11 jul. 2006

Ligeras, pero mortales

Uno de los editoriales de El País hoy:

Ligeras, pero mortales
Son pequeñas pero causan una destrucción masiva. Cada día mueren en conflictos y crímenes 1.000 personas por armas ligeras, de las que hay una por cada 10 habitantes en el mundo. Después de dos semanas, la ONU ha cerrado sin acuerdo una difícil conferencia con Estados, organizaciones internacionales y ONG, que pretendía revisar el plan aprobado en 2001 "para prevenir, combatir, y erradicar el comercio ilícito en armas pequeñas y ligeras en todos sus aspectos". Lo rimbombante del título contrasta con la nulidad de los resultados.
Los países europeos (que son grandes exportadores de armamento), España incluida, defendían la idea de establecer unos principios universales para regular el comercio legal de estas armas, frenar el ilícito y limpiar y destruir las armas que quedan abandonadas tras los conflictos pero de las que muchos señores de la guerra se aprovechan. No ha sido posible debido a múltiples intereses, algunos tan chocantes y coincidentes como los de Estados Unidos con Irán, Venezuela, Rusia y China. La ONU, pese a los 2.000 participantes en esta conferencia, ha vuelto a dar un espectáculo, no por esperado menos lamentable.
El general Kaláshnikov, inventor del fusil que lleva su nombre, el AK-47, arma más extendida en los conflictos del mundo y que en algunos lugares de África se puede encontrar por poco más de 10 euros, había pedido, arrepentido, un mayor control internacional sobre el arma que seguirá siendo la más usada en las zonas de conflicto del Tercer Mundo. El millón de firmas recogido en 150 países en contra de las armas no ha influido demasiado en los resultados de esta conferencia. Sobre la que, por cierto, difundió una carta la poderosa Asociación Nacional del Rifle de EE UU, acusando a este encuentro de querer desposeer a los americanos de sus armas. Era, evidentemente, una falsedad. Como recordó el secretario general de la ONU, Kofi Annan, el objetivo no era lograr una prohibición global sobre las armas ligeras o su comercio, sino renovar el plan de acción de 2001. Al menos, de aquel plan de acción salió un reforzamiento de las medidas legislativas en medio centenar de países para luchar contra el tráfico ilícito de estas armas, y se han suscrito dos convenios internacionales.
Es necesario perseverar. La presión combinada de ONG y Estados (en ese caso Canadá) creó una dinámica que llevó en 1997 al Tratado de prohibición total de las minas antipersonas (EE UU y muchos otros países no lo han suscrito). Con las armas pequeñas y ligeras es aún más difícil, pues hay grandes intereses por medio en un negocio de 4.000 millones de dólares al año, una cuarta parte del cual es ilícito. Pero cada pasito que se dé para reducir su tráfico y uso salvará alguna vida. Pero esta vez, no se ha dado ni un paso.
(El País, 11 de julio de 2006)