20 jul. 2005

ALCIBÍADES


Sobre todo, no criar a un león en la ciudad,
pero si se cría a uno, regirse por sus costumbres.
Aristófanes

I
Las hojas caminan más rápido que yo; entra el otoño. En esta época del año no hay manera de alcanzarlas porque tienen un pequeño truco y la ayuda del viento. A mí, mis pies me arrastran por las ondulaciones de la calzada y el viento me rodea como a leproso sin salida, como a condenado por el mundo, como a maldito de dioses y sacerdotes. No soy, cosa natural, un desdichado más del cosmos; me acaba de rechazar la mitad de mi ser, soy un exiliado de la parte simétrica de mi cuerpo. Una melodía me persigue con insistencia, y sé que ya no es mi preferida: el detestable sonido de la flauta. La aurora se anuncia a los lejos, y yo soy una botella que derrama un líquido viscoso y de difícil extracción. ¡Ah!, quiero gritar, y nada sale de mi boca porque el líquido viscoso evita que los orificios de mi cuerpo tengan un respiradero regular. ¡Ah!, quiero gritar. Ni los hombres ni las bestias, que eran la misma cosa en mi tierra, podrían echarme una mano; ni siquiera el dulce timbre de una mujer, y su tersa piel: nada hay más necesario para mí que el ceñudo gesto de los esclavos, o la obediencia tácita del empleado pobre. Mis ropas, hermosas y de la púrpura que tanto me gusta, se baten contra mis piernas, quizás queriendo protestar la ruta decidida por mis verdugos, aquellos que se llevan la mitad de todo lo que poseo. Hoy el rey Pelópidas ha decidido relevarme de mi cargo.
Ni siquiera las hojas del próximo otoño guardan ya cierto respeto hacia mi figura; ¿tan vil soy?, ¿tan repugnante? Ni la acusación de incompetente, ni la de ambicioso, ni siquiera las de irresponsable, apátrida y traidor me ultrajan; es la sensación estética, la censura a mis maneras lo que me destruye. Pero, dioses, ¿tanta repulsión genero?
Esta mañana he bajado al mercado, como siempre; dos esclavos llevan mi impedimenta, y una doncella guarda, por si acaso la ocasión se presenta, el bote de perfume con que suelo anunciar mi llegada a los lugares importantes. No es necesario que explique que las miradas de envidia me siguen a todos lados, como siempre, pero ésa es una sensación a la que ya estoy acostumbrado. Ese tipo de miradas no puede, de ninguna manera, ser signo de un agüero dulce o fatal; es, por así decirlo, una consecuencia natural de mi figura, como la sombra que estamos condenados a llevar pisemos donde pisemos. Hubiera podido prescindir de los esclavos, de la doncella de los perfumes, mi copera personal, pero ni queriendo puedo suprimir esas dos marcas que mi cuerpo inflige diariamente al mundo: mi sombra y los ojos ajenos inyectados de envidia.
No este día.
El día en que Pelópidas me ha despedido.
El ágora bullía de gente de todo tipo; en esa época del año, antes de acercarse el invierno, los comerciantes aprovechaban para deshacerse de la mercancía que no había tenido suerte en los bazares de la costa africana, ni en los tugurios apestosos de los bárbaros del septentrión. El ágora era, a causa de esto, el sumidero de la gente más fea y desagradable del orbe, pero supongo que una vez al año también ellos tienen derecho a transitar por el pulcro decorado que me ha visto nacer —y gobernar—. A mí, al estrategos mayor. Sin embargo, el paso arrogante de mis sandalias y la mirada insolente no tenían por qué desaparecer de mi rostro, nadie espera eso de mí. Esperan, lo sé, que derrame mis riquezas sobre ellos, que reparta mi fortuna comprando cualquier tipo de mercancía que sólo aumentará el gracioso caos de mi hogar, y a incrementar el escandaloso resentimiento con que mis vecinos me miran. ¿Acaso me importa eso?
Para evitar que mi nariz tropiece con ciertos olores malignos que suelen sobrevolar los zocos, ordené a la copera que esparciera mi perfume preferido por la ruta que supuse con antelación. Cuando la morbidez se apodera de mí, soy capaz de alfombrar las montañas con tal de no hacer ningún esfuerzo. La esclava parecía uno de esos duendes que, escondidos entre los olivos sagrados, dan a la frontera de la ciudad el aspecto de recinto para dioses multitudinarios.
Lo primero que adquirí fue un hermoso caballo negro con un lunar en la frente semejante al sello tesalio que distingue a los de la estirpe de los bucéfalos, pero su considerable tamaño revelaba que se trataba de otra especie, más apropiada para los desfiles y las carreras del hipódromo que para el trajinar en medio de una batalla. Pero como sabía que ninguna contienda me esperaba sino hasta después de la primavera, me permití el lujo de entregar veinte monedas de oro a cambio del corcel que de inmediato, quizás porque mi olor le recordaba el regazo de su madre, me tomó afecto; tanto, que me vi obligado a conducirlo con zalamerías al lado del sirviente asignado para cuidarlo. Nada como la lavanda para tranquilizar a un animal asustado. El mercader, zambo, de origen desconocido (¡qué gente dejan entrar en el ágora por estos días!) o, lo más probable, de la casta troglodita, contó con desesperación las monedas que mi administrador le entregara, y si no hubiera sido porque me rehusaba a dirigirle la palabra de nuevo y porque el caballo en realidad me había gustado, le habría devuelto la mercancía acompañada de cuarenta azotes. Sólo le recompensé con los azotes, y antes de finalizar el día tendría que recibirlos ante el templo si no quería perder todo el producto de su venta. Eso, o el sacrificio de setenta cabras en edad de merecer, voto imposible por innecesario.
Los establos me depararon la agradable sorpresa de los animales exóticos: un rinoceronte negro y pacífico, una jirafa cariñosa y una familia de monos peleones; el león meditabundo y el ñu que aguarda la zarpa del guepardo depredador; la garra aburrida del buitre azul, capturado en tierras muy lejanas. No compré nada de esto aunque no me faltaron ganas; pero el olor, ¡asco!, el olor me apartaba. Mi casa no está hecha para estos aromas indecentes.
Para las telas púrpura y los tejidos satinados sí tuve mucho tiempo; para acumular lápices de colores y tintes de todo tipo: el oro que hace brillar mi frente, el rojo para las noches de bacanales y el violeta para los días de tranquilidad. La tela suave que hay que ajustar firmemente en los hombros si no queremos que resbale y nos desnude para escándalo de los sacerdotes; la tela de vivos colores y tacto perverso en las yemas. Todo lo necesario para agradar los ojos de los que me aman y hurgar con saña en los corazones de los que me envidian. Y, como si los maliciosos pensamientos que cruzaban mi cabeza se materializaran o invocaran a genios de épocas pasadas, entró Ánito, con su paso de ganso dormido y los dos esclavos oscuros como el betún que siempre le acompañan.
—Salud, Estrategos, veo que andas de compras, —se atrevió a insinuar, pero como siempre ya sus ojos censuraban las adquisiciones que hago para construirme un mundo cómodo y delicioso, para dormir. Lo que Ánito nunca ha terminado de entender es que mi gusto por la púrpura y la suavidad de las colchas no inutilizan la instrucción que he recibido en la falange, ni disminuyen un ápice la intuición que, como un pájaro de fuego, me acompaña protegiéndome de los malos mestureros. Algo extraño y peligroso está a punto de ocurrir cuando Ánito, el ser con el peor gusto del mundo, se acerca a las tiendas de las alhajas para las maricas. Mi sospecha estuvo muy bien fundada porque de inmediato percibí un olor extraño que no provenía de las habilidades de la portadora de mis ungüentos. Se trataba de dos mercenarios getas que, escondidos entre las telas del cobarde mercader —siempre hay algún plebeyo dispuesto a entregarme—, hacían brillar sus espadas como los adornos de la Señora de la Sombras; pero yo sabía que éste tampoco sería mi final. Con mucha parsimonia y afecto me acerqué a quien me saludaba y lo besé en la boca, como suelen hacer los persas antes de acabar con un enemigo. Sabía que el bruto de Ánito no conocería la bárbara costumbre porque apenas ha pisado las costas de nuestra ciudad y desde hace mucho tiempo no lee un libro. Y, además, esta costumbre persa la descubrí cuando los dominé con mi ejército feroz.
—Querido primo, Ánito, hijo de Dodona y Pan, semidiós de nuestro pueblo...
No estaba de más mi interpretación, no en balde era el primer actor de la Compañía del Teatro Real. Sabía que él odiaba esa manera refinada de llamarle idiota, y que no había sido nunca capaz de devolverme una respuesta adecuada; y ese breve instante de turbación suya me permitió calibrar la posición en que me hallaba y si había una manera de librarme del atentado que se me venía encima. Enseguida supe que no sería sino otro episodio de mi agitada vida política, que ni Ánito ni sus secuaces serían rivales dignos de mi fuerza y mi astucia, que mi belleza estaba por encima de sus torpes intenciones. ¿Entonces por qué esta mañana las hojas en el ágora caminan más rápido que yo y el viento me huye como si estuviera apestado, como si la guapa señora vestida de negro estuviera preparada para llevarme con ella a donde ya las ropas no son necesarias y los perfumes no se sienten? ¿Por qué oigo esa melodía de la flauta, por qué me persigue como si un saltimbanqui hubiera decidido que ése era el fondo sobre el cual mis acciones ocurrirían hoy? ¿Sólo porque Pelópidas se ha enojado hoy conmigo o será que Pan ha venido a buscarme?
—Me tratas con el honor que no merezco, Alcibíades, y eso a veces también puede ser un insulto, —me respondió Ánito con inusitada fiereza mientras me devolvía el beso con un estrecho abrazo que me inmovilizó por un segundo, el abrazo de una serpiente hambrienta. Sin embargo la entonación de las vocales no habría delatado al traidor, y la sumisión de los negros habría calmado a hombres menos capciosos, pero yo suelo confiar en señales más recónditas: el brillo en los ojos de un caballo, fuera de la tienda, y el silencio repentino, como cuando el guepardo está punto de saltar sobre su presa, me previnieron. Olía a muerte. Como pude, desplomé todo mi peso sobre las grasientas partes de mi asqueroso primo, justo en el momento en que los mercenarios saltaban sobre mí con sus espadas y los negros cerraban el paso hacia la seguridad del mercado. Saqué la daga que llevo guardada en la entrepierna —un truco que aprendí de los barbors— y abrí un canal en la panza de Ánito, para cerciorarme que la sangre y los gritos de dolor distraerían a mis atacantes. Ánito me soltó y yo presto me levante y degollé a los dos negros —mi daga estaba sedienta— y gané la salida, dejando a Ánito herido no de muerte pero sí de orgullo. De inmediato la tienda de las telas se llenó de curiosos y los guardias se acercaron a ver qué ocurría.
Mi copera sacó la túnica de repuesto para cuando ocurren episodios semejantes o para cuando el barro mancha mis vestiduras. Yo estaba tan feliz que fui arrancando una a una las cabezas de los Hermes que protegen las entradas de las casas y el pórtico de los templos, echándolas a rodar como si se tratara de las bolas que los celtas usan para distraer las horas antes de las batallas. El imbécil de Ánito tardaría en ensayar otro atentado y si no fuera porque es mi primo hace tiempo lo habría hecho colgar, pero no tengo ganas de escribir el panegírico familiar que se acostumbra en estos casos. Mi humor mejoraba, a pesar de que el viento insistía en evitarme recordándome que había sido despreciado por la mitad de mi existencia y justamente por la única razón que me dolía: la razón estética. ¿Tanto desprecia Pelópidas mi estilo? Era un exiliado de la parte simétrica de mi cuerpo, y la melodía que me despertara en la mañana me seguía en la flauta de los saltimbanquis y las canciones de los comerciantes que titilan en el desierto. ¿Qué estaba ocurriendo con mi humor y el del mundo que no terminaban de ponerse de acuerdo? Y si no era esta aventura con mi primo Ánito, ¿dónde estaba la inflexión que hacía diferente esta visita al mercado lleno de gente de todo tipo, en la ciudad donde nací y que he gobernado con dulzura pero con firmeza? Pelópidas, ay, Pelópidas, recapacita.
En estas cavilaciones estaba cuando lo vi.
Y entonces se hizo la luz. Su cabeza imperiosa y su mirada airada fueron suficientes explicaciones para el misterio que rodeaba ese día, para el oráculo que no terminaba de manifestarse.
Allí estaba. Grande. Hermoso. Iraila.

II
Los más viejos no se molestan en levantarse porque saben que aún hay que esperar el saludo del sol. Las murallas se alzan majestuosas y al mismo tiempo débiles; no es de sus rocas de donde emerge su poder. Mientras el mercado se abre, los aprendices untan los cascos de las bestias ya amansadas, procurando que la crema que le aplican saque, además, el brillo que aumentará su valor a la hora de la puja. He venido como un animal más; y así seré vendido esta mañana. Sólo espero que el amo que me toque no use sus ungüentos en ninguna de mis partes. No he sido entrenado para ese tipo de servicios, pero sé que si me toca un amo con esas costumbres tendré que obedecer porque para eso me han criado. Igual que las otras bestias que vienen de las tierras donde yo nací. Hemos sido preparados para esta jornada, quizá la más importante de todas en nuestra vida. El resto de ella apenas será una sucesión ininterrumpida de placenteros días al servicio de un amo tolerante o guerrero.
El sol ya ha empezado a despeinar sus cabellos, augurando otra calurosa jornada ante las murallas de los barbors. Con un poco de suerte seré vendido hoy, y así no tendré que soportar la incomodidad y los pésimos modales del mercader que me dio caza mientras me bañaba en uno de los siete pozos de mi pueblo. Uno de los célebres pozos donde, según los testimonios de mis antepasados, las siete diosas retozaban protegiéndonos de las aves rapaces y alimentando a nuestras crías; las siete diosas creadoras de la Tierra y de las siete razas que la pueblan. Sólo nosotros, los iraila, hemos sido elegidos para cuidar los lugares de sosiego de las diosas, la única raza entre todas digna de mantener pura el agua donde ellas se bañan. Tal vez por eso, me temo, he caído en esta esclavitud; no debí contaminar con los humores de mi cuerpo sus aguas sagradas. Pero, ¿cómo explicarle a mi padre, el escanciador de leche, y a mi madre, la tejedora de hamacas, que tocarse dentro del agua que las diosas guardan para sí es más enloquecedor que la tibia superficie de las adolescentes iraila; más adormecedor que el vaho que se eleva de su sexo; más enajenante que la dureza de los jóvenes de mi escuadra?
El sol se alza dándole forma a los granos y las verduras maduras que esta misma noche serán servidos en los platos de los ricos; el sol sube y calienta los bollos de trigo y las tortas de harina desconocida; el gallo poncho ya ha sometido a las gallinas con su severo canto y algunas fieras dormitan todavía porque saben que no tiene sentido rugir. El bullicio del mercado barbors es de una grosería que supera incluso cualquier suposición de mis maestros. «Cuando seáis esclavos», solía repetir el más anciano, uno que obtuvo su libertad jugando ajedrez con su amo, «veréis cosas y gente que de otra forma no conoceríais, porque la vida iraila es pacífica y las siete diosas cuidan de nuestra inocencia, al igual que nosotros cuidamos sus cristalinos pozos, donde nunca nos bañamos. Cuando seáis esclavos, mis tiernos hijos, sabréis qué os quieren decir vuestras madres cuando os reprenden si por casualidad dejáis caer vuestra saliva en la sopa; “¡cerdo de los barbors!”, os dirán, y aún así todavía no habrán descrito con suficiente vulgaridad vuestra conducta, porque no hay nada más sucio que un mercado donde estos feroces seres vienen a buscar sus alimentos. Cuando os esclavicen tendréis la suerte de conocer esto y mucho más».
Si logro regresar a mi pueblo y me toca, como a todos los ancianos, enseñar a los pequeños sus deberes como futuros servidores de estas bestias de débiles murallas, no cometeré el error de amenazarlos con el relato de sus groseros hábitos porque, ¿para qué explicar algo que estoy viendo en este instante y que soy incapaz de describir aunque se presenta ante mí con toda su realidad, como se presentan los bucles del sol avisando que la carrera de hoy consumirá la humedad de todo lo que nos rodea? Ahora estoy aquí y siento mi piel erizada por el último aire de la noche y por las miradas de los primeros clientes que ya empiezan a curiosear.
Recuerdo que esta hora era la mejor para bañarse en los pozos.
Yo solía escapar de casa de mis padres muy temprano, cuando aún los pájaros no trinaban y el gallo hacía su última ronda antes de cantar. El agua siempre estaba tibia, así que no había peligro de contagiarse con el llanto que precede a las convulsiones de la muerte. Abrevaba al borde de los siete pozos, sin tomar en consideración que la orden expresa de las siete diosas fue la de alejarse de sus orillas, porque esos lugares sólo les pertenecían a ellas. Nosotros, los iraila, que tenemos como suprema misión velar por la limpidez de los siete pozos, nunca hemos sido autorizados a beber de sus aguas, ni a lavar y, mucho menos, como yo lo hice tantas veces, a sobar nuestra piel dentro de ellos. Sin embargo, aún puedo decir que tuve mucha suerte de conservar mi vida, pues con frecuencia sucede que a alguna de las diosas le da por retozar un rato en su pozo; entonces el agua —líquido divino preparado para recibir a un dios— comienza a bullir y hierve en un santiamén, justo el tiempo que tarda la diosa en revolverse dentro, quizás recordando los días cuando creaban el mundo y sus cosas. Ojalá que en ese momento no estés usurpando el agua de la demiurga, tú que me lees, porque arderás como si de una fogata propiciatoria se tratase. Esa insolencia se paga con el bien preciado de la vida. Los bravíos de mi país pagan su impudicia con la esclavitud en la ciudad de los barbors. La superstición de estos ignorantes seres los hace creer que ganarán más batallas y se llevarán más coronas en las competiciones del hipódromo si se sirven de la fuerza bruta de un iraila: suponen que el agua divina con las que han saciado su sed los convierte en parientes de Pegaso, en carroñeros de irascible pezuña. Por eso nos cazan a las orillas de los siete pozos, para sumar la fuerza del noble bruto a la fuerza de las deidades que esconden entre sus túnicas. Varias veces he podido adivinar el bulto que reposa entre sus muslos; y sé que allí está todo su poder.
Pero ya la mañana se ha apoderado del mercado y los cascos pulidos de los caballos levantan polvo que se pega a las caras sudorosas. A mí, sin embargo, el grosero mercader que me posee me esconde entre velos y un pequeño clima de primavera se instala a mi alrededor. Sé que no lo hace por afecto hacia mí, sino como un recurso para aumentar mi valor, tal como los aprendices untan los cascos de las bestias amansadas, para darle más lustre a lo que ya brilla por su cuenta. Yo no debo perder, sin embargo, la compostura propia de un iraila. Un iraila, que nunca pierde la esperanza de regresar a su pueblo, donde su deber lo espera.
El bullicio de los comerciantes y las alas asustadas de las gallinas anunciaron la proximidad de un personaje importante, y eso convirtió a mi dueño en una hiena de falsa sonrisa. Inclinado como sólo lo hacen los que no tienen nada que perder y sí mucho que esperar, salió de su tienda como el embajador que recibe a la más alta dignidad.
—Señor, os esperábamos...
El plural me inquietó porque hasta donde me había dejado ver, mi dueño trabajaba en solitario y ningún socio compartía con él las ganancias, lo que me pareció el colmo de la avaricia. Temí que ya mi futuro hubiera sido negociado, y que ni siquiera se me diera la oportunidad de asomar un leve gesto de aprobación. Una vez vendido, debía ser fiel y obediente a mi nuevo amo, y de ninguna manera mostrarme disconforme, me habían educado y un iraila sabe ser un buen esclavo cuando es necesario. Quizás es un don que hemos recibido de las siete diosas, que saben que la esclavitud es una de las virtudes divinas. ¿Qué otro nombre darle, si no, a la infinita paciencia de ellas para con nosotros, imperfectos y mortales? Así mismo, los iraila debemos representar el papel de las diosas en la tierra y entregar paciencia a cambio de malos tratos y caprichos absurdos.
—No sabía que me habían anunciado en tu tienda, mercader.
—Es tu olor, que te anuncia como un heraldo invisible, mi señor Alcibíades.
Así que ése era el olor que percibí desde el principio. Un olor agradable, como el que despiden los pozos de las diosas. El dignatario fijó desde la entrada la curiosa mirada en mí, y pude observar cómo cuchicheaba con mi transitorio dueño. Seguramente estarían estableciendo el precio en que me compraría. De repente sentí una suave congoja, porque sabía que hasta alcanzar mi vejez no volvería a las tierras irailas donde mis parientes crecen y se reproducen. Los próximos años, hasta que mi cabeza se tiña de gris, seré un esclavo que en ningún momento desobedecerá las leyes y dará a su amo el placer y el servicio para el que fue educado. Porque un esclavo iraila está orgulloso de serlo, y yo no deshonraría la memoria de tantos compatriotas que han servido a sus amos sin nunca proferir un gemido de queja sino, antes bien, entrenándose en el uso discreto de los grititos de placer que tanto gustan a los poderosos.
Mi futuro amo dejó de cuchichear y se me acercó mirándome con codicia, pero mientras me miraba su rostro se transformó en una mueca de miedo, a pesar de que mis ojos sólo podían transmitirle seguridad (eso lo sé hacer muy bien). Entonces hizo algo muy extraño: dándome la espalda tomó varios vestidos de vivos colores y los entregó al esclavo que detrás de él procuraba abrirle espacio apartando los obstáculos; y para que le escuchara, exclamó:
—Mercader, escojo estos vestidos; pero al esclavo no me lo puedo llevar, pues ya he dado veinte monedas de oro por un caballo tesalio y no deseo gastar más.
—Como disponga mi señor...
Nunca había oído hablar a un amo de esa manera. ¿No lleva suficiente dinero? ¿Qué quiere decir? ¿Que no me llevará con él sólo porque no quiere gastar? Una ira súbita se apoderó de mí porque nunca habría esperado tal desprecio. ¿Cómo regresar a mis tierras sin la experiencia de servir a un señor durante años? ¿Qué le iba a enseñar a los hijos de mis hijos? De pronto comprendí que ésta era una posibilidad que no había tomado en cuenta: también era posible que nadie me quisiera comprar y el mercader que me había cazado tendría que devolverme la libertad, con la humillante conciencia de que no era buena mercancía. Una alarma se activó en mí e hice lo único que podía hacer en ese momento. Me erguí todo lo que pude y extendí mis alas a su máxima envergadura. Hemos heredado de las siete diosas iraila dos bienes, y uno de ellos es la capacidad de hacer brillar nuestro orgullo; bien, pues mis alas extendidas bajo el sol de la mañana barbors brillaron tanto que el amo que me despreciaba se volvió hacia mí y, con aplausos de niño se subió a mis lomos, espoleándome para que me elevara como sólo lo sabe hacer un amo cruel, pero las cadenas me impedían seguir más alto. Con gritos de disgusto el amo amenazó al mercader que se apresuró a librar las ataduras y así pudimos ambos volar por encima del mercado, las murallas y la ciudad toda. Varias vueltas dimos por encima de las cabezas de los ciudadanos, mientras mi amo reía y se burlaba de todos sus compatriotas, y no vi muchas caras alegres entre los que le observaban. Alcibíades, el Estrategos mayor, mi futuro amo, era un león que hacía lo que se le antojaba en una ciudad donde era el igual del rey.
Mi amo era un insensato y yo su juguete más divertido. ¿Para esto me había entrenado?
—Caballo, no siento el viento, ¿lo sientes tú? —me preguntó, pero yo no estaba autorizado para contestarle porque la facultad de hablar es un secreto que los caballos iraila guardamos de las curiosas orejas del mundo. Sin embargo, me volví para verle y era cierto: ni sus cabellos ni sus hermosas túnicas se mecían con el viento que me ayudaba a volar por encima de la ciudad barbors. Todo en él estaba tieso como en una estatua. Pero esto no fue lo que más me asustó. Detrás de él, una hermosa mujer de ojos negros, uñas negras y vestidos negros se abrazaba y sonreía, guiñándome un ojo. Era la Muerte, la señora de las sombras. Y mi nuevo amo debió observar el terror que me produjera, porque de inmediato se volvió y palideció cuando vio la sonrisa de la mujer que señalaba hacia adelante: la muralla se nos atravesaba y mis hermosas alas, regalo de las siete diosas, no fueron lo suficientemente ágiles para esquivarla. Y como si fuéramos las moscas de una comedia griega, nos estrellamos contra las durísimas piedras y nos desplomamos sobre las rocas afiladas. Por primera vez escuché cómo sonaba mi lomo al quebrarse y vi cómo la sangre de mi amo se combinaba con la púrpura de sus ropas. En cambio, la señora de negro, sólo comentó:
—Tenían que haber tenido más cuidado.
A lo lejos oí las risas de los ciudadanos que habían presenciado el espectáculo digno de la comedia más graciosa y entre las risas apenas pude descifrar el lamento del mercader que con tanta maña me había cazado mientras me bañaba en el pozo de las siete diosas, mi mayor error.

—¿Cómo me presentaré ante la asamblea ahora? —se preguntaba Alcibíades, sin notar que por fin el viento movía su túnica tan púrpura como su cabeza. El viento, que atravesaba su cuerpo que ya no existía.
—Eso no va a ser necesario, —le contestó la Muerte, mientras lo levantaba y se lo llevaba hacia donde no hacen falta los vestidos hermosos y el olor no se siente más. Detrás de ella, el dios Pan tocaba su flauta inspirado, y su melodía era un líquido viscoso que inundaba el ágora, el palacio y toda la ciudad de los barbors.
El pegaso iraila quedó tendido al pie de la muralla y muy pronto los niños corrieron a despojarlo de las plumas de sus alas, pues la tradición dice que con esas plumas se curan ponzoñas de las serpientes, se sueña durante más tiempo y se descubre la ruta hasta los pozos de las siete diosas.
—Esto me pasa por bañarme donde no debía, —murmuró el caballo antes de expirar.La débil muralla de la ciudad barbors apenas se sostenía; y, desde la alta torre, Pelópidas, el segundo, contemplaba la vida de sus ciudadanos.
(De: Homero haciendo zapping, Caracas, Fundación Ramos Sucre/UDO, 2003)