22 ago. 2006

Mi imperialismo

Quizá uno sea lo que juega, también, además de lo que come y de con quién anda. Ya tengo dos años jugando sin parar Empire Earth, una estrategia como Age of Empires y que supongo viene de la familia de las civilizaciones, tan famosas siempre. Pero yo juego el más chungo, porque mi computadora es pequeña ya para los avances tecnológicos de los ordenadores portátiles, que según cálculos aumentan su capacidad cada dieciocho meses de manera exponencial y así no hay bolsillo que aguante. Creo que el avance de las computadoras es como aquella petición al emir que contaba el brasileño Júlio César de Mello e Souza, mejor conocido por su seudónimo árabe, Malba Tahan, en El hombre que calculaba: que le recompensara con tantos granos de trigo como cupieran en un tablero de ajedrez, de la siguiente manera: 2, 4, 8, 16, 32, 64... y como el tablero tiene 64 escaques, la recompensa superaba con creces las posibilidades del reino Exactamente 9.223.372.036.854.775.808 (9,22 trillones de granos, que ya es algo). Pues asimismo me pasa a mí con la velocidad de las computadoras y su precio: nunca tengo como para comprarme el útlimo modelo; y, además, esas uvas estaban verdes, como dijo la zorra. Así que juego mi versión chunga de Empire Earth y me divierto creando una civilización a partir de diez habitantes y una casita, a los que de inmediato pongo a cortar leña, recoger comida y recolectar oro, hierro y piedra. A algunos los mando a explorar. Hago iglesias y pongo sacerdotes y profetas, que son terribles lanzando epidemias y creando terremotos; hago universidades y adelanto el conocimiento de mi pueblo; hago hospitales y aumento la salud de mis ciudadanos; hago granjas y puertos para pescar; y al rato me entran ganas de convocar una asamblea constituyente (es broma; mi pueblo no hace caso a falsos profetas). Y, claro, inevitablemente me veo obligado a construir establos, cuarteles, campos de tiro con arco y fábricas de ingenios para asedio y defensa, porque pronto las otras civilizaciones (esos asirios malucos, esos babilonios perversos) vienen a atacarme, por lo cual levanto murallas y construyo torres de vigía. A veces lanzo 60 jinetes a explorar el territorio. Y, si sobrevivimos, mi pueblo avanza desde la edad de piedra hasta la nano-edad, con cybers y helicópetros reaper, después de haber pasado por el Renacimiento sin un Leonardo, un Giotto, un Miguel Ángel o un Rafael, y por la Edad Imperial sin un Byron, un Goethe o un Wordsworth, ni siquiera un Esproncedita de nada. A mí me gusta más ver cómo crecen las ciudades, pero el juego está hecho para que construyas maravillas y te enfrentes por el territorio con los demás. Y, cuando ya no queda más que conquistar, la computadora te grita; ¡has alcanzado la victoria!, como si eso fuera lo que uno andaba buscando. Total que al final, después de largas horas, mis hombrecitos y mis mujercitas (todos los militares son hombres, cosa curiosa) se quedan devastando bosques, cosechando trigo y saqueando las minas. No me aburre; soy un adicto a los videojuegos desde que vi (y jugué) el primero a los diez años (ese que era una pelotica y dos raqueticas que tanto nos maravilló a mi hermano y a mí); pero me gustaría que, sin ser la ñoñada de los Sims, estas civilizaciones fueran menos dirigidas a joderle la vida a los demás. ¿Algo así como La decadencia de Occidente en videojuego? ¿El otoño de la Edad Media para pc? ¿Historia de la locura en la época clásica para x-box? En Leerse los gatos, mi primer libro de cuentos, publiqué un relato, Prince of Persia(como el juego homónimo), que era un intento de literaturizar mi pasión por los videojuegos. No sé si lo logré. Juzquen ustedes aquí, si quieren ---> ¡zas!. En fin, qué mundos estos.

1 comentario:

BB dijo...

Veo que nadie te comenta sobre esto.
Es verdad. Todos esos juegos tienen la tendencia a ser imperialistas. Mi estrategia favorita en Civilization era lanzarle bombas atómicas a Gandhi cuando venía a amenazarme violentamente.
Pero hay que verle el lado bueno a estos juegos: al final son educativos. Irma siempre dice que antes de tener elecciones en cualquier país en América del Sur, lo que hay que hacer es usar unos pocos impuestos en la compra de varias copias de SimCity, así se puede entrenar a todos aquellos que quieran ser alcaldes. De hecho, la cosa se podría simplificar un poco más y, en vez de elecciones, se podría decidir con un algoritmo entre el balace presupuestario y la aceptación del pueblo (en el juego, claro está).
Yo, en cambio, estoy atascada en la penúltima version del Príncipe de Persia, tratando de rescatar a una princesa que no sé ni quién es con un personaje sin noción de que en la próxima version del juego (y gracias a las Arenas del Tiempo) el enemigo es él.