin chamba, sin cuentistas pierde su curro, sin poetas no vuelve a pegar ni por casualidad. Así que, como es natural, mantiene una relación más bien disociada con los verdaderos creadores: él los necesita para comer pero al mismo tiempo sabe que su trabajo es decir la verdad o, por lo menos, su verdad. Y en este tira y afloja psíquico, el crítico se gana su fama de huraño, feo y envidioso de la capacidad natural y fresca del que sí tiene imaginación para crear el infinito universo y sus mundos. El crítico sabe que tiene oídos para oír pero que carece de cuerdas vocales para decir; es una sirena muda con un oído musical absoluto. ¿Es esto una desgracia?
Yo creo que no: ejemplos de grandes críticos sobran. Lo único que debe tener presente un crítico de buen corazón -que los hay, en serio- es que ellos hacen el camino inverso: mientras el creador inventa nuevos cosmos con su pluma gentil (es decir, emprende un camino onomasiológico), el crítico interpreta, describe, explica lo que percibe (poniendo en escena un proceso semasiológico, con el que regresa al origen de las cosas). Lo que convierte a crítico y creador en una dualidad ya conocida: el criminal que prepara el crimen y el detective que lo devela. Son el criminal que deja las pistas de su torpe creación y el detective que las descubre y sabe leerlas. Mr. Hyde que hace y Sherlock que descubre.
¿Hay una pareja más hermosa y complementaria que esa?
* ¡Me acordé!: Filosofía de la composición, se llama.

3 comentarios:

Jesús Nieves Montero dijo...

me hiciste recordar ese hermoso ensayo de virginia woolf donde afirma que la torre donde se refugiaba el escritor se ha inclinado para acercarse a la "vida real" irreversiblemente...

y a su idea de que el juicio crítico debería también tener ese arrojo, esa osadía decir si un texto, en definitiva, le gusta o no a uno...

salud!

j.

Juan Carlos Chirinos dijo...

sí, es el fin último del, crítico, según Reyes, crear a través del juicio. Ese texto de la Woolf no lo conozco, lo buscaré.

calabria164 dijo...

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