10 sept. 2006

Ideología, esa palabrita mandona

Algunas palabras tienen una historia más larga y azarosa que otras, y por eso sus orígenes se pierden en leyendas brumosas y opacas explicaciones. Mas cuando salimos en busca de ellas, cuando las remontamos como el explorador que va tras el nacimiento de un río, nos damos cuenta de que aquello que creíamos fácil de asir se bifurca indefinidamente y no es posible reconocer la palabra en su origen. Eso pasa con democracia, con mitología, con dictadura, con oligarquía y hasta con escuálido. Y pasa con la ideología, que es la punta de un iceberg histórico curioso de conocer: fue Antoine-Louis-Claude, conde de Destutt de Tracy el primero que utilizó la palabra para nombrar su propia "ciencia de las ideas" que dejó consignada en un librito que se llama Éléments d'idéologie (Elementos de ideología), y que pronto fue traducido a varios idiomas, incluido el español en 1821. Al principio, esta nueva manera de acercarse al conocimiento fue recibida con entusiasmo por la naciente república francesa, al punto de ser considerada como la doctrina oficial del Directorio entre 1795 y 1799; incluso Napoléon Bonaparte fue uno de sus valedores; pero con el tiempo el general se separó de Destutt y finalmente, en su exilio de Santa Elena, expresaba abiertamente su desprecio por la ideología del pensador francés. ¿En qué consistía esta ciencia de las ideas? La Encyclopædia Britannica la secciona en cinco características: (1) una teoría que más o menos explica la experiencia humana y el mundo; (2) que plantea un programa de organización social y política en términos generales y abstractos; (3) que entiende que la realización de este programa conlleva una lucha; (4) que busca no sólo persuadir sino reclutar simpatizantes leales a quienes exigir un compromiso; y (5) que está dirigida al público en general, pero tiende a conferir una atención especial a los intelectuales.
No es difícil observar cómo persisten estas características en las distintas ideologías que se han desarrollado durante los siglos xix y xx, desde el fructífero positivismo del siglo xix hasta el ignorante socialismo del siglo xxi. Y es que la finalidad de la ideología, tal como la entendemos hoy, se ajusta a la definición inicial que da la Britannica: una forma de filosofía social y política en la cual los elementos prácticos son tan importantes como los teóricos. Es un sistema de ideas que aspira, al mismo tiempo, explicar y cambiar al mundo. Nada más y nada menos.
Y, claro, aquí es cuando entiendo por qué a mí nunca me ha gustado eso de seguir una ideología. Sin saberlo, mi espíritu se rebelaba contra un sistema que te obliga, por definición, a estar comprometido lealmente con él, a luchar para que se instaure en el mundo y que encima va dirigido preferentemente a esa clase pavosa que son los intelectuales. Y no sólo eso: además la ideología ha llegado a nuestra vida con la vana pretensión de cambiar el mundo que -por cierto- ya se cambia solito sin que nadie lo esté ayudando.
Lo que subyace en el fondo de mi rechazo hacia las ideologías, o mejor, hacia la profesión de una ideología en particular, es lo que de obligatorio tiene, lo que de dogmático puede generar: cuando sigues una ideología, difícil será que trates de actuar de manera contraria porque de inmediato tus correligionarios (y nunca antes mejor utilizada esta palabra) te acusarán de esquirol, de contrarrevolucionario, de disidente, de pajúo, y este es un camino que lleva, a mi manera de ver, hacia la anulación del pensamiento, del individuo y de ese bien preciado que es el libre albedrío. Y vuelve la frase: sí, sí, soy muy amigo de Platón, es pana, pero más amigo quiero ser de la verdad, dicen los latinos (aunque aún hay que preguntarse qué es eso de la verdad). En todo caso, que una serie de reglas elaboradas antes de que yo me enfrente con el mundo y sus cosas me indique de qué manera debo comportarme en ese mismo mundo, levanta demasiadas sospechas en mi alma levantisca y simpática hacia la rebelión del dador de luz. La preceptiva, ciencia que se ocupa de elaborar leyes y reglas, no es tan flexible como la descriptiva, ciencia que se encarga tan sólo de describir lo que percibe. Mejor Artistóteles que Boileau.
Por eso me gustó tanto una frase que leí en una página web sobre anarquismo, y que he atesorado en el cofrecito de las sentencias sobre las que hay que pensar siempre:
En la teoría, tú tienes ideas; en la ideología, las ideas te tienen a ti.

5 comentarios:

Hombre Lobo dijo...

Y es que además, te conviertes en un burdo instrumento de una supuesta "causa" por la que hay que "dar la vida".

Por eso es que pocas cosas me producen más desconfianza que el catalogar a alguien/algo como un artista/obra/persona/sociedad/grupo/gobierno "comprometido".

Me pregunto yo: ¿comprometido con qué?

Excelente esa frase, por cierto. Creo que lo deja muy claro. Muchos saludos.

Jesús Nieves Montero dijo...

y con todo y eso nuestro presidente pretende que lo sigamos en la única idea que al aparecer procesa de manera consistente: permanecer eternamente en el poder...

lider único, partido único, visión única...

brazos abiertos al Gran Hermano...

salud!

j.

Anónimo dijo...

Y aunque no tenga nada que ver, nunca olvidar que la vida es un plato de espaguetis a las cinco de la mañana en la soledad de la Gran Vía.

rossana dijo...

es bellisimo. cuando lei que habias dicho estas palabras, supe que te iba a seguir la pista.

Anónimo dijo...

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