13 sept. 2006

El creador y el compromiso con su época

Hubo una época en que se le exigía al creador poner su talento al servicio de una causa, cualquiera, la que considerara más justa. En esa época, si eras escritor de novelas, por ejemplo, tus novelas debían reflejar la realidad de tu país, debías utilzar la excusa de un argumento para mostrar de qué manera el Estado, o la Iglesia, o los empresarios habían convertido a tu pueblo en unos esclavos. No estaba esa época para guiños a la imaginación y el cultivo del territorio ficticio, sino para la pluma recia que escribía con el oído (y el odio) pegado a la tierra. Las novelas de los escritores no eran libros, eran espejos de la realidad; el escritor no era un artista, sino un cristalero que caminaba hacia el futuro con un espejo en alto y, por ese espejo, pasaba una galería de personajes que eran los mismos con los que compartías el suelo de tu patria. Esa época no era condescendiente con aquellos artistas empeñados en vivir encerrados en sus torres de marfil, egoístas, incapaces de entender que poseían un poder capaz de transformar la sociedad. Esa época estaba segura de que un arte como la literatura era el vehículo perfecto para educar a la masa sin-voz, y que esta lo agradecería.
Habían confundido al creador con el ciudadano, y lo habían condenado a ser un manual de urbanidad y no el conducto de la imaginación. Habían olvidado que la realidad está allí, y que no es posible eludirla, que no hay escapatoria hacia el mundo de lo ficticio porque la realidad es más expansiva y por eso era una tautología tratar de ser voluntariamente un reflejo de la realidad, porque eso es como estar pendiente de que se respira no vaya a ser que a la nariz se le olvide. Y se habían empeñado, por fin, en utilizar un rastrillo para zurcir la seda, porque no hay creación que cambie una sociedad si esta sociedad no está preparada para cambiar. Conscientemente, el arte no debería tener nada que ver con el cambio de actitud de una sociedad, so pena de malograrse.
Pero en esa época estaban empeñados en no dejar que el creador fuera tan solo eso y que, el resto del tiempo, cumpliera las funciones que todos los ciudadanos cumplían. No querían dejar que el creador fuera el que decidiera cuándo, cómo y dónde poner sus intereses creativos y por eso el creador estaba lisiado, con la oreja pegada al suelo de su patria tratando de oír las palpitaciones de la misma y perdiéndose espectáculos estimulantes como el señor que se rasca la espalda contra la pared, los zamuros que conversan animadamente mientras juegan dominó con un loro, o la fuente de donde brotaba tinta a las seis de la mañana.
Los creadores de ese tiempo hubieran querido vivir en éste, en el que nadie les reclama reflejo alguno, en el que a nadie le interesa si su talento alaba al poderoso o lo critica, en el que son libres de escribir, de pintar, de componer, de filmar lo que sea, porque a nadie le va a molestar. Una época dorada. Cómo no.

2 comentarios:

Hombre Lobo dijo...

Este es un tema del que siempre por alguna razón termino hablando. Cuando estudiaba Letras siempre me molestó esa tesis marxistoide según la cual TODA obra de arte es el producto y reflejo de la sociedad en la que se enmarca.

Por supuesto, esto deja de lado la voluntad creadora del autor y su imaginación, su individualidad, que creo es el principal motor de la obra. Y de esto estoy convencido por mucho que Umberto Eco diga que hay que "matar al autor". Pero en fin...

Juan Carlos Chirinos dijo...

es que insistir en que la obra de arte refleja la realidad es una perugrillada de lo más inútil.