12 dic. 2005

La reina de los cuatro nombres [2005]


Políxena, o la muñeca del dios
La niña juega con una muñeca de trapo que Eufrasia, la nodriza ática, ha confeccionado. Sin querer, y para regocijo de la niña, la sirvienta dibujó los ojos de la muñeca del mismo tono que los suyos, lo que interpreta como una buena señal, porque los dioses le han deparado una compañera de juegos a la que debe prodigar cuidados como el preciado tesoro que es. En la enorme habitación, Ofelia, como ha sido bautizada la muñeca («porque todas las cosas deben poseer un nombre, si no desaparecen», asegura la nodriza), tiene un lugar donde nadie la perturba, salvo las manos de su dueña, que cuando regresa de jugar en el jardín o de aprender a escribir los signos de sus antepasados, entra como un tornado y salvando todos los obstáculos la coge de la pequeña silla de piel de oveja que el marido de Eufrasia ha construido a su medida.
¡Ofelia! ¿Dónde está mi Ofelia?, —pregunta la niña al aire, sonriente, mientras Eufrasia la sigue, pues la orden de su amo ha sido que no la descuide ni un segundo. El padre, el rey Neoptólemo, sabe que su hija sueña con Zeus por las noches y eso la inquieta en el día haciéndola particularmente sensible; no es normal que una niña tan pequeña (¿qué edad tiene? ¿6, 7, quizá 9 años?) tenga ya esa devoción por el culto y la alabanza a los dioses. Quizá se deba a que el oráculo dedicado a Zeus está muy cerca del palacio; tanto, que cuando el viento es propicio se puede sentir el aroma del incienso y de la mirra que llegan como campanadas silenciosas y llenas de religiosidad. «Tampoco es tan malo», piensa Eufrasia, «pues mi ama está llamada a cuidar de un palacio y a criar varones sanos y fuertes que se ocupen de los asuntos de la ciudad y de la guerra. Una mujer no ha nacido para gobernar, así que puede ofrecer toda su fuerza a la fe —y a su marido, si los dioses lo permiten—. No le hace daño a nadie su conducta », cavila, pero son pensamientos que se guarda para sí, porque un siervo no debe contradecir las órdenes de los señores y mucho menos atreverse a dudar de su sabiduría. Así que, siguiendo las instrucciones, no deja a la niña sola ni un instante, porque no quiere que su cabeza dé cuenta de sus descuidos. La contempla con el afecto maternal que sólo da la cotidianidad y se ensimisma, trascendiendo el objetivo que mira.
¿Me cuentas otra vez lo de mi nombre?
La sirvienta sienta a la niña en sus rodillas, la niña arrulla a Ofelia en su regazo y, meciéndose las tres, Eufrasia repite como si fuera un secreto el nombre que le han pedido que explique:
Políxena, Políxena, recibes a todos en tu hogar, como la buena mujer que vas a ser, Políxena, Políxena, la muy hospitalaria Políxena...
La princesa de Epiro ríe a carcajadas cuando su aya, firme y dulce, la atormenta haciéndole cosquillas debajo de los brazos, mientras Ofelia cae al suelo y las mira con los ojos iguales a los de su ama, en silencio y sin protestar. La tarde comienza a despedirse en las montañas de Dodona; el viento vuelve a traer el aroma del incienso, Ofelia saluda a la niña sacándole una lengua bífida, y la princesa se queda estupefacta. Ofelia sisea como una serpiente de Samotracia y Políxena se estremece porque sabe que esta noche Zeus volverá a visitarla.