7 de ago. de 2006

Cuentos chinos


Estoy en medio de la lectura de este libro de Andrés Oppenheimer ("Editor para América Latina, The Miami Herald", pone en su tarjeta de presentación), cuyo subtítulo me atrajo de inmediato, en parte por las cosas que ando investigando en estos tiempos: El engaño de Washington y la mentira populista en América Latina. Pues resulta que el periodista argentino ha viajado por Latinoamérica y por varios países de Europa y Asia, como Irlanda, Polonia y China con la curiosidad de saber cuáles han sido las causas de la prosperidad capitalista de unos y el fracaso económico de otros (los otros, cuándo no, somos nosotros los de América Latina, con la ya conocida excepción chilena). El libro me está deparando muchas horas de entretenimiento, porque no paro de objetar en mi cabeza algunas ideas, y refutar muchas de sus frases: no se puede decir que la postura Oppenheimer sea ambigua: trabaja en el Herald, y eso ya es un grado. El libro me está resultando tendenciosón, aunque se sustenta en una buena bibliografía y en las entrevistas que fue haciendo durante sus viajes y, cómo no, en la larguísima experiencia del autor como analista y periodista de América Latina (posee un Pulitzer, un Ortega y Gasset y un Rey de España, que no es moco de pavo). No se puede decir que es un paracaidista, pero a veces comete errores que hubieran sido fáciles de subsanar y que afean la veracidad de su discurso. Doy un ejemplo enano y baladí: cuando habla de Venezuela (porque le dedica el capítulo 8 completo, que leí en primer lugar: Venezuela: el proyecto narcisista-leninista -¿conocerá las categorizaciones literariomaracuchas de Luis Barrera Linares?) y se refiere a los cambios nominales que el presente gobierno ha impuesto y que no han afectado aún a los nombres en Caracas, dice textualmente: "De hecho, tampoco había metido mucha mano en los nombres de las calles de las zonas más populares de la Caracas del Oeste, como Catia, Petare o El Centro" (p. 252). Cualquier caraqueño lo habría sacado de su error: Petare está en el este, El Centro es una denominación demasiado ambigua para referirse a, entre otros, La Candelaria, Altagracia, San José, La Pastora, La Hoyada, El Conde y Quinta Crespo. Es como si llamáramos, aquí en Madrid, El Centro a Sol, Latina, Tirso de Molina, Santa Ana y Huertas, por decir algunas de las zonas de lo que entendemos como el downtown tradicional de la capital española. Estos gazapos los pude detectar cuando leía sobre Venezuela y porque viví once años en Caracas; ¿cuántos más habrá en los capítulos dedicados a México y Brasil (en el caso de Argentina, supongo que no)? No son más que detalles tontos (bueno, ni tanto...), que no afectan el grueso del ensayo, pero que molestan de veras y siembran la perniciosa semilla de la duda. Aparte de que muchas de las afirmaciones que hace lo levantan a uno de la silla por generalizadoras y un poco discriminantes, y tal vez ustedes digan que son tonteras de un mundo hipersensibilizado con la corrección lingüística, y lo acepto. Pero, si no cuidamos el lenguaje, ¿qué más podemos cuidar para salvarnos?
Si pueden, y les apetece, léanlo; por lo menos se divertirán un montón discutiendo con unas páginas que no les van a contestar. Yo sigo en lo mío...

3 comentarios:

Rafael Osío Cabrices dijo...

Juan Carlos, me sumo a tu lectura con parte del comentario que sobre Cuentos chinos publiqué en El Nacional:
Si un defecto tiene este libro, es que su enfoque es, digamos, demasiado tecnocrático. Aquí uno no sabe nada de las personas comunes, sólo de los funcionarios, las instituciones; sólo escucha aquí discursos interesados, regulados. Oppenheimer mira las cosas desde arriba, sin salpicarse con los matices y las contradicciones de la realidad de la calle. Uno se queda con la impresión de que él confía demasiado en sus recetas, de que cree que, si no se han puesto en práctica como en Irlanda o en Polonia, pues no es sólo porque elegimos malos gobernantes. La cosa es algo más complicada, como lo sabrá cualquier ciudadano atento que viva en Ciudad de México, en Buenos Aires o en Caracas, y no en la limpia Miami. Es como cuando uno conversa con un estadounidense o un alemán que nos pregunta “pero ¿por qué no hacen lo que saben que tienen que hacer, por qué pasa el tiempo y ustedes siguen tan, tan mal?”. Bueno, porque no es nada fácil, por una serie de factores históricos, culturales y hasta ambientales que no pueden enumerarse ni resumirse y que, lo sabemos también, no son raciales ni climáticos ni religiosos, pero igual están ahí y nos pesan más que las naciones industrializadas.
Vale mucho lo que dicen los expertos en una sala de Washington DC o los ingenieros chinos que hacen una nueva revolución en Beijing. Pero también vale lo que uno escucha en un edificio invadido en Sabana Grande o en un cocal del trópico cochabambino. Hace falta un poquito de sudor, de polvo, de gas lacrimógeno, entre tanto número y tanto informe. Pero, ojo: Cuentos chinos vale la pena, por supuesto, como ya lo han constatado varios buenos lectores de este país. Está muy bien documentado y exhibe una claridad meridiana. Sus argumentos están bien asentados, y son por completo razonables si el lector opera dentro de cierto sistema de pensamiento: a Guillermo García Ponce o a Augusto Pinochet les parecería una estupidez si lo leyeran. Oppenheimer termina bien parado, como siempre, y nos brinda el servicio de darnos algo de la buena información de que dispone. Al fin y al cabo, uno lo toma o lo deja. Uno decide. Todavía.

Juan Carlos Chirinos dijo...

Tienes razón es un libro que hay que leer para enterarse al menos de loq eu piensa Oppenheimer de lo que ve, que ha visto mucho y ha hablado con mucha gente, a pesar de que todo lo mira desde arriba como dices tú. Con una superioridad que lo hace decir a uno: "Sí que está bien documentado..."; pero cuando sigue leyendo y constata, piensa: "bueno, pero... quedan flecos documentales que desdicen de tanto bagaje y experiencia. Descubrí en la Biblioteca Nacional que cuando cita el libro de Michel Chevalier, "Méjico antiguo y moderno", no cita correctamente el lugar de donde sacó el fragmento; y es un poco confuso con eso. En varias oportunidades detecté que hay como un apresuramiento y una falta de cotejamiento con las fuentes. Eso le quita credibilidad al libro, lamentablemente".
Es como si su propia improvisación hablara justamente de lo que él no habla: que hay una serie de factores en Latino América que no se pueden pasar por alto, y que son parte del problema. Hay una frase de Curtius acerca de la rigurosidad intelectual que cabe muy bien en este libro, y en general en todo lo que hacemos nosotros: ¿es lo que le da ese aire creativo a las cosas? ¿O sólo e suna excusa para justificar la pereza? ¿La inevitable costumbre nuestra de "tocar todos los palos"? ¿De hacer de todo?
En fin, estas cosas me intrigan mucho, y dan para largas conversaciones; pero, sobre todo, deberían dar para el sosiego de la lectura y el pensamiento.
Hay que escuchar todos los rincones...
Saludos de nuevo.

Anónimo dijo...

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