9 sept. 2006

La libertad para no estar de acuerdo y el cofre de los secretos

Hace muchos años leí un razonamiento que me ronda la cabeza cuando pienso en el libre albedrío. Trataba sobre el Universo y sus leyes. Según este razonamiento, el Universo es gobernado por un número x de leyes y basta conocerlas todas para poder predecir un hecho en un lugar determinado en un tiempo determinado. La Teoría del Campo Unificado (TCU) era la teoría que permitiría a los científicos juntar todas esas leyes en un solo pack, y de ahí en adelante todo sería coser y cantar: tendríamos una teoría que nos permitiría calcular los planes de Dios, ni más ni menos. Ni Tarots ni I-Ching ni ná: TCU para todo el mundo. Pero el razonamiento no paraba allí. Ya que estas leyes estaban siendo buscadas por científicos desde dentro del Universo, y estas leyes existían para regir todo el Universo, incluyendo a los científicos teóricos, no había ninguna razón para no pensar que estas mismas leyes podrían ser un obstáculo para llegarlas a conocer: ¿quién podría estar seguro de que las mismas leyes no llevarían a conclusiones erróneas o, incluso, a ninguna conclusión? El razonamiento dejaba atrapado a los científicos dentro de su propio experimento -y a nosotros también, de paso.
Toda esta maluca reflexión la hizo, cómo no, Stephen Hawking en su famoso Historia del tiempo, libro escrito para nosotros, los analfabetas matemáticos, que no entendemos ni siquiera la más sencilla de las ecuaciones diferenciales. Y muchas de las ideas allí planteadas, como esta que acabo de exponer, me persiguen como advertencias que hacen temblar la sed de conocimiento. Son los lobos peludos y verdes que esperan afuera para comerse a la joven del agua que nada en mi cabeza.
Y, como no sé hacer otra cosa con la ciencia sino aplicarla a las humanidades que estudié, he pensado que puede ser una buena metáfora para aplicársela a lo que ocurre con la libertad de pensamiento, con el libre albedrío, con la capacidad para disentir.
En principio, para no estar de acuerdo, o para tener una opinión diferente de la oficial, o la tradicional, o la histórica, hay que apertrecharse de una buena dosis de hechos que confirmen que la manera diferente como uno piensa está mínimamente respaldada por argumentos sólidos. Y además, hay que asegurarse de que la opinión que uno adversa, o de la que difiere, tiene los pies de barro o, por lo menos, de arcilla mal cocida. Y aquí viene la analogía: ¿cómo sé yo que mi visión del mundo me va a permitir acertar con la opción correcta, si es el mundo mismo donde estoy el que forma esa misma visión? Descartes comienza sus animadas reflexiones diciendo que el sentido común es el mejor repartido de los sentidos porque todo el mundo cree tener el suficiente, y no le falta razón, porque de lo contrario andaríamos por el mundo desbarrando. Pero, ¿cuánto de común tiene el sentido si para cada aspecto de la vida podemos encontrar por lo menos dos maneras de ver el mundo? Si uno se dedica tozudamente a usar la chorla, como dicen los sevillanos, se dará cuenta pronto de que hay que ser más cautos de lo que parece, y hay que militar sin fanatismo en la facción de santo Tomás, pero no el de la Summa.
Y yo me digo: ¿no es ya suficientemente complicado formarse un precario criterio de las cosas para encima entregarlo a cambio de cualquier bien? ¿No es el libre albedrío el más preciado de los dones ganados al Edén, luego de que Adán y Eva tuvieran la magnífica idea de probar la manzana y dios que se joda? Quizá aquel proverbio latino, soy amigo de Platón, pero más amigo soy de la verdad, esconde claves más profundas de las que pensamos a primera vista, como si fuera el link para un nuevo bestseller con Tom Hanks haciendo de culto.
La libertad para no estar de acuerdo no es un derecho, es una de las partes esenciales de nuestro -llámenlo como quieran- espíritu, conciencia, voluntad, ser o alma. Porque, de lo contrario, si accedemos a no usar esta libertad, si la cambiamos por la comodidad de un puesto, de un premio, de una prebenda, de un lugar entre vosotros, estamos quizá dejando que el Universo nos lleve a su antojo como aquel grano de polvo que le baila al sol; estamos dejando, peor que peor, que sea otro igual de ciego que nosotros el que nos conduzca a través de esta danza de planetas. Y tendremos menos posibilidades de saber si el Universo ya tenía planeada toda esta ristra de dudas y certezas, o por fin dimos con la llave que abre el cofre de esos secretos.

2 comentarios:

Martha Beatriz dijo...

Juan Carlos, vengo de leer a Duque, y no s'e porqué me dá la impresión de que este post y el último suyo están relacionados. Con respecto a ambos contenidos, predico día a día está libertad para no estar de acuerdo, especialmente en la blogósfera. El problema parece ser como cada individuo reacciona a este desacuerdo. Un saludo :)

Juan Carlos Chirinos dijo...

La libertad de expresión es un tema que nunca pasa de moda, desde que el mundo es mundo, Martha. Hay que recordar siempre en este tema de la libertad de expresión y el libre albedrío que mis derechos terminan exactamente donde comienzan los derechos d elos demás.
Un saludo!