20 dic. 2005

La generación que no acaba

Soy de una generación que no acaba y por eso me siento muy cómodo en ella. Se me pide a causa de esto que conteste a varias interrogantes: si existe una narrativa generacional en español, si existe una narrativa con características geográficas, y cómo me siento en mi generación en contraste con otras generaciones. Respondida esta última, contestaré las dos primeras. Cuando pienso en si pertenezco a una generación, pienso que el primer miembro de los escritores de América Latina es Cristóbal Colón. Con él, sobre todo con la tercera carta a los reyes católicos, entra a América (en canoa, por cierto) una lengua que no se resignó a quedarse en los campos de Castilla y se desparramó generosa por todo un continente, aceptando, como no podía ser de otra forma, la convivencia con las cientos de lenguas que ya se hablaban antes de que el genovés pisara la tierra para él desconocida. Porque la literatura siempre ha sido un continuo; la clasificación entre una forma y otra no es más que la categoría necesaria para que nuestro entendimiento no se pierda en esa línea viscosa que es la Historia. Desde luego, ha sido muy útil para poder ver, mirar, cada momento de ese continuo, fraccionándolo de manera artificial. Que la literatura es una sola voz ya lo han dicho infinidad de escritores antes que yo, y basta evocar la volátil existencia del libro de arena de Borges para entender que entre un escritor y otro hay más lazos de los que estamos dispuestos a admitir. Del genovés descubridor a los jóvenes escritores de eso que mal llamamos Latino América (¿y por qué no también España?) que difunden sus textos a través de Internet fluye el hilo de una generación que no acabará nunca.
Pero debemos aceptar la convención categorizadora y tratar de hablar de los últimos veinte años, es decir, los años en los que nosotros mismos hemos querido participar de ese hilo generacional que sigue su curso con cada libro de cuentos, con cada novela, con cada poemario, con cada ensayo literario. Y me parece que cada vez es más difícil describir una narrativa con características geográficas precisas tal como se verifica en novelas como Doña Bárbara, del venezolano Rómulo Gallegos (cumbre del realismo documental y crítico latinoamericano y precursora, a mi entender, del Realismo Mágico que luego caracterizaría la obra de García Márquez y sus epígonos), en Cecilia Valdés, del cubano Cirilo Villaverde o en la monumental Adán Buenosaires, del argentino Leopoldo Marechal, tan cercana a los experimentos de Joyce. Obras todas que se actualizan con la lectura de cada generación, y que señalan el camino antes que imponer estilos y temas. Porque la geografía de la narrativa latinoamericana moderna, en su afán de crear la cartografía mayor, trasciende tiempos y espacios. Como en aquel cuento borgiano en el que el mapa del Imperio tenía el tamaño del Imperio, el mapa geográfico de la ficción latinoamericana ocupa toda la ficción —y más allá. No hay que olvidar que la realidad, esa otra realidad que está más allá de las palabras, se impone siempre y casi no hay escritor latinoamericano que no trate de reflejarla en lo que escribe: pobreza, marginación social, violencia política, corrupción: todo eso que Néstor García Canclini llamó con tanto acierto nuestra cultura híbrida. Pongo algunos ejemplos. La obra del venezolano Juan Carlos Méndez Guédez (Una tarde con campanas) ha creado un espacio verbal para el exilio latinoamericano y mágico en Madrid de la misma manera como el también venezolano Roberto Echeto (Breviario galante) disecciona la realidad fractal de la ciudad latinoamericana contemporánea, ciudad ésta que tiene un origen cuasi mítico y que el colombiano William Ospina (Ursúa) recupera como una historia más fabulosa que la imaginación. Su compatriota, Pedro Badrán Padauí (La magia del Joe Domínguez) cree también que la marginalidad se alimenta de la leyenda, mientras que el mexicano Jorge Volpi (En busca de Klingsor) fija una mirada exótica sobre Europa y el chileno Carlos Franz (El lugar donde estuvo el Paraíso) explora la voz femenina en el contraste de la selva amazónica. Simultáneamente, en el norte, el hondureño Roberto Quesada (Big banana) y la dominicana estadounidense Julia Álvarez (¡Yo!) ponen en escena la realidad de ser inmigrantes que pierden sus raíces en el país más poderoso del mundo. Autores de varias generaciones y de dos decenas de países que son al mismo tiempo los topógrafos de un mapa que cambia todos los días y cuyas montañas se mueven veloces como gamos. Y tras estos topógrafos, las voces de las literaturas de otras lenguas (esos otros mapas del mundo: un idioma es el Universo traducido a ese idioma, proclamó Ramos Sucre) resuenan como espacios para el intercambio y la opinión, la identificación y el disenso: John Maxwell Coetzee, Banana Yoshimoto, John Fante, John Cheever, Fedor Dostoievski, Lev Tolstoi, Vladimir Nabokov, Murasaki Shikibu, Amélie Nothomb: autores de muchas lenguas y muchos tiempos conviven apaciblemente en el juego de las palabras, porque en el mapa de nuestra generación, de cuatro (o muchas dimensiones), el tiempo y el espacio ocupan las mismas coordenadas. Por eso me parece tan cómodo que esta generación no se acabe nunca.
Viena, 14 de diciembre de 2005. Instituto Cervantes

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Es bueno este texto. QUizás te faltó hablar más del Crack que es quien os ha indicado el camino y ha sido la punta de lanza de la nueva narrativa hispanoamericana. Lo mismo de Mc Condo, que entiendo es el otro gran hito a partir del cual vosotros fuisteis posibles. O al menos eso es lo que se dice aquí en España en los medios especializados.

Juan Carlos Chirinos dijo...

Bueno, la verdad es que conocí a dos miembros del crack (y supe de qué iba ese movimiento mexicano) cuando llegué a Salamanca en 1997; en Venezuela no sabíamos nada de ellos, quizá verificando que sigue siendo España el punto de unión entre los países, lo que no me parece del todo bueno. Sobre McOndo, la verdad sé poco. Creo que este tipo de manifestaciones se dan periódicamente en cada región o país de nuestro continente muchas veces sin repercutir demasiado en otros países. Por los noventa en Venezuela se hablaba de la "generación de lso noventa" a la que me negaba a pertenecer, pero en la que entran casi todos los que empezamos a publicar en esa década. Pero eso ya es prehistoria.
En todo caso, una cosa es el hilo d ela literatura y otra muy distinta las campañas y promociones que medios de comunicación y editoriales diseñan para vender. Y es otra manera de categorizar y dividir una cosa que, en el fondo, es una sola.

Anónimo dijo...

¡Eso es, Juan Carlos! ¡Chapachou until death!

Juan Carlos Chirinos dijo...

chapachou

mireya tabuas dijo...

me gustó mucho este texto...tengo muchas coincidencias con él
saludos!!!